LO que NO se dice…

24 febrero, 2019

lo que no se dice...Aún en el peor de los casos no me suelo arrepentir de lo que digo, pero, ¡ay! amiga, lo que no pronuncio me recorre, quemándome por dentro, como si de un trago de mal aguardiente bebido en ayunas se tratase.   Desconcierto ante quien guarda, calla y ni siquiera otorga, traidor confidente que acecha, sin prisa ni pausa, para vengarse por el capricho no conseguido y con  indecente portazo vomitar la resistencia ahogada que sin dignidad soportaba su resentimiento del cuento de nunca acabar.
Y lo mejor es que con los años uno ya sabe de más y de menos, y casi todo es demasiado previsible cuando el conocimiento del contrario suele ser como la retahíla de un abecedario que se quedó estancado en la Efe mayúscula de, pongamos por caso, cualquier frustración al uso cuando las entendederas, al igual que las neuronas, navegan un poco machacadas por  ese mar de Sargazos que poco tiene que ver con ciencias nobles ni faenas saludables, bien se sabe que el secreto está en la dosis y no siempre ésta es la más justa ni oportuna.
Pongamos por caso la película de cada uno, esa existencia que arrebata años e inevitablemente condena a un ostracismo regodeado en una mentira detrás de otra o medias verdades que al cabo de día pesan y se pasan de rosca como el tapón de esas botellas de mediocre ginebra que a base de ser rellenadas con garrafones de tabernucha regalan indecentes resacas y torpes peroratas llamadas al cansancio frente a quien inventa y repite la aventura del día como si de algo extraordinario se tratase, quemando las horas y pasando  la vida sin que haya quien aguante a su vera más que para pasar de refilón por si la conveniencia fuese necesaria.
Indignidades que en ciertos momentos uno creyó y juró no volver a repetir y “zas”, retoma y redobla la campana del absurdo a modo de lastimera oportunidad como si enmascarase un sacro deseo de perfección mal entendida; anchuras que se han de medir con más sentido común para poder desviar el salivazo de quien se atreve a hablar con la boca llena con tal de hacerse oír mientras el otro calla sin otorgar cuando su fuero interno le grita que salga corriendo; