HERIDAS, ¿de qué?

15 julio, 2018

    Rasguños, a veces profundos, que pueden hacer con una experiencia de vida desastroso encaje en quién cree y dice haber enfermado por el desaire de un cualquiera. Confusión e inseguridad desde esa insana tendencia que hace del “pobre de mí” un mediano y mediocre triunfador en el pequeño charco que con el océano no se atreve.

      El ser humano es complejo, mucho, el protagonismo ya viene con marchamo de aduana desde que en la inmisericorde y llorona infancia uno arremete contra la somnolencia de su madre sin más justificación que la falta de conciencia en actitudes consumadas y consumidas por el guerrero que creemos llevar dentro cuando, en realidad, sólo somos víctimas de un tiempo que hace de la autocomplacencia estandarte y virtud al pretender que los arañazos sanen dejándolos a su amor o, si acaso, a un torpón azar que sólo acontece en cualquier románticona película de sobremesa dominguera.

        Atreverse al juego del gratuito desdén, engañando a los sentidos con argumentos anotados mientras esperas cola en la caja del supermercado, no es buena ni sana costumbre, quizá el onanismo mal entendido y reiterado, como norma placentera, tampoco es buen consejero para quien justifica su despropósito mancillando la presencia de Dios de una manera tan irreverente como cuando el miedo se le asoma en forma de pequeña gota de sangre, indecente por escandalosa, y es capaz de colorearle esa vestimenta que, como su alma, parecía limpia, pero bien mirada a la luz de un claro día sus matices están empercudidos.

         Heridas que lamidas a golpe de engaño se distorsionan usando de mala manera la mejor arma arrojadiza de que dispone la endeblez de un asidero de bajo coste; no es fácil recurrir a la aldaba sólida, y no es fácil porque es incómodo, porque asusta, porque en el esfuerzo del tiempo invertido uno cree que se está dejando la vida en el camino después de imaginar un castillo de naipes que sin estabilidad ni fundamento alguno se desvanece con el soplo de aire que levanta cualquier insurrecto o insurrecta que por allí pasaba.

           Heridas irrespetuosas que dejan marca, señales que unas veces quedan escondidas y otras, tantas, se vislumbran con un pequeño golpe de vista. La queja no es saludable, la culpa, para el contrario, suele ser el recurso más cómodo y fácil cuando uno se atreve con el último párrafo de algún cuento inventado para intentar coger el sueño antes de apagar la luz sin haberlo leído desde el principio, y luego pasa lo que pasa…

          Oportunidades que viajan en el vagón de cola de un tren que siempre llega a destino y al que hay que saltar rápido, sin miedo, para no dejarlo escapar pues la mayoría de las veces la parada en estación es breve; juicio, prejuicio, impotencia y rabia que enreda y hace imposible dejar crecer cualquier costra que cubra, repare y cierre la herida que se resiste.

             Rasguños a veces profundos…ninguno que no cicatrice con una bocanada de vino escupida con acierto desde corta distancia.

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                               “ Llegó con tres heridas; la del amor, la de la muerte, la de la vida…”

                                                                  Miguel Hernández

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MENOS YO, MENOS MÍ…

8 julio, 2018

 

