¿DIÁLOGO para BESUGOS?

8 octubre, 2017

       SPhotoEditor-20171008_112328Palabras, palabras, más palabras, interminables recomendaciones ante el absurdo de quien no acertó a comprender que son cansancio, y que, tan sólo cuando uno se recoge en un silencio casi molesto, avanza, y se avanza por la trocha aquella que tan difícil, por impenetrable y oscura, parecía.

         ¿Acaso, aún, no nos hemos dado cuenta del poco valor que tiene el verbo a destiempo, del sinsentido del enfado, y de esa impotencia que tantas veces raya el decoro de quien escucha al otro, que sólo mueve los labios, mientras se ahoga en su propia desdicha?

           Y resuena, como eco mundano, apostar por un diálogo que parece utopía, y allá, no tan lejos, aúllan los lobos de la discordia, la miseria del resentido y la oportunidad perdida del ignorante que, haciendo retórica con el verso copiado, intenta conquistar a una dama que esconde secretos de alcoba. Pobreza del necio, libertad ahogada en una expresión que surgió bella, quizá tan pura como la lealtad de quien fue capaz de tirar la primera piedra a pesar de su pecado porque se sabía seguro de ganar la apuesta ignorando las limitaciones que su escasa delicadeza le tenía preparadas.

         ¿Somos tan incapaces de rendirnos a la evidencia como para, tras pedir prestados unos minutos al deseo, seguir agrandando el incierto balance que desenfocó los números rojos de un saldo de actitudes incómodas y traiciones imperdonables? Jugar a la guerra sin portar buen escudo es tan peligroso como arriesgado, dar palos de ciego por el simple gusto de apostar “a ver quien la tiene más larga” es una ordinariez propia de quien haciendo retórica alzando una copa de vino se atreve a atreverse cuando nada tiene que perder.

           Háblale de amor, no te retuerzas delante de sus manos negociando lo inasequible, bien sabes tú que el amor es el temblor que produce sin que haya necesidad de corregir al delincuente porque de eso ya se encargan otros y porque el amor es una consecuencia que no decide la voluntad, y porque no es tiempo de revoluciones groseras ni republicas bananeras y, sobre todo, porque la humildad debe prevalecer y “humildad es caminar en verdad” y, por ello, el humilde, siempre, siempre, reconoce su grandeza a la vez que su miseria.

         La vida debería ser la antesala del cielo, y el silencio la última palabra de la palabra. Después, Dios dirá…

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“He aprendido a amar la vida desde que sé para qué vivo”

                                                                       Edith Stein

 

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                 SPhotoEditor-20171001_105435Algún día tienes que escribir de la soledad -me dijo- como quién entre dientes sugiere desgranar su propia angustia. Hoy, bastante antes de que el sol asome por ahí delante, cuando afuera navega el despropósito de un desaire que conforma y confirma la desazón de unos corazones que no terminan de templarse con este sol que nos regala San Miguel, el mismo que recrean los membrillos añorando lluvia, me envalentono, casi con la timidez propia del primer beso, a deletrear alguna palabra, cristalina, tal vez sin sentido ni coherencia, a pesar de las horas que “tiempo ha” dejé de compartir con el sueño, de esa fiebre que ya no me desgarba el ánimo ni las ganas, la costumbre que no me acomoda a casi nada, el intento de primeros apuntes de la manera más difuminada posible, el desaire que invita cada tarde a comprobar que ella no es ausencia y que no es pecado cogerle cariño a una promesa de fidelidad que conoce tus limitaciones y te fortalece sin engaños cuando nadie se involucra y terminas enganchado a ti mismo contemplándote el ombligo desde arriba para que la templanza y algo de ternura la hagan algo más sostenible.

              Estancias en las que uno se instala desde una distancia prudencial y poco exigente con tal de no traicionar el pacto cuando bien se sabe que  algo se ha roto por dentro, que los pormenores del sentimiento son tan íntimos y delicados que con sólo pronunciar la primera sílaba de su nombre ella es capaz de quebrarse, que lo más bonito de los sueños es que no se realicen, que la prudencia es tan importante o más que la compañía, que las almas simples son las que más se asemejan a Dios, que no todo en la vida es negociable, que, tantas veces, los puntos fuertes y dolorosos de un carácter difícil se comprenden sólo a base de escudriñar su debilidad, que ella se parece más a un derrumbe moral que a una lejanía incierta, que cuando se habla de más y no hay vuelta atrás, ahí dentro, el león insaciable de la inmediatez  ruge como un estómago desfallecido, que no se debe permitir que alguien pronuncie tu nombre con la indecente bravuconería de la que sólo se valen los borrachos.

