COLAS NO, GRACIAS

16 junio, 2019

colas Inevitablemente se acerca la pregunta del millón: ¿Qué vas a hacer este verano? y, por defecto, la respuesta de siempre, la del otro millón, ¿Es que hay qué hacer algo? y así una pequeña retahílilla de ingenuos argumentos que poca explicación demandan, pues con hacer apunte jocoso, siempre jocoso y que viva el sentido de humor, sobre la cola que no hace mucho colapsó la llegada al Everest, ya tengo todo dicho y justificado no sin hacer una caricatura de lo locos que nos estamos volviendo. Parecía un rodaje de película esa serpentina de gente, helada y sin oxígeno, en fila india para coronar uno de los “ochomiles” más ansiados y que tanto retan a quien decide dedicarse a subir montañas para luego bajarlas, total, un ir y volver. Y claro, si en el Everest, qué está bien lejos y complicado encaramarse, se monta esa zapatiesta, cualquier otro rincón, dudemos de recónditos lugares, no va a ser menos; y como decía aquel, si no puedo ser viajero para turistear me quedo en mi casa; movimientos pendulares, dislocados y compulsivos de acá para allá, de lo que hay que ver, fotos, fotos, fotos, la plaza Roja de Moscú cuajada de chinos, la muralla china asaltada por Yanquis, la Alhambra, nuestra Alhambra, que ya no es nuestra ni es Alhambra, con un trasiego diario de más de diez mil cráneos y podría seguir y hacer anécdota simplona del gregarismo, alias borreguísmo, en el que el género humano, con más trampa que cartón, hemos caído, queriendo sin querer, consintiendo vuelos en los que por módicos y asequibles precios a todo hijo de vecina las rodillas del larguirucho regalan un ingrato vaivén en la espalda, un niño que llora porque ya es hora de su toma, y uno o una cualquiera, de enfrente, que cuando saca con bulla extrema, mientras con la otra mano enciende el móvil como si no hubiese un mañana, su equipaje de mano y te proporciona un restregoncillo de esos que te ponen de un humor gracioso y te hacen pensar aquello de: “empezamos mal” o “si lo sé no vengo”, y para que nombrar el asunto del carrito de las bebidas que no llega nunca a tu asiento porque el pasillo, con tanta interrupción de micciones al uso, resulta interminable, y cuando, por fin, lo tienes al lado resulta que las cervezas, a tres eurillos de nada la lata, están tan calientes como la infusión de tila que se está tomando la anónima compañera de asiento para templarse los nervios porque el avión le da mucho miedo y es la primera vez que se sube.
       Así, querida amiga, que cuando en próximos días alguien me pregunté, porque los sigue habiendo que no decaen en el intento por si acaso he cambiado de parecer, que ¿Dónde voy este verano de vacaciones? contestaré lo de siempre, a rezar a un Monasterio, a dar gracias a Dios por tanto, y a levantar el cristal, en silencio, con los que por allí se dejan caer, para brindar porque un año más podemos encontrarnos donde la providencia un día quiso juntarnos y, afortunadamente, sin tener que hacer colas…
                                                             .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
                                                                          “La eternidad es muy corta”
                                                                                   Rafael Guillén, es poeta