1531031996832[2601] Cada uno organiza su desastre como puede o como Dios le da a entender, tantas veces nos ponemos a prueba sin apenas darnos cuenta que en el mundo de la ilustrada ignorancia son pocos los que se atreven con la primera piedra. Da cierto repelús ese caldo de cultivo en el que todas las frases empiezan y terminan con “un Yo o un Mí” capaz de alimentar a un ego que adocena a su interno monstruo  entre la insensatez y el desconsuelo. Es recomendable ejercicio hacerse consciente de como uno construye sus peroratas a la vez que desdibuja su vida, y, en ese trayecto de luces y sombras, las líneas sólo manchan un retrato que en nada se parece al de tiempos pasados.
Tendría su gracia ser como esas abejas que construyen su vida en el aire sin posarse sobre nada antes de clavar el aguijón, ni más ni menos que como todo hijo de vecino, aunque ellas sin ocultar su deseo ni disimular su tarea. No hay obligación ni es necesario sentir, tampoco hay sueños descolocados cuando uno se muda hacia si mismo, cuando en la tormenta de ahí afuera se confunden las ideas con los afectos mientras el tiempo es ajeno y se atienden, aquí y allá, los argumentos bizantinos del incauto que derrocha la misma seguridad que quien justifica su vida resolviendo problemillas cotidianos de poca monta.
Ejercicios sin prestigio, deberes como aquellos que nos encargaban en el colegio para que en los tres meses, tres, de vacaciones que nos regalaba ese idílico verano de chancletas y bañador quita y pon no perdiésemos el hábito que consigue la disciplina, un mínimo de renuncia, y  no confundir el descanso con la apatía, tarea que hace olvidar “el yo y el mí” sin manosearlo ante el deseo de benevolencia y el protagonismo de ese ombligo que se pone el mundo por montera mientras el contrario, perplejo, se cansa de escuchar el absurdo discurso que por desgastado y añejo apenas se entiende ni se quiere entender.
Y ese día, en el que “el pobre de mí” se derrita, como la bola de un helado dentro del cucurucho de galleta, se empieza a ver lo que tan torpemente eclipsaba una forma de estupidez tipo, me has hecho daño, me has engañado, yo curo mi alma, con lo que yo te quise, tanto como yo he hecho por ti…y toda esa letanía de frases hechas, colocadas al uso y a modo de comodín desgastado, que en el cara a cara se esconde por pudor pero que en cualquier alegato de gallardía se escribe sin más remiendo ni sonrojo que el que provoca el despecho. Y así, la tibia entrega de quien sufre el mal de la autocomplacencia lame heridas que nadie le procuró, porque después de ser víctima  yo también fui verdugo y sé que el cielo y el infierno nos habitan, que es sólo cuestión de perspectiva hacer al otro contrario o aliado cuando desde el corazón uno enarbola la bandera de la sensatez sin necesidad de echarse a la calle para revindicar ese “yo”, o ese “mí” que suele ser la peor tumba en la que descansar tras cualquier duelo sin hacerle concesiones al brindis que lejos de embriagar aúna posturas.
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                                                                                            “El lenguaje es vino en los labios”
                                                                                                  Virginia Wolf

 

IMPLICARSE

1 julio, 2018

implicarse Es bueno apurarse sin pudor, hasta el tuétano de los huesos si fuese necesario, frente al criterio que no establece distinciones ni matices sin importancia que provoquen la frustración que todos llevamos clavada dentro.
¿De qué sirve cualquier amargo y acumulado reproche cuando la certeza no es mucho más hábil que la duda, cuando la entrega a un amor caducado se sabe tan tibia que es imposible regodearse en el beso que se añora y uno es incapaz de pedir?
…Y un orden melancólico se va estableciendo en fila, en el centro de unas entretelas que sólo consiguen consolarse cuando oyen el silbido, tantas veces como el de bruto arriero, que allá, en cualquier lugar desde dónde no se percibe apenas nada, juguetea con la amargura del insolente miserable al que cuando le corroe el miedo se vuelve peligroso.
Mutismos escondidos en unos labios que han hecho de su silencio una tarea selectiva esperando la bienvenida de un cigarrón que no se asoma ni por la puerta de atrás. Implicarse en lo poco, de lo grande ya se ocupa Dios, y corroer las entrañas que se van deshaciendo mientras cualquier cosa es posible.
Ayer me prometiste lo que sabías que no podrías cumplir, y, quizá sólo, porque añorabas mi desastre, juntaste tus manos, como si al cielo quisieras suplicarle cualquier dádiva posible, y, sin apenas mirarme de frente, me dedicaste palabras que sonaban a música celestial en el trasiego de una noche que acertó a llegar ignorando como instalarse en algún plieguecillo de mis arrugadas sábanas.
Implicarse, untar la vida de agradecimiento y propósitos que hacen más llevadero lo cotidiano, no rendirse; el desaliento, como el suicidio, es cuestión de un instante por mucho tiempo que uno lleve imaginando cualquier final; el tiempo, la vida, almas errantes, vagabundas de sueños y desdichas, acarician las mañanas cuando ese buenos días al que me has acostumbrado es el empujoncillo que hace las horas de ausencia mucho más llevaderas mientras me atrevo, sin cautela, a desnudarte con la imaginación en el justo momento que levantas tu copa de vino y apuras, tan indefensa como frágil, el último sorbo que te queda.
Implicarse sin miedo, valiente, hasta que el cuerpo te haga sombra, hasta que los días no te desconcierten, hasta que después de perder hayas salido ganando, hasta que no te queden respuestas, y, hasta que, sin previo aviso, la vida deje de jugar contigo.
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“La normalidad de encuentra tan alejada de la locura como de la cordura”
D. Cooper

