VIRUS

10 febrero, 2019

           virusParece ser que este año el virus de la gripe está causando estragos, imagino que ni más ni menos que casi todos los años, aunque de un invierno para otro, por suerte, se nos olvida; de momento no me ha tocado la china, ni la ruleta de la fortuna ha dado vueltas para señalarme en rojo como si de reo de horca se tratase. Esta mañana, apurando el primer café, mientras las luces se van adormeciendo, el sol se coloca y recoloca donde debe, los mirlos se explayan cantando y los gorriones se acercan descarados a recoger su ración de cada día, me viene a la cabeza una utopía imposible, como casi todas las utopías, será que imaginar no me cuesta demasiado esfuerzo, será…
¿Pudiera ser que alguna vez, y aunque fuese tarea de sofisticado laboratorio, se crease un virus del silencio, un bichillo que sea contagioso, muy contagioso y que se instalase por algunas semanas en nuestros pobres y mortales cuerpos haciéndonos cerrar el pico hasta completa recuperación sin necesidad de más antibiótico que un poco de recogimiento, paseos por la naturaleza y cualquier otra cosa que no tenga que ver con el movimiento de lengua y cabeza que tanto descentra la reflexión y zarandea conciencias, pudiera ser…?
Resulta agotador lo que parlotea la gente, quizá ahora, desde mi destierro consentido, mi particular barriga de buey, donde ni truena ni llueve, soy más capaz, y, posiblemente mucho más consciente, cuando me asomo por el asfalto, de la cháchara insoportable que manejan los paseantes, y, por si faltaba poco, la abuela parió teléfonos móviles, tan inteligentes como molestos, que contribuyen a la causa. Las ciudades se están convirtiendo en campos de cultivo para la locura, neurosis imposible para quien trata de acallar su cabeza mientras camina y se arriesga por esas aceras de Dios, cuajadas de patinetes, bicicletas y despistados paseantes, refugiándose en recitar cualquier salmo de aquellos que en su tiempo aprendieron de memoria. Para qué hablar de asomarse por la sala de cualquier museo y recorrer alguna exposición sin toparte con los sabiondos que explican como aquella “maestra ciruela que no sabía leer y puso una escuela” y sólo los callan al contestar llamadas de teléfono haciendo participe, con tono algo más que elevado, al del otro lado de la línea de cualquier historieta que a nadie importa.
El mal del siglo ya lo llaman, desbancando a aquellas epidemias que hacían “hincar el pico a más de uno y más de dos, el lujo mejor pagado también imposible en cualquier sala de cine donde poder recrearte en alguna película sin oír los chasquidos de las puñeteras palomitas, los sorbetones a la pajita del refresco y los destellos de la luz de las pantallas de quien no puede pasar dos horas sin contarle a su prima la ultima novedad que le ronda por la cabeza.
En fin, que los dogmas ya no son lo que eran, los orgullos se han tornado banderas, los sueños, quimeras tan imposibles que hay días que lo mejor es alzar, como siempre, con gusto, una copa de buen vino y apurarla poco a poco, en silencio, sin reproches ni rencores, sin sobresaltos ni agravios, sin prisa ni pausa, con el fuego acariciando la cara y los animales rodeando la estancia sin más miedo que el que procura que, probablemente, al día siguiente, inevitablemente, haya que asomar la nariz a esa jungla que poco arreglo y compostura tiene…

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                                                           “…Y oyendo en tus ojos y no en tus palabras…”
Julia de Burgos, Poemas

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