                 Ella, que no entorpece pero ahoga, misericordia que se fustiga con secretos de alcoba y asuntos íntimos que pueden ser, en un momento dado, tan bochornosos como ridículos. Ella, que tantas veces juega el papel de mujer fuerte, como esas señoras de los capos de la mafia que, cuando ellos son encarcelados, toman el mando y se convierten en el motor de la peor y más temible venganza.

                Ella, que se desnuda sin pudor, a pesar de los años, y no se avergüenza, ella es mi soledad favorita…

(quizá continuará)

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                                                                                   “La soledad era mi consuelo”

                                                                                    Teresa de Jesús (V 25,15)        

DOS CARPETAS DOS

24 septiembre, 2017

       SPhotoEditor-20170924_105609Una, con causas que el tiempo arregló, y, otra, con causas que el tiempo se encargará de arreglar. Y así se podría encarar una vida sin más fin que la de transcender pensamientos que tantas veces ni uno mismo entiende.       Causas perdidas, personajes cuajados de una ingratitud impropia de quién se siente hijo de Dios; melancolía que disfraza al prepotente tras la mascara de una decencia tan indecorosa como poco elegante al hacer de su capa un sayo desfasado imitando a ese cortesano de aldea que aprendió el arte del cortejo en las amarillentas novelas de “Estefanía” que encontraba por su casa, desparramadas entre aperos de labranza.

       El tiempo regala el mejor consejo y es a quién más certeramente se le puede encargar la tarea de cualquier causa con la que topas de sopetón mientras tus entendederas, distraídas en menesteres nobles, en un descuido se enredan en naderías por el puro gusto de adornar una vanidad que ya no se retuerce frente a un espejo y sí en la observancia de cualquier mamarracho que hace guiños a la compostura usando los cubiertos de una forma más propia a la del cortijero que leía novelas del oeste para aprender el arte del cortejo que de quién alardea de “conocencias” como si de cualquier adquisición al uso se tratase.

       Causas que propician desencanto ante una exigencia incapaz de abrir el corazón a quién carece de paraíso tras   extraviarlo en el camino de vuelta a casa después de una noche de insomnio en la que la pasión brilla por su ausencia y bien se sabe que el desprestigio produce un barrillo pardusco, inmodelable, para perpetuar figurillas sin cabeza o huecos cuencos que, al quedarse agujereados por el fondo, son incapaces de aguantar la embestida de una borrachera sin desparramarse.

       Grandeza que sólo uno imagina y, a la postre, no es más que el reflejo de la arrogancia de un mal amante que saca brillo a su torturado corazón de hojalata en el que late un miedo atroz por la palabra pronunciada a destiempo y las insignificancias que resultan llevaderas cuando se sostienen sobre algo mucho más fácil de usar que una bandeja para desmontar una mesa después de comer, antes que apilar los platos, sobre el vasto antebrazo de quien se jacta de su habilidad porque antaño fue camarero de caseta de fiestas de pueblo para una paella gigante a la que todos están invitados a meter la cuchara.

         Causas, cosas, palabras insolentes disparadas con el mismo riesgo que asume quien se bate en duelo menospreciando a un adversario que, a pesar de conocerlo poco, le parece debilucho, siendo hasta capaz de advertirle que tenga cuidado con una segunda copa de vino, no vaya a ser que caiga embriagado a sus brazos y le sea imposible desenvainar la espada que tan miserablemente se le retuerce entre la lengua después de haberse tragado sus imprudentes advertencias.

         Dos semanas, dos, sin aparecer por aquí, de nuevo estoy, recibiendo al otoño y brindando por mi propia causa, la de los hábiles, y aquella otra que sólo Dios y yo sólo sabemos…Salud.