 

DE AQUELLAS CARTAS…

24 junio, 2018

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         Éramos jóvenes, tan jóvenes, imberbes criaturas que empiezan a deshojar el verbo sin tener conciencia de que el último pétalo tarda en caer más de lo que debería, y recuerdo aquella ilusión, casi enfurecida, de rabiosa indecencia y ágil desasosiego, con la que cada día escribía una carta, tantas veces dos, otras las que me permitía el tiempo que en esos años me ocupaba la cotidianeidad. Folios plegados en cuatro y al sobre, con sello casi siempre escogido sin dejar que el azar de una ventanilla fuese la imagen que adornaba la esquina para un destinatario que esperaba, que yo imaginaba esperando cada medio día abrir un buzón que regalaba, por el placer de regalar, verdaderas emociones que hoy no soy capaz de traer a la memoria. Y cada mañana una nueva impaciencia aguardando vuelta de correspondencia a sabiendas que en algún momento el infortunio sería capaz de hacer estragos con la quimera que codiciosamente prometía lo que no podría cumplir.
Y un día de entonces, cualquiera, porque seguro que hubo más pérdidas, visité a ese amor encarnado de juventud desbocada, y quiso el azar, quizá la astuta fortuna, que de una deslavazada estantería de habitación en piso compartido cogiese un libro, no quiero recordar cual, y, entre sus manoseadas páginas, encontrase, sin abrir, un par de cartas de aquellas que yo escribía a diario con el desinterés de quién las cree medicina para el alma, almacenadas una junto a otra enseñándome que para ellas no hubo tiempo, que habíamos vivido incertidumbres distintas; sentí, recuerdo bien, el guiño de aquel abandono y me conformé como pude mientras recordaba que probablemente yo había vivido aquellas esperas de manera diferente y, por qué no, quizá de manera mucho más bonita. ¡Qué más da!
Recogí mi hatillo y sin despedirme, pedir razón alguna, ni sucumbir al enfado o a un mal gesto, entonces, por suerte, yo no entendía de escenas ni numeritos insolentes, salí de esa casa antes de que nadie pudiese verme, cogí un tren de vuelta y seguí escribiendo cartas, muchas, incontables, sin destinatario y con remitente ávido de que el tiempo hiciese su tarea; bien recuerdo que aquello no supuso apenas descalabro en mis poco mancilladas emociones de entonces. Bien sabe Dios de ello.
Y valga este cuento porque ayer, mientras descartaba la idea de hacer un fueguecillo por San Juan para quemarme entera, pensaba en el asunto WhatsApp, tan inmediato, tan invasivo a veces, tan desleal como entrañable, tan desmemoriado como indecente, tan persuasivo como canalla, tan necesario como prescindible, tan ingrato como deseado; letras bailando en pantalla con las que uno es capaz de enamorarse y desear ardientemente con la recta conciencia de quien sabe que sus palabras encierran sagradas verdades, plantarle cara a la ilusión, imaginar una quimera, y, con un poco de suerte y cierta dosis de algarabía, poner punto y final a historias que no hace tanto tiempo hubiese sido impensable concluir con un par de estúpidos emoticones.
Cambio a ojos cerrados, a pesar de tantos pesares, mis cartas de antes por este despropósito virtual que a menudo raya la ordinariez, aunque algún día me las encontrase sin abrir entre las páginas de cualquier manoseado libro escogido al azar…
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“Si no tienes enemigos es que nunca has dicho la verdad”
Plutarco

 

¿NACIDOS PARA QUÉ?