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alegría Debería ser falta grave, no hablaremos de pecado para no herir susceptibilidades, vivir nadando en un mar de tristeza, amargura de quien no acepta ni entiende que la vida, aunque corta es muy ancha, que el paso para atravesar este descampado dura poco, apenas un instante prolongado, que de casi todo ya hace treinta años, que en un soplo las caderas se pueden quebrar, los huesos rechinan y poco se puede hacer entonces para saltar a la otra orilla. Las preocupaciones no deberían de existir, si acaso ser algo excepcional, ocuparse lo justo, con prudencia, mesura y sabiduría en lo necesario, lo básico, fundamentos de existencia, cansancios sin consumar que no hagan mella en el otro, en los otros; egoísmos fuera, egos aniquilados en nombre de un amor que abarque, que huya del provincianismo que supone mirarnos el ombligo desde la mañana a la noche y enarbolar el YO en una bandera que no alcance a ondear más allá del balcón de nuestra casa.
        Tengo un contento que no sé ni puedo explicar, sentimiento que me embriaga sin motivo ni razón, y no es que esté en un maravilloso momento, no; tengo algunos frentes abiertos, varios de ellos dolorosos e inexplicables, otros, llevaderos como Dios me da a entender, y otros pura y dura rutina en el devenir de los días con sus gozos y sus sombras, y, a pesar de todo ello, tengo alegría, puedo sonreír sin esfuerzo, dar palabras de ánimo y consuelo a quien creo las necesita y nada pide, puedo dar besos sin esperar nada a cambio, ni siquiera una respuesta de cortesía, y es que todo es tan relativo que cuando empiezas a desaferrarte de ti algo más allá cobra otro sentido.
         Placeres, pequeños placeres diarios que no suponen más algarabía que la corona que uno quiera ponerle a la fiesta del cotidiano vivir, horas que se hacen cortas, nada que objetar a cualquier contratiempo, voluntad de Dios que sigue su curso, marcha indecente que sabe triangular entre los posos del primer café de la mañana para hacer brotar del corazón la más agradecida jaculatoria.
          Y sí, querida amiga, debe de ser pecado, y de los graves, decaer en la ilusión y perder la alegría por esas “nininanas” que poco sentido tienen; brindemos un domingo más, a la hora de siempre, desde dónde siempre y con lo de siempre, que la vida no era fácil lo sabíamos de memoria, así que hagamos virtud de la necesidad y necesidad de lo estrictamente indispensable…
                                                        .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
                                                                                     “Compasión es sentir”
                                                                                                 Amanda Jospe es psicoanalista

HABRÁ que ESPERAR

2 junio, 2019

habrá que esperarDecía el Santo Fray María Rafael que “toda nuestra ciencia consiste en saber esperar” y mire usted por donde que el buen hombre llevaba más razón que  lo que después fue, un Santo. A mi la naturaleza no me ha regalado esa virtud, la paciencia no es mi fuerte, aunque, redomándome cuán potrillo desbocado, voy intentando, como puedo y Dios me da a entender, soliviantarme con menos premura en lo que necesita su asiento, su tiempo, y un esperar acontecimientos con cierta dosis de calma y sosiego.
Y eso hago, después de algunas semanas con algo extraño corriéndome por las venas, algo que me recuerda a un estado parecido a aquello que me produjo el beso dado a destiempo, clandestinidad oscura que me trajo consecuencias en una salud que se resiente  de un malestar que ya debería de estar olvidado y aniquilado, aunque parece ser que hay virus que deciden quedarse a vivir contigo a pesar de que con machacona insistencia te empeñes en recordarles  que tu cuerpo ya no tiene más gana de soportar indecentes escalofríos ni vespertinas décimas de fiebre en nombre de un descuido del que ya no recuerdas ni el nombre; habrá que esperar…
Habrá que esperar al martes para ver si es posible cantar, por fin, el alirón de los míos sobrevolando la península en un trance prolongado sin tener más remedio que entretener vísceras estos dos días saboreando ensaimadas recién horneadas antes de volver a tierra firme; habrá que esperar pactos absurdos, alianzas estúpidas y justas decisiones para desconfiar en quien mueve los hilos de unas marionetas ilusionadas que por haber metido la mano donde no debían y haber violado la línea de la confianza terminarán limpiando letrinas, habrá que esperar bajo la sombra del buen árbol, al que uno se debe de arrimar siempre,  que los calores nos acaricien en tardes de siestas interminables con libros de historias noveladas al amparo de una hamaca que acune los cuerpos convalecientes desterrados en las aguas de cualquier romántico balneario, habrá que esperar, sin prisa ni pausa, cualquier sorpresa que la vida tenga a bien prestarnos mientras la cuenta atrás se ceba desde la lejanía en quien, ya cansado, no tiene gana más que de cervezas a punto de polo y unas cuantas risas sin más compromiso que el que Dios quiera, y también habrá que esperar a que la sangre se estabilice y me devuelva la certeza de que el virus del beso se ha ahogado en su propio vómito y ha dejado de molestar, y, mientras sí, mientras no, querida amiga, estemos contentas, disfrutemos de las mañanas fresquitas que despiertan los rostros mientras caminamos a ninguna parte.