                                                           .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

                                                “Sus luchas personales le convirtieron en una persona trágica”

                                                                                                  Michael O’Laughlin

                                                                         Sobre Henri Nouwen en “El amado de Dios”

QUERIDA BARCELONA

3 septiembre, 2017

       Sin títuloMi querida Barcelona:

       Me alegrará que al recibo de estas letras te encuentres bien, yo bien gracias a Dios…Y así comenzaban antes algunas cartas, cartas escritas en cuartillas rayadas o con falsilla escondida bajo el papel para no torcerse. Hoy pocas se escriben, escaso uso a esas plumas que antaño desparramaban tinta haciendo de la correspondencia un arte, tanto como ese noviazgo que cada mañana esperaba al cartero con la ilusión de quien cuenta las horas para el encuentro soñado y el abrazo que se anhela cuando el cuerpo empieza a temblar por una ausencia.

       ¿Qué están haciendo contigo, mi querida Barcelona? ¿Quién, bajo el manto de una permisividad mancillada por una gestión de mamarrachos y mamarrachas, te está concediendo el beneficio de una duda que no te mereces? Desde aquí abajo, desde este Sur al que tantos te proclaman como ajena y otros tantos se burlan de nuestras comas y nuestros puntos, te miro con la tristeza de ese amante que harto de desaires reconoce el despropósito como a ese desamor que tanto escuece por su camino sin retorno.

       Se han mezclado, mal agitadas en la coctelera de la vulgaridad, churras con una merinas que, sin oficio y, desde el agrio resentimiento, se afanan en hacer de ti una ciudad cualquiera, una de tantas, manipulada desde un guiñol que no te mereces. Tú, tan bonita, tú tan moderna como canalla, tan madre de artistas que han rozado la genialidad te ves hoy amancebada con una bandera que no te pertenece, una lengua que no tiene por qué ser el santo y seña del desprecio para quien te pide acogida y unos acordes de desprecio que nunca la historia pensó para ti.

         Decir, “Si Gaudí levantara la cabeza…” probablemente sería caer en una frase hecha que, “a poco andar” hasta carece de sentido por lo poco que me gustan las condicionales, pero sí, en todo este “totum revolutum”, marejada estúpida de ignorantes e ignorantas de flequillo a la taza y ocupas sin ocupación en el que te encuentras, el arquitecto visionario que tanto te amaba y que dedicó su vida a embellecerte y a hacerte eterna probablemente hubiese sido el primero en amotinarse en la Sagrada Familia, en huelga de hambre quizá, y negarse a colocar ni una gárgola más en nombre del altruismo para que en el descuido de unos desaprensivos la gloria de Dios saltara por los aires.

         ¡Ay Barcelona, vanguardia donde la haya, belleza de una ciudad trazada como desde el cielo, a vista de pájaro, en tablero de dibujo y al milímetro, puerto de marineros que, como yo, añoran su casa a la hora crepúsculo, Rambla de flores y mosaico de culturas, mercados de frutas, vinos de tus cepas, tan rica en todo…¡Ay Barcelona, lo que me gustaba escaparme con la sóla intención de perderme por tu barrio gótico, sentarme en el Café Zúrich a cualquier hora del día o la noche, dormir en el Casa Fuster imaginando imposibles mientras, a través de la ventana, apuntaba el comienzo de ese Paseo de Gracia tan amplio como bello…Mi querida Barcelona, tanta nostalgia que hoy te recuerdo casi perdida en la misma neblina con la que he dejado de añorar el ultimo beso del amante que, despechado, no quiso entender que muchas veces 2+1 no suman tres.

         Mi querida Barcelona, te deseo lo mejor, y de lo mejor, lo mejor, y que Dios nos coja confesados y con una copa de vino, aunque no sea del Penedés, levantada. Mi querida Barcelona…

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                                                                                                                          “Credo ut intelligan”

                                                                                                                              San Anselmo

  

YA CANSA

27 agosto, 2017

IMG_7546Ya cansa, sí, ya cansa este “rojerío ilustrado” de recto flequillo y tetas al aire diseñado para la ocasión; ya cansa la imagen del despropósito con una foto del Rey, invertido, para,  tras cálidas palabras, romperla en cuatro trozos  haciendo un estúpido alegato de representación no representada; ya cansa, tanto o más que el pataleo del amante despechado que, echando mano de manuales de psicología oportunista para tutores de niños difíciles, levantan un monolito al desaire punteando carencias de infancia o temperamentos narcisistas disimulados, eso sí, en lacras mentales que  nada tienen que ver con aquel pobre muchachito que se enamoró de su imagen reflejada en el agua.