17 junio, 2018

       Días atrás, alguien, supongo que sin acritud ni inquina de trasfondo mal intencionado, me decía: “tú no has nacido para limpiar, tù has nacido para pensar”, en un principio me quedé un tanto parada, después, interiormente, me reboté, y en tercera instancia me levanté de una sobremesa que se hacía tediosa y me fui rumiando por el camino aquellas palabras, disparadas como a bote pronto, que me dieron pie para encarar un par de actitudes que ni siquiera tenían que ver conmigo y sì con el cotidiano vivir. Aquello, que no tenía más agravio personal que el que se le quiera conceder, me puso en jaque para llevarme a la cabeza el por qué de tal afirmación, ¿qué sabía el personaje si yo limpiaba más o menos? me miré las manos y no denotaban ninguna marca de guerra que hubiera podido proporcionarle a golpe de estrujar fregona o de mover escobas escaleras abajo, quizá sólo el saber que ahora vivía en una casa más grande pudo llevar al tertuliano a desafortunada afirmación, tan incoherente como fuera de lugar.
Y seguí pensando, por aquello de que yo había nacido para pensar, que ¿cómo se podía elucubrar con algo así de una manera tan alegre y con cierto punto de arcada despiadada? ¿Acaso no todos hemos nacido para cualquier cosa, acaso no todos limpiamos, unos más que otros, acaso la necesidad no es la que hace la virtud y sí la actitud que cada gesto conlleva a la hora de enarbolar la bandera vocacional de cada una de nuestras hazañas?
Pues claro que nací para limpiar, para pensar, para reír, para amar, para vivir, par rezar y para cualquier cosa que haga de esta carrera que supone la existencia una tarea con la que agradecer y dar gracias a Dios por tanto recibido.
Las palabras son cansancio tremendo cuando sólo rellenan huecos gastados por situaciones en las que uno nunca debería de estar, mucho menos consentir; capacidades mermadas entre tanto vaivén provinciano de quienes hicieron de su “cola de ratón” un estatus tan ridículo como eso que se cacerea estos días, como si por ello se hubiese dado un salto cuántico en igualdades y demagogias varias, del consejo de ministras y ministros, mientras se quedan tan anchos y panchos y hasta nueva orden y mamarrachada siguiente que, como era previsible, no ha tardado en explotar, y lo que te rondaré morena de lo que por llegar está.
Mientras sí, mientras no, seguiré limpiando y pensando haciéndole cada día un par de brindis al sol y sin mirar a los ojos del contrario disfrutando del Mundial de fútbol a la par que hilvano pespuntes mientras bordo la bandera que me contenta y doy “puntada con hilo”, quizá en silencio, a una tontería tras otra, de esas que se oyen por cualquier rincón de los paraísos recoletos de quien tropieza cada mañana con su deslavazada sombra y se enorgullece creyéndose que esa noche ha crecido un par de centímetros.

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                                                                                “Mi anhelo por la verdad era ya una oración”
Edith Stein

CADA UNO…

10 junio, 2018

 

 

  1528617229631 Tantas veces uno quisiera querer y no es posible, al fin y al cabo no dejamos de ser hijos de nuestras “caunás”, semillas deslavazadas repartidas en mundos que van de un lado para otro y en los que por mucho que uno ponga empeño es complicado encajarse, tantas veces es sólo cuestión de saber caer y poderse levantar sin el más mínimo gesto de amargura y como si nada hubiese ocurrido.

     Somos un trozo de memoria en la que suele habitar cualquier huérfano olvido, un indecente recuerdo tras otro ensartados con rigor y al azar de un vaivén que calibra con algo más que sensata prudencia los embistes del soldado disfrazado de alma inquieta; actores de segunda fila con gran talento y experiencia que suelen ser tan importantes como imprescindibles en la primera línea de una comedia que con el tiempo sonroja y no llama a engaño. Cada uno, y, cuando con el tiempo nada es lo que parece, hace de su capa un sayo y busca, casi sin recato, triangular de forma poco ortodoxa para conseguir el objetivo que sin suerte ni desgracia se le instaló entre ceja y ceja sin más escrúpulos a tener en cuenta que la limitaciones que nunca enseñamos.

     Juicios sin sentencia que adormecen una causa perdida en medio de un “Mar de Sargazos” difícil de navegar, imposible de atravesar; tiempos de hambruna y miseria de unas emociones que se tornan exclusivas cuando uno decide renunciar por primera vez en su vida y escoger, dejándose llevar por la más imprudente de las emociones, al amante escondido que casi nadie conoce pero que uno, en su más delicada y desgarrada soledad, admira; bienestar inapreciable para el público de butacas pero que al final del día suele ser la mejor compañía en el momento de cerrar los ojos y abandonarse al descanso.

