MUJERES versus FEMINISMO

10 marzo, 2019

20190310_095128 …Y no, yo no me tiré a la calle el pasado viernes, no me estrangulé con un pañuelo morado ni me puse el grito de guerra en la garganta tratando de expulsar mis más melancólicos demonios, tampoco carguè la escopeta del tiro incierto contra nada ni contra nadie, ni siquiera me asomé al balcón de los cristales ahumados, aquellos que  tiempo atrás me permitieron ver sin ser vista y tan solo dediqué el día a sacarle brillo a mi conciencia mientras limpiaba mi casa de cabo a rabo, ordenando y reordenando lo que nadie ve pero yo sí.
Olvidar sin cicatrices, desilusiones que son el camino recto y directo hacía un bienestar que se antoja incierto, perder para ganar un rincón propio en el que nadie pronuncie una palabra con malos modales ni desate un nudo de nostalgia cuando tu rostro se derrumbe ante el gesto que ya no expresa más que sin sentido. Me puse a prueba y yo misma me di cuenta, entendí mis razones mientras ahí, afuera, seguía rugiendo la marabunta descolocada y desmelenada cuando se envejece sin previo aviso y las carnes cuelgan, flácidas y deshidratadas, como si de una muñeca de trapo que abandonan a su suerte se tratase.
Tantas veces el castigo de la vida es tan sólo vivir, tantas veces uno va corriendo detrás del tiempo para dejarlo escapar cuando es imposible detenerlo con sólo agarrar su cintura, sin más. Hablar antes de morir no tiene mérito, ¿Qué querrá pronunciar el moribundo cuando balbucea decadentes silabas que nadie entiende en ese último suspiro? El secreto mejor guardado, lo que se lleva debajo de esa última camisa que no tiene bolsillos y amarillea enseguida, en el preciso instante que roza con una piel que ya no vibra con el frío de un lugar donde las sensibilidades pasaron a un plano olvidado.
Nadie me obliga a sentir, nadie quisiera para mí el desdén que supone la violencia de un silencio despreciable que  hace temblar mis piernas a cualquier hora del día, nadie sabe tirar la piedra sin esconder la mano para explicar que no hay que gritar para ser iguales, que el ser humano no puede ser humillado tan sólo por los atributos que descuelga entre sus piernas, que el asco no puede traducirse en vómito porque, a fin de cuentas, todos somos hijos de Dios y la naturaleza se bien se ocupa de perfeccionar nuestro desasosiego sin que nos demos cuenta. Confío en poca medida, desconfío mucho más, la generosidad y el buen hacer parecen no tener cabida más que en una copa de vino que soy capaz de alzar yo sola y brindarme a mí misma cuando no me quedan más recursos que derramar por todo mi cuerpo ese último sorbo que reservé para mojarte los labios.
Y no, querida amiga, yo no me tiré a la calle el pasado viernes, y sé que tú tampoco, ahí estuvimos desandando lo andado y dejando un buen ramo de lirios en medio de esa mesa en la que los libros se confunden con los platos, los platos con las frutas frescas y las frutas con aquel recuerdo  grato y conversado que  acompaña tu soledad y la mía…
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“Su izquierda está bajo mi cabeza, me abraza con la derecha “
del Cantar de los Cantares 2, 8

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