Habrá que esperar, querida amiga, habrá que esperar…
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                                                 “Yo decía en mi apuro: Los hombres son unos mentirosos”
Del Salmo 115

IMG_7641_LI Una servilleta de papel desechada, otra, otra y otra, una palabra y otra y otra con las que emborrono sin ser capaz de juntar apenas una línea, mucho menos un verso, indecente rima fácil que no quiere entender que las letras de amor se escriben cuando se ama y no cuando el desamor se ocupa de llenar huecos en los recuerdos que se han acostumbrado al miedo, locura de pocos, anhelo de los que comprendieron sin necesidad de explicación que en la renuncia hay tanta virtud  como en el sueño desvelado desesperación por hechos consumados que tras el desgaste no llevaron a nada.
             Fe, sí, la del carbonero, la mía por ejemplo, sin razones, sin más detalle que el suficiente para hacer de mí un desastre a medias, rendición sanable, afortunado ser que mira hacía arriba porque tiene la certeza de que allí está Dios, porque entiende que no es necesario tanto más para que la devoción se convierta en hábito y el hábito en una forma de entender que tuve suerte y que sigo teniendo suerte desde que sé que el asidero es muchísimo más fuerte que la desgana y el trecho menos angosto de lo que creía. Tantas veces no he sabido por qué me conformé con cargas que se hacían insoportables y ni siquiera mi boca rechistó, desconsuelos que no se enredan ni se confunden, no, ya no, ilusiones que enarbolan una bandera, hoy roja y blanca, sí, porque, al igual que la fe, vibrar con unos colores tampoco tiene demasiada explicación, como tampoco aquel enamoramiento del que ya te desacostumbraste.
          Sentimientos, devociones, aficiones que mueven, que te mantienen el velo de la insensatez que no se explica, porque si lo haces lo deformas; un vuelco al corazón, sobresalto rabioso de quién no sabe terminar de rezar un Padrenuestro, desdén por explicar lo inexplicable con la insuficiencia del cansado maestro que ha perdido su vocación en el camino del desasosiego.
              Y hoy, querida amiga, sí que brindaré, antes, sea como sea y con lo que sea, y espero que después también, hoy estoy contenta por dentro y por fuera aunque mi sangre siga torcida y sin enseñarme del todo qué demonios esconde su locura; hoy no importa, he dormido poco, menos que días atrás, pero hoy no importa, sentimiento, afición, devoción y me visto de luces, que quiero salir pronto, que hoy no tengo paciencia para esperar a la tarde, que hoy no hay tiempo que perder…
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                                                   “ Sin hablar y sin palabras, y sin voz que pueda oírse…”
                                                                        Del Salmo 19,4