      Ya cansa que se hable de la normalidad sin entender que la linea que marca la rabia entre el miedo y la locura es tan delgada como los pensamientos de cualquier atrevido ignorante; ya cansa conceder gratuitamente a la melancolía un rato cada mañana mientras apuras el ultimo sorbo de un café amargo que te de el pistoletazo de salida; ya cansa el desencanto que provoca el paraíso extraviado entre aquellas letras cuando las palabras, una vez más, suponían cansancio, y cansa salir lastimado por quien altruístamente, decía, querer protegerte; ya cansa intentar modelar de mejor manera el barro que, desbarrado, conduce al desprestigio que otorga la arrogancia de quién se resiente de lesiones en las que no tuvo arte ni parte; ya cansa que se desmorone una y otra vez lo que un día se antojaba irrompible, y cansa sentirse débil cuando una noche tras otra el duermevela se empeña en abrazarte más fuerte que quien contigo va; ya cansan los cupidos de hojalata como charlatanes de dulzonas palabras que martillean sordamente la cabeza apelando a una mesura que azota por no poder expresarse, ya cansa el esfuerzo justo en ese “aquí me planto  y que sea lo que Dios quiera” en nombre de un amor que se sigue escribiendo con H; ya cansa el desencanto con el que late  un corazón que tiene miedo, y cansa la insensibilidad que mueve los posos nostálgicos  del desesperado, y cansa todo cuando se pierde la ilusión por lo cotidiano y apuñala las sienes el recuerdo generoso del insurrecto aquel a quién confiadamente abriste la puerta de tu casa y  resultó ser un fisgón capaz de hurgar en tus más íntimos y delicados apuntes, y cansa, en nombre de la prudencia, no haberle escupido en la cara, y cansa el devaneo del amante que, creyéndose casi guapo, instruido y merecedor de honores, por el artículo “treintaitres” de su código de honor, arremete contra Dios como si de un ídolo de malnacidos  se tratase.

    Ya cansa, y mucho, tener que explicar, una vez más, que en las cosas pequeñas, tantas veces las más insignificantes, suele estar el punto de partida para un desamor que pronto olvida el camino de vuelta o para un amor capaz de despertarte cada mañana con un silbido.

         Ya cansa el vino no compartido…ya cansa.

                                                                        .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

“La verdad padece, pero no perece”

              Teresa de Jesús

VERDADES a MEDIAS

20 agosto, 2017

– Mamá, ¿por qué las monjas están tan gordas?

– Hija, pasan muchas horas sentadas y ,además, comen mucho pan.

…Y yo crecí con ese argumento, después, en el colegio donde pasé bastantes años, comprobé que no era cierto ni lo uno ni lo otro; más tarde, con el tiempo, compartí con ellas cursos, retiros y alguna que otra cosa más y, como es de imaginar, hoy tengo la certeza de que aquella salida urgente con la que me convenció mi madre, debió de ser lo primero que a la mujer se le vino a la cabeza o, quizá, uno más de algunos de sus bizantinos argumentos (tengo muchos más) con los que me fue engatusando en aquellos años, tal vez por no saber qué decirme, no entretenerse en una causa que ya apuntaba a “pistolilla” desde temprana edad o vaya usted a saber qué.

Y la nadería de la anécdota me viene al caso estos días, retirada de algunas cosas vitales y cotidianas, en los que trato de coger algo de impulso para afrontar el nuevo tiempo que asoma ya las orejas por la tapia de Septiembre.

He compartido estancia con un grupo variopinto, cada uno de su padre y de su madre, y, entre ese mosaico de colores y calores, se encontraban algunas monjas, al menos reconocibles por el hábito; si había alguna que otra por ahí camuflada no lo sé, porque, y muy en contra de ciertos prejuicios que tan gratuita y deslabazadamente se oyen por ahí, nadie va marcado con estigma alguno en la frente, profese lo que profese, se pasee por la acera que le dé la gana o lo que Dios le dé a entender; que “el habito hace al monje” dejó de ser una verdad absoluta cuando los tiempos dieron un par de vueltas de tuerca a limites que ya no respiran aires de Inquisición, por fortuna.

Anécdota, ingenua donde las haya, que su recuerdo me regaló un pistoletazo de salida para bucear en el tema de la “VERDAD”, el que estos días nos ocupaba y para el que hemos dedicado una semana en la que el silencio, la calma y la oración han sido nuestros mejores aliados a pesar del sobresalto y la tristeza que produjo el despropósito del atentado en las Ramblas de Barcelona.

Verdades a medias, mentiras que, disfrazadas en nombre de cualquier comedia, no sirven más que para confundir y enredar los pies de quién tantas veces no se atreve a desnudar su alma y darle rienda a su corazón porque, ciertamente, los tiempos están convulsos, los puntos de referencia se confunden con cualquier emoción enturbiada en nombre del amor a un santo y seña, que, a menudo, se mezcla con ídolos de segunda fila construidos con plastilina deformada por una melancolía cargada de una ingenuidad capaz de creer a fe ciega que las monjas estaban gordas porque pasaban mucho tiempo sentadas y comían mucho pan.

Así también se escribe la historia y por eso a Pinocho le creció tanto la nariz…

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“Ya no hay dolor humano que no sea mi dolor”

Amado Nervo

OCHO días, OCHO

13 agosto, 2017

8de8    Dicen los que disfrutan con las estadísticas y esos tramposos estudios de sondeo, unas veces poco creíbles y otras tan reales como sentencias de “choni de extraradio”, que el tiempo que el cerebro necesita para descansar y desconectar de la rutina del trabajo es de ocho días, ocho, ni uno más, ni otro menos. Dicen también que, a partir de entonces, los días de más sólo conducen al tedio y a la holgazanería porque cualquier conexión de esas que andan por ahí dentro, alojadas en cualquier microchip de las alocadas neuronas, extrañadas éstas del cambio, se descontrolan y empiezan a arregostarse a no sé sabe muy bien que asueto y desbarran tanto o más que si las hubiesen hundido en  barrica de vino peleón.
         Paradojas de la vida, las tan sobrevaloradas vacaciones, el sueño ansiado y ansioso que tantas veces conduce al desastre, a inexplicables rupturas y/o a dejar los fondos de las arcancías en lamentable estado, ahora resulta que para que no sean desastrosas son sólo cuestión de ocho días, ocho. Y en ese limite incierto que supone la inmediatez es en el que nos movemos cuán pez en el charco  y en el que somos hasta capaces de sentirnos seguros mientras  celebramos pequeñas victorias cotidianas que suelen terminar con el consabido hartazgo de…” y de postre, un flan”
         Castillos en el aire con los que uno se entretiene y deja pasar los días hasta que en algún momento, por la puerta de atrás, asoma la certeza de la vejez, del tiempo consumido en “nininanas” que no eran más que una simpática fotografía de lo que pudo haber sido y no fue, y te regala un buen tirón de orejas.
Dicen.., se dicen tantas tonterías seguidas a pie juntillas, como si de palabra de liturgia se tratase, que uno ya no sabe por dónde empezar a desaprender las indicaciones de ciertas trochas recorridas desde su principio en el error, la incertidumbre o la confianza en la palabra de quién no fue la mejor compañía ni la más adecuada influencia.
        ¿Será que el exceso de información nos está volviendo a todos sordos, o será, quizá, que la locura ya no se adormece en esas neuronas, tan debilitadas como desconcertadas, de quién desgastó su vida mucho antes de retocar sus principios, será que las sensibilidades irritadas ya no quieren jugar al escondite sin sobresaltarse ante el gazapo, será que ya es imposible hablar de cualquier nadería sin avergonzarse ante la carcajada imprudente, será que el placer está acotado a los ocho días, ocho, que el cerebro reconoce como prudentes para darse una tregua, será que somos tan torpes y miserables como para ahorrar en abrazos, mirarnos de frente o de soslayo, eso da igual, y casi todo se reduce a un ramplón “te quiero” tecleado al son de una prisa que poco entiende de realidades…?
          Dicen los que disfrutan con las estadísticas…y digo yo que romper una lanza en favor de algún travieso deseo debe ser hasta agradable a los ojos de Dios…

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                                                                                                        “ El amor vence al miedo”
                                                                                                         Edith Stein

JAQUE a la REINA

6 agosto, 2017

IMG_7267El límite de la prudencia no se firma con un educado gesto de cortesía, ni tan siquiera con la honrosa tarea de un desprendimiento que, tantas veces, puede durar un instante, tantas otras, toda una vida. Tal vez la imaginación despierte mejor desde una posición horizontal, tal vez, cuando amaina el vértigo de la ausencia, es más fácil coger el asidero de cualquier determinación sin que medie el deshonor enmascarado en ese -“pobre de mí, su crueldad se cebó en mis carnes”-,  tan absurdo como tratar de meditar un crimen antes de cerrar los ojos tras agotadora jornada.
La valentía suele ser muy insensata cuando en el juego del amor las fichas se mueven torpemente creyendo que las guerras  se ganan en el campo de batalla sin antes haber tenido en cuenta estrategia alguna, errando en la táctica y, sobre todo,  analizando con pasión a quién tarde o temprano se convertirá en tu enemigo. Bien sabe Dios de lo poco que sirve esa falsa superioridad moral, parecida a la que en el desatino de la lucha política alardean ciertos insurrectos, tan demagógica como trasnochada, cuando se recrean en palabras de tan insensato acento que ni el viento es capaz de llevarse.
Romper lanzas en favor de cualquier incómodo deseo parece ser la única solución cuando comprendes que la perfección es una trampa absurda y sabes de sobra, y por experiencia, que llegar a todo no sólo no es virtud de pocos sino una tupida capa de soberbia que sólo trata de disfrazar pasiones adormecidas en nombre de un amor que se ahogó en una copa de vino alzada en la más absoluta soledad.
Y sin remedio, cuando el hombre juega a ser Dios el vinculo con la existencia se torna tan simplón y desbaratado como esas camas deshechas después de una noche de encuentro en la que la vulgaridad se mezcla con el desencanto que deja el perfume de la añoranza. Y mientras sí mientras no, mareamos las piezas de nuevo, las colocamos en el tablero con cierto cuidado, eso sí, y preparamos una nueva partida en la que sea menos complicado matar al rey sin necesidad de engañar a esa reina que, susceptible donde las haya, casi siempre termina sintiéndose traicionada por el caballo que, diestro en el arte de saltar, servía para algo más que llevarla de paseo en su lomo, aunque ella, pobre ingenua, creyó que podría domarlo.
…Y no, el límite de la prudencia no se firma con un educado gesto de cortesía, no, el límite de la prudencia quizá se encuentre en ese momento que, irrepetible, borra las huellas de la traición mientras disimula su aversión al riego.

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                                                                                         “El nacionalismo se cura viajando”
                                                                                          Pio Baroja

DÉJALA ESTAR

30 julio, 2017

IMG_7195Déjala estar, ahí detrás, agazapada tras el rosal aquel que ya quemó las espinas de la insolencia a fuerza de podarle las ramas envejecidas, déjala estar, atolondrada por los sueños imposibles que en las interminables tardes de verano  resuenan  a música celestial, déjala estar, en ese lugar que más recuerda al vientre materno que a una época de madurez trasnochada, déjala estar, allí dónde nada pueda enturbiarse a pesar de que el viento venga torpón y con el paso cambiado, déjala estar, ahogando recuerdos en el silencio de una casa que tantas noches hace invisibles sus muros, déjala estar, y si llora, déjala llorar, déjala estar, sazonando con paciencia la pócima que inventa cada mañana cuando el día se presenta tan insolente y maleducado como ella, déjala estar, reposando inquietudes y sufragando ausencias mientras reclina su cabeza en el sillón de siempre, déjala estar, cuando mide las distancias con más mesura que las palabras que nunca se deberían de haber pronunciado, déjala estar, nadando a contracorriente en unas aguas que sin oleaje ni marejada auguran buena travesía, déjala estar, en el patio de atrás, ahora que hace más fresquito que en cualquier otra parte, déjala estar, sin miedo a que su ausencia sea como el desamor, un camino sin retorno, déjala estar, alzando sin pudor esa copa de vino que le enjuaga las lágrimas que sin ton ni son se desparraman por sus mejillas cuando los sentimientos afloran, déjala estar, creyendo que todo fue un sueño o quizá una incierta mentira de la que ya no quedan más que unas efímeras cenizas, déjala estar, retorciéndose en una fragilidad que lejos de ser abandono colma los más íntimos deseos del monstruo que todos llevamos dentro, déjala estar, aferrándose a Dios, ¿acaso no ves que su fe es lo único capaz de calmar su tantas veces atormentada existencia? déjala estar, dibujando en tu mesa sin importarte que la punta de su lapicero cuartee el barniz que el tiempo va dejando sin pátina, déjala estar, madrugando, levantándose  al alba mientras  tú aguardas contando los minutos para el primer beso del día.

Déjala estar, ahí detrás, agazapada tras el rosal aquel que ya quemó las espinas de la insolencia…déjala estar.

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                                                                    “Todavía no sé lo que desean las mujeres”

Freud

IMG_7132Recuerdos adormecidos bajo sábanas que cubren una torpe nostalgia desbarata cuán si de heroica hazaña se tratase. Recuerdos de aquellos días ingratos en los que las mañanas se confundían con las tardes y el tiempo no daba más tregua que la licencia otorgada a las manecillas que acariciaban la esfera de un reloj desarmado. Recuerdos que tratan de hacerse mayores cuando no les queda más remedio que resistir los embistes de un toro que se sabe entregado a la suerte cuando, sin más defensa que sus armas desnudas, se encuentra en una plaza a la que nunca debió salir. Recuerdos que atenazan la garganta en esas horas muertas que el verano regala y las siestas alargan mientras amaina el calor y el vino asienta el poso de un beso que ojalá no tuviera fin. Recuerdos de aquella veredilla sin retorno que por entonces hizo de las hojas del almanaque una novela interminable mientras aguardaba que el deseado otoño tocase en la aldaba de una puerta con bisagras oxidadas por el uso, el desuso, tantas veces el abuso. Recuerdos de mañanas que se anunciaban con un aburrimiento indolente pronto sufragado entre las páginas de un diario que se pavoneaba recordándo que “Pepito Grillo” sólo fue un personaje de cuento. Recuerdos que se escondían, disimulados, entre los apuntes de una ortografía cada vez más comedida, ajustada a una hoja sin falsilla que enseñaba un día tras otro las hazañas de un pobre títere sin cabeza. Recuerdos enmohecidos en una foto descolorida que ocultaba vergüenzas haciendo parodia de su sombra a la par que tragaba saliva sin saber por qué. Recuerdos que no conviene amontonar ni tan siquiera para hacer balance de un tiempo que araña las heridas que tan gratuitamente saldó el desamor. Recuerdos que hoy no son capaces de contonearse con la silueta que de madrugada vuelca oscuros pensamientos como si de una botella de tinto peleón derramada en copa de fino cristal se tratase. Recuerdos que apenas cuentan nada aunque lo saben todo, sueños enredados en la madeja de un resacoso mañana que se asoma por el indecente balcón que nunca sacia la curiosidad, corazones que tiritan al ritmo de una añeja e incompleta cancioncilla, música que ya no reconozco a pesar de haber repetido tantas y tantas veces los acordes que, como himno de culto, invadían mi casa.

…Y siempre los recuerdos, y de nuevo el verano que, como todos y como tantos, se empeña en ahogarnos entre el placer y el dolor que supone releer los versos que nos regalamos bajo la glicinia de atrás cuando aún creíamos que el amor se podía escribir con hache.

Recuerdos, al fin y al cabo ¿quién no se asomó alguna vez con ellos  al precipicio de los despropósitos para desafiar a un Dios que peinaba canas mientras decidía que hacer con nuestras tonterías…?

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                                                                                     “Portarse con nobleza es una gran virtud”

                                                                                                                              San Benito