     Cada uno se atraganta con el sorbo que quiere, el primero suele ser el que acompaña a un brindis sincero, en el último le suplica a sus lágrimas que se ahoguen y no asomen hasta nueva orden; y entre el primero y el último un par de sueños, alguna promesa por cumplir y cierto regusto a la añoranza de lo que pudo haber sido y aún no es. Locura compartida, sobria ausencia después de abandonar cualquier hábito que de tanto repetirse se hizo una costumbre que no convenía, palabras que se deshicieron en el corto tramo que recorren unos labios que piden un deseo a la par que un beso, templanza que define unos años que están por venir y otros que salen por la puerta grande de una plaza en la que jugarse la vida en el ruedo ya es asunto de otros.

     Y mientras tanto Dios recorta de aquí y de allá y pule aristas haciendo de la paciencia virtud y de la imperfección pequeñas obras de arte que conforman y confirman la poca cosa que somos.

     Tantas veces uno quisiera querer y no es posible…

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                                                                                                ”Uno siempre asesina lo que ama”

                                                                                                   Oscar Wilde

      

LÍMITES

3 junio, 2018

 

      1528019640280Siempre hay una delgada línea que desenmascara cualquier realidad aunque sólo sea para que el pie que aprieta el acelerador levante sospechas cuando la velocidad no es la más adecuada. Líneas casi invisibles que invitan a cualquier cosa, indecencias secretas, bajas pasiones, rencores ahogados que poco disfrutan, al pasar de los años, con disfrazarse de insurrecto al uso capaz de borrarle a la memoria de un plumazo lo que ayer conformaba y reconfortaba tu día, líneas que marcan, casi sin querer y sin darnos cuenta, las comisuras de unos labios que aprendieron a besar en el lujurioso escenario del amor prohibido, líneas que se retuercen de impaciencia cuando la desesperanza  ha hecho mella a fuerza de esperar  que de nuevo el reloj de las emociones  redoble las doce campanadas del año viejo, o del nuevo, según convenga; líneas contínuas, apenas interrumpidas por un grito desatinado que acuna y aúna recuerdos dibujando las emociones de un amor perdido en la maraña de la cotidiana existencia, líneas paralelas, siempre juntas y empeñadas en no tocarse nunca, desarraigadas al amparo de un deseo apenas truncado ante el primer escollo que las últimas tormentas de primavera regalaron entre brindis al sol y tragos furtivos a la sombra de una intimidad deshojada cuán florecillas endebles, de esas que nacen solas en cualquier arriate, espontáneas, sin sembrador, ni riego, ni semillas, que, incapaces de aguantar con algo de paciencia la incertidumbre de la suerte del último pétalo, se adormecen en cualquier jarroncillo abandonado a los pies de una estampa que sueña imposibles.

     Líneas, límites, trampas que uno mismo es capaz de hacerse cuando juega, casi vencido, al solitario esas tardes que se alargan y se vuelven lentas, decadentes, extrañas y tantas veces ansiosas de que la noche no doble la esquina por si acaso al fantasma del duermevela  se le ocurre regresar y  rompe el encanto de una inocente jaculatoria pronunciada antes de apagar la luz sin más pretensión que la de no abandonar un hábito aprendido tiempo ha.

         Y la vida, por fortuna, sigue haciendo de las suyas mientras Dios triangula y provoca sin cansarse ni desfallecer con tal de que la línea no supere al límite, ni el límite se jacte de sus  logros como si de guerrero vencedor se tratase; orgullo de pocos, nobleza de muchos, humildad de hombre sabio que acierta a comprender que nada nos pertenece tanto como el noble gesto  que “sin trampa ni cartón” uno es capaz de recrear  en reverencia como si en ello se le fuese la vida. Y, mientras tanto, el verano se resiste a llegar, día sí, día no, arrecian tormentas desatalentadas que juegan al despiste con las rosas de mi imberbe jardín, días de sol que acaloran los sentidos a primera hora de la mañana y que al caer  la tarde, en el ocaso, a esa hora en la que los navegantes añoran un hogar, son capaces de destemplar cualquier cuerpo que anhela un abrazo para poder entrar en calor.

Y es que siempre hay una delgada línea que…

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                       ”La normalidad se encuentra tan alejada de la locura como de la cordura”

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SEÑALES

27 mayo, 2018

 

1527410332048.jpgComo si de humillos indecorosos que se asoman por el horizonte y que sin remedio, quiera uno o no, ve allá, otras veces acá, hay señales que marcan la distancia y, tantas veces, la diferencia. Quizá un anillo que se resbala dedo abajo un día cualquiera en el que las palabras ceden el paso a un despropósito con cierto deje irrespetuoso cuando todo es mucho más fácil si antes de alzar una copa se es capaz de medir las consecuencias del exabrupto.

Casi nunca pasa nada después de que el tiempo haga su trabajo y juegue a favor de viento recolocando lo que un día nació con  voluntad de perdurar en cualquier rincón de corazones tan destronados como destrozados por unos años que hicieron de la constancia una virtud ajena al desaire y de ciertas verdades la realidad de lo que no se puede explicar.

Señales que enseñan, tantas veces tarde, demasiado tarde, que con los años se pierde aquella frescura que daba paso al sonrojo y a esa descarada carcajada que suponía conceder poca importancia a lo que no lo tenía, señales que unen lazos irrompibles a pesar de la insalvable distancia que, incapaz de saltar barreras, pule aristas de caracteres que no consiguen entenderse, señales que juegan a ese “y tú también” tan desaconsejable como desaconsejado cuando de hablar de emociones se trata; egos disfrazados de héroes que nadan contracorriente, sin gana ni fuerza, creyendo que es mucho más importante llegar al puerto de la razón que al de la tranquilidad, señales que dibujan sombras en las paredes de cualquier estancia vacía de recuerdos y plena de silencios que se amedrentan por doquier en algún rinconcillo mientras ahí, afuera, el ruido es imposible de soportar, señales que hacen de una mirada un mundo que es difícil explicar a golpe de letras, muecas sin ton ni son que acuerdan y recuerdan promesas lanzadas al aire para después no ser cumplidas, señales que marcan el límite del umbral que se puede transgredir como si de cualquier marcapáginas escogido al azar para el libro que ocupa tu mesilla de noche se tratase, tiento y talento, formas de ser, maneras de entender que la vida es corta pero muy ancha, que no nos queda tanto tiempo, por mucho que queramos estirar el día o la insomne noche, que no merece la pena morir en la batalla con tal de enorgullecerse de la victoria en un duelo que sólo Dios sabe a quién  pertenece, batallas que juzgan y no deberían pues la última palabra es la    impronunciable, misterios y miserias tantas veces de la mano del absurdo que el día que la conciencia hile tan fino como aquellas bordadoras de antaño que a golpe de puntada  con hilo perdían la vista en los bastidores, empezaremos a entender que vivir es otra cosa y quizá aún, y, a pesar de tantos pesares, no lo sabemos.

Señales como si de humillos indecorosos que se asoman por el horizonte…

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                                                            “Las cosas que vienen de afuera no me tocan ni la ropa”

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SIEMPRE NOS QUEDARÁ…

20 mayo, 2018

 

1526809080596Hay palabras que no son suficientes para cerrar heridas, hay quien se conmueve cuando percibe el dolor ajeno y hace caso omiso al suyo; es de ingratos fomentar cualquier emoción para después condenarla sin más escrúpulos que los propios intereses. Tantas veces es necesario tensar la cuerda de los sentimientos procurando que no se rompa, y si esto pasase y hubiese que dar alguna estocada procurar, al menos, que sea lo menos desleal posible; pongamos por caso cierta frialdad con  una dosis de ternura que contagie cercanía, compasión bien entendida sin tintes de fetichismo alguno.

Hay quien para destruir le da igual la amistad que la enemistad, solemnes inclinaciones a una majadería que no entiende más que de brindis en copas de vino medio llenas porque el estado del medio vacío se le quedó encerrado en la jaula de los despropósitos. ¿Quién no se ha visto alguna vez inclinado a una tentación de renuncia por disgusto o cansancio? ¿Quién no ha escuchado cantos de sirena entre recuerdos que se fosilizan mientras la espera ya no es una actitud que requiera profunda implicación? Quizá no haya que temerle al aburrimiento, el aburrimiento se vuelve útil si uno no se enreda en su propia debilidad.

Me gustó esa mañana ver como cepillaba a su perro, con calma, con esa parsimonia que suele envolver a criaturas de tranquila conciencia, me gustaban sus manos, siempre seguras de lo que manejaban, sabiendo balancear el cepillo de un lado para otro con esa delicadeza suficiente que impide llevar las púas hasta la piel del animal y provocarle algún daño aunque éste sea por su bien. Lo hacía con tiento y talento, sin vacilar entre el miedo y la inseguridad que suele provocar la torpeza o esa fealdad que dibuja cualquier amargura que corroe y avanza despacio en su tarea de erosionar hasta los sentimientos más nobles.

Dicen que la categoría de un ser humano se mide por los vínculos que crea, yo me atrevo a dudar de ello pues entre la limitación y el regular hacer al que tantas veces nos obliga la vida la referencia más exacta sólo es la que Dios nos muestra aunque casi siempre suela ser a golpe de cincel y martillo porque nuestra imperfección  rallar a menudo en lo imposible cuando el corazón se halla embriagado de ira.

Dicen tantas cosas que la palabra SIEMPRE es lo único que nos queda…

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                                                   “Quién no tiene suelo bajo sus pies no puede tener a Dios”

                                                                                              Dostoievski

 

AHÍ DETRÁS

13 mayo, 2018

 

1526199454915Se quedó ahí, detrás, en la imprudente distancia que marca una soberanía  desgastada por el abuso que convertido en despropósito tiende al insulto; y no, no es demasiado cierto aquello de que “donde hubo fuego quedan brasas”, tantas veces sólo un resto de resentimiento y cierta nostalgia maquillada por el desanimo de quien envejece regular. Los pasos perdidos  se vuelven patosos cuando quien los dirige apunta el dardo envenenado hacía la traición de alguna confidencia en  cualquier mediodía abandonado a una suerte que no pertenecía y el herido se siente más víctima que verdugo y el aliento  no le es suficiente ni tan siquiera para desgarrar sus bronquios con la calada de un pitillo.

La torpeza que produce el exceso se ríe a carcajadas, ahí detrás, cuando sabe con certeza que las manecillas del reloj corrieron desfavorablemente para quien desgastó su garganta  en barras de taberna explicándole a cualquiera que pasaba por allí que  algunas damas orinan de pie. Guerras ganadas a golpe de una constancia que apenas sirve más que para confundir a paladares de borrachos de vino peleón que se envainan cualquier botella rellenada con los culos que otros fueron desechando. Y esa risa, ay amiga, esa risa que ya no sabe batirse en más duelo que el que regala la incertidumbre de saber si mañana el sol aparecerá por el este o el oeste, o si la lengua se habrá afilado lo suficiente por la noche y el improperio que tocará será algo más conseguido que el de ayer según si los sueños han sido más absurdos que profundos. Mientras tanto el reflejo se torna espejo y uno ve sus miserias enmarañadas en el otro, en el de enfrente, en ese alma que se dejó caer quemando su único cartucho para intentar llegar a la meta aunque fuese en el ultimo minuto y sin necesidad de batir record alguno, tan sólo por el gusto de cruzar la delgada línea que separa al abandono de la derrota. Y hay que agradecer, siempre agradecer por tanto y tan poco a la vez, por haber entendido a la perfección que es mucho más fácil abrir las piernas que el corazón, que la entrega se vuelve bastante indecente cuando la explicación es más absurda que la mentira vomitada mientras crece la nariz y nadie parece darse cuenta.  

El tiempo juega y hace efímeras máscaras de cartón que con cualquier tormenta de saliva se ablandan transformándose en una masa desfondada  y amorfa en la que no hay manera de esconder restos de dulzura.

-Apaga y vámonos, que Dios no se confunde, levanta velas, suelta amarras y sal pronto de este engañoso puerto,  nos queda mucho viaje por delante,  deja ahí detrás  esa muñeca de trapo que recogimos aquella tarde en el quicio de la puerta pensando que era nuestro regalo de aniversario, anda, date prisa que nos queda mucho viaje por delante…-

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                                                                             “No estoy en situación de imaginar a una persona entera porque no soy una persona entera”

                                                                            Clarice Lispector