mentiras Decía ayer un escritor en la feria del libro de Granada que “No podemos vivir sin mentiras”, no me ha hecho falta dedicarle ni un segundo de reflexión para estar de acuerdo con el buen hombre que, dicho sea de paso, ni sé quién es. No es fácil, al igual que disciplinarse en la “no queja”, faltar a la verdad por muy leve y pequeña que la mentirijilla sea. Y ¿a qué o a quién se le puede achacar la indecencia de la verdad a medias, la mentira piadosa y tantas variedades como la cosa presenta?
Dicen que los niños empiezan a mentir sobre los cinco años, al socializarse, que suele coincidir con la escolarización, justamente cuando surge la rivalidad, cuando hay que defenderse del otro, del contrario, del de enfrente. Yo no me he podido medir con hermanos pequeños porque sólo tengo uno y me sacaba  ventaja considerable, cuando nací él ya había hecho la primera comunión y cuando yo empezaba a darme cuenta de ciertas realidades de la vida él ya recorría mundo; pero sí tuve la suerte de tener los primeros años de vida a una criatura que me enseñó como crece un pequeño, como empieza a balbucear y como abre sus ojos a este dislocado e ingrato mundo; y, ciertamente, los críos no mienten, no saben, se enfurecen ellos solos por rabia o impotencia, por sueño, hambre o por cualquier dolorcillo que les aqueje, pero no, los niños no mienten.
La mentira es patrimonio privado, azúcar de una convivencia que se llama a engaño, a trampa sin cartón de apariencia insana, a demostración del invalido que no quiere destapar su tullimiento por si acaso se queda el último y no sale en la foto. Y es que no es fácil; vamos a probar, poco a poco, alternando días, como cuando el médico te prescribe pautas para dejar algún medicamento, un día sí, otro no, vamos a intentar por un día no mentir en nada, ni en lo más mínimo, y al otro no quejarnos de nada, tampoco en lo más mínimo, y así veintiún días, como si de disciplina espiritual o deshabituación de algo que repetimos se tratase. Y no es por desanimar, pero creo que sería imposible, ni aún estando solos en casa, ni de encierro en cualquier monasterio silencioso en el que uno se puede recluir para poner a punto su alma, ni lejos del entorno y con gente diferente, ni fuera del cotidiano vivir, creo que no, creo que es imposible no mentir, y “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra” a ver si con un poco de suerte atina y me da en la frente, que me hace ilusión vendármela y no tener que mentir diciendo que me resbalé por las escaleras de mi jardín cuando iba a cortar una rosa para un amor imaginado e imaginario.
Y hoy, querida amiga, no voy a brindar, mi sangre está un poco alterada de tanto zarandeo, mentiras incluidas, que soporta últimamente y es más conveniente que no levante cristales ni nuble mis entendederas y sólo eleve mi gratitud a ese Dios que sigue sin mentirme…
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                     “Guárdame como a la niña de tus ojos, protégeme a la sombra de tus alas…”
                                                                                   Salmos, 17,8

MERECE la PENA

12 mayo, 2019

44038ead-5052-43f1-a78e-c96e08def813    Casi nunca pasa nada, y, no se debe dar importancia cuando todo parece desmoronarse, ni que a una noche de insomnio le suceda otra de imaginaria, y otra, y otra más, realmente no importa; y aunque no es fácil elaborar una escaleta con sanas prioridades, a fin de cuentas cada uno es cada uno y sus “caunás”, que decía aquel, y cuando no es una cosa es otra, son insignificancias y “nininanas” que en ciertos momentos, templados, brindando sin prisa, sin miedo a que la palabra no sea oportuna, arropados en el cariño de quien bien sabe de nuestras debilidades, también de nuestras glorias, el mundo se reduce a ese instante a disfrutar con buena salud y  buen carácter.

           Alegría por encima de todo, momentos que pasan demasiado rápido  pero nunca se marchan más allá que del deseo de volver a tener unas horas de asueto deponiendo armas, abandonando por un rato los filos punzantes de las navajas del desconsuelo encima de una mesa que invita al disfrute mientras escudriña en las mejores estrategias que, curiosamente, suelen ser siempre las de la verdad; razones de peso para aniquilar a ese mamarracho cualquiera que se ha erigido en  enemigo en nombre del engaño, premeditadas estrategias del sinvergüenza  mentiroso que creyó ser astuto y al final, como la vida suele ser impecable, se resbalará pisando cualquier insignificante huesecillo de aceituna y, probablemente, ahogándose  en su propio vómito.

      Y sí, querida amiga, hay días en las que todo merece la pena, días en los que las fuerzas no flaquean, días en los que quieres que amanezca antes para seguir dando gracias a Dios por tanto y porque siga habiendo un “santo y seña” que no nos haga olvidar que el miserable no nace, el miserable se hace y se recrea en el su propio ombligo, ese de la ambición desmedida que nunca conoció la palabra agradecimiento creyendo que todo se lo merecía.

 Vendrán tiempos difíciles, es ley de vida, y no importa, el sol sale cada mañana para todos y la tarde cae hasta desmayarse en el crepúsculo de esas horas muertas que tanto respeto me causan, y mientras sí, mientras no, que la conciencia no nos haga olvidar que pase lo que pase merece la pena vivir….

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                    “Ser grande es proseguir, proseguir es estar lejos, estar lejos es regresar”

                                                                            Thomas Merton

                              

El OJO que TODO lo VE

5 mayo, 2019

el ojo que todo lo ve A veces la vida me regala cierta dosis de intuición y, cuando esto sucede, créeme, el resultado nunca es un error, ni tan siquiera una verdad a medias; día tras día, sin prisa, con las justas pausas para no inquietar a nadie, basta observar algún detalle que otro, un ir y venir, aparecer, desaparecer y recoger l muestras, como si en cultivo de bacterias se tratase, de un ojo que todo lo ve, ojo de cristal, lente de golpe certero capaz de recrearse en tomas de frente, de perfil, de espaldas, movimientos rápidos pero torpones, inseguros por el miedo que supone el acto indecente, la falta de respeto, y sobre todo la violación que abusa hasta ser capaz de meter la mano donde no se debe y atravesar el umbral, no sólo de la confianza, sino también de la ley, y coger, no precisamente prestado, lo que a uno no le pertenece. Sólo ha bastado un corto tiempo de espera en días convulsos, días en los que uno piensa que lo que ocurre no le puede estar pasando, que es un mal sueño, recuerdo de la última película de trileros que entretuvo sus sentidos en cualquier sala de cine o la escaleta de aquella novela que leyó sobre todos los tópicos que suceden cuando, sin temor y en nombre de la confianza que otorga la buena conciencia, uno accede y concede en lo que jamás debió  consentir. Circunstancias que obligan, realidades que mandan al amparo de una norma que nunca es la más razonable, pero sí la del que mejor sea capaz de engañar.
Perdí el miedo a la insensatez, aprendí la lección, la única que se escribe en propia piel cuando hay ciertos valores que llevo grabados como si de imborrable tatuaje se tratase. A veces puedo ser veleta desconcertante en asuntos de alcoba, pero, ¡ ay amiga! y tú que me conoces bien lo sabes, para mí hay una ley universal que nunca falla, una cadena de favores que hace que el peón, en una buena jugada, sea capaz de cargarse a la reina sin corona. Justicia Divina, esa que bien sabemos que no falla; Dios tiene una libretilla con mis errores apuntados y en la que hoy aún estoy en números rojos, pero, sin duda, hay una cosa por la que no se me puede mandar al infierno, soy AGRADECIDA, así con mayúsculas, porque el corazón me dictó siempre que hay una verdad absoluta, inamovible, y en esa es en la que yo creo y por la que se mueve la rueda de mi vida.
Hoy también brindaré, quizá con vino peleón, agradeceré a mi Madre haberme dado la vida y levantaré el cristal porque sólo me ha bastado un golpe de intuición y un ojo de cristal que desde un ángulo camuflado me ha demostrado que no imaginaba mal y que mi locura tenía razón de ser cuando aquel día te dije que a los ladrones se les deben de cortar las manos antes de mandarlos a la cárcel. Salud, querida…
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“Tu trono está firme desde siempre, y tú eres eterno”
                                                          Del Salmo 92

20190428_101927 No sé si he dado un paso atrás o varios hacia adelante; todo depende del ojo que mire. Es cansado repetir los mismos errores, atender las mismas explicaciones, justificar el aburrimiento, morderse los labios de rabia, cerrar los puños por no romperle la nariz a cualquier desagradecido y encima clavarte las uñas en la palma de la mano, contar las horas en noches de “imaginaria” y llegar a la conclusión de que casi nunca pasa nada, que las aguas se vuelven a estancar en la cloaca del desencanto cuando el resentimiento es la respuesta, actitud al uso de una confidencia que vuelve como un tornado y, siempre, siempre, en el momento menos oportuno, claro está, no podría ser de otra manera, cuando el contrario esconde y afila sus garras para mancillar actitudes de cariño y buena voluntad dándole poca tregua al ego podrido por memorias de recuerdo ingrato.
Y en este paso he aparcado el teléfono móvil, alien que todo lo tiene y todo lo sabe, y anclarlo en un cargador a dormitar encima de una mesita cualquiera, en un rincón cualquiera y con un sonido cualquiera para tardar en reconocerlo mientras los pajarillos, ahí fuera, se vuelven locos de contentos con el solete de primavera y las migas de pan que cada mañana desparramo por “mis afueras”.
Es una locura en lo que se ha convertido cualquier lugar con los “dichosos movileses” por muy delgaditos que sean, traviesas ideas me vienen a la cabeza cuando por los pasillos del supermercado cualquiera entorpece, enredado en conversación cualquiera, cuando la espera en cualquier lugar se convierte en novedad de lo que no te interesa, cuando el personal parece como zombi, “cabeza abajo” y dedos veloces, escudriñando lo último de lo último. Así que, mientras doy cualquier salto al vacío, me he reencontrado con un móvil “almeja” o “castañuela”, afortunadamente el castellano es rico en vocablos, muy manejero, que, junto con un crucifijo que siempre me acompaña, guardo en cualquier bolsillo. Vuelta la cara a mensajes a destiempo, lo bello se debe escribir con pluma y en papel, vuelta la cara a correos electrónicos a cualquier hora del día, y vuelta la cara a esos insulsos “me gusta” y a luminosas pantallas que nos destrozan la mirada y confunden las emociones.
Y hoy, querida amiga, sí que tengo ganas de brindar, después del voto levantaré el cristal por nosotras, porque Dios nos dé buena espalda para aguantar lo que está por llegar y porque, a pesar de tantos pesares, vale la pena despertarse cada mañana y tú bien lo sabes…
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                                              “Mi alma está unida a ti y tu diestra me sostiene”
                                                                           Del Salmo 62

SILENCIO y PERDÓN

21 abril, 2019

chica1      Tengo miedo, miedo a que los silencios se conviertan en lo que no sé qué es, miedo a que aquel perdón impronunciable sea tan malentendido como las palabras vomitadas a destiempo, miedo al miedo que descarna sin ser capar de esclarecer la verdad escondida, miedo a ser lo que soy desentrañando la vocación tardía de no hacer nada y que con ello me angustie una presión como la de un tiro certero en la nuca  y que la boca del estómago se me cierre poco antes de consumar la digestión del monstruo que me he tragado casi sin darme cuenta. Quizá las infamias nunca surgen solas, quizá antes ya las había desparramado yo encima de alguna criatura desatando el nudo del noble ideal cuando la vida es un caminito de rosas; tiempo ganado en una carrera que no termina nunca, una meta que ni se vislumbra, un dorsal que con el  numero desdibujado incita a imaginar que ni tan siquiera te inscribiste en la maratón adecuada.

         No sirvo para las competiciones que hacen la existencia más practica y llevadera, no encuentro descanso en la oscuridad de las noches que me acunan mientras las piernas me tiemblan de miedo y también de deseo. En aquel entonces me faltó el arrojo necesario para coger el portante y salir dejándolo todo detrás, aniquilar el pasado, dignificar los intereses que después han sido capaces de estrangularme sin soga; en aquel entonces yo presumía de mí, cualquier capricho era tan fácil como posible, cualquier sueño se convertía, quisiera o no, en una realidad cotidiana, en una forma amorfa desdibujada con tintes de realismo que hacía de la insensatez virtud y del desasosiego una forma de entender el amor.

        Todo era posible, nada era difícil, no existían quimeras ni sueños, jugueteaba con el vértigo y me paseaba por el filo de una cornisa cualquiera a sabiendas de que no me caería y que si por cosas del azar eso ocurriese abajo siempre habría algún asidero que amortiguaría mi desastre y mis frágiles huesos.

       Hoy ese riesgo ya no me interesa,  me atrevo a desdecirme de cualquier barbaridad que confunda, hoy prefiero pedir perdón y perdonar si fuera necesario, hoy prefiero este silencio que me atornilla las sienes y en el que el juego de la verdad ya no me  hace trampa cuando cada tarde me entretengo  rellenando  crucigramas en los que casi siempre hay una palabra que no consigo colocar adecuadamente, hoy estoy a la espera de que alguien mueva una ficha, dolorosa tal vez, y así poder gritar con la boca llena que estaba en lo cierto, que la ignorancia es atrevida y que cruzar la linea del insulto es mucho más fácil que aguantar estoicamente con la boca cerrada mientras ahí fuera sigue rugiendo la marabunta y la lluvia una vez más se mofa de las tradiciones que paganizan un sentimiento que no nació  para zarandear lo sagrado.

     Hoy, querida amiga, no tengo gana de brindar por nada ni con nadie, hoy sólo quiero que caiga el día y Dios vuelva a recogerme sana y salva en un rincón cualquiera…

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                                                 “En el lecho me acuerdo de ti y velando medito en ti”

                                                                           del Salmo 62

SI VOLVIESE a NACER…

14 abril, 2019

 

flor del paraiso jpgSi volviese a nacer no quisiera recordar que la nostalgia es tan sólo un reflejo, una mota ridícula que se contonea por el filo de la navaja acuchillando las emociones  como si de troqueles de un puzzle en el que  se adivina lo incontable se tratase,  secretos nunca compartidos,  rebeldías no reveladas,  lágrimas que apenas corren cuando tropiezan con descarriadas mejillas mientras ahí fuera ruge la marabunta y aquí, dentro, el silencio es tan ensordecedor que cuando cae ese alfiler que me saja los dedos para debilitar las astillas que se me incrustan  en la piel  suena como  un grotesco portazo.

     ¿Acaso perdimos la buena costumbre de callar mientras no mirábamos nada, acaso entre el tumulto se esconden esos sinsentidos de vacío que no se pueden explicar? Hoy, bien sé que quizá, tantas veces, no estuve acertada volcando el tarro de la enemistad sobre una promesa que desde el principio supe que no podría cumplir, hoy sé que si volviera a nacer no ataría más nudos que los que me ayudasen a escapar dejándome caer por  ventanucos de oxidadas rejas, hoy sé que saldría corriendo del sometimiento al que me mantuve fiel entre esos senos de final trágico, hoy sé que el tiempo casi da igual, que la cuenta atrás no es adecuada consejera, que el primer golpe no siempre es el que más duele ni los arañazos desaparecen cuando la costra se cae, y, hoy, también sé que sabía bastante más de lo que me enseñaron las mentiras que cualquiera inventaba con tal de conquistar la cima de unas indecentes emociones mientras yo imaginaba una indigestión de sentimientos en ese contrario, torpe donde los haya,  que ni a puerta vacía era capaz de meter la pelota entre los tres palos.

       Si volviera a nacer correría lejos, muy lejos, donde el horizonte se pudiese mirar del revés y no diese vértigo, donde el umbral de mi casa estuviese cuajado de lirios, narcisos, jacintos, violetas y malvas, y, ahí, querida amiga, justo ahí, y si volviese a nacer, me agarraría aún más fuerte a este Dios que sabe tanto, y, por supuesto, puedes pensar,  llenaría mi bodega de buenos vinos para no dejar de brindar cada mediodía por haber vuelto  a nacer…

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Tu palabra es vino generoso a mi paladar, que se desliza suavemente entre labios y dientes”

                                                    del Cantar de los Cantares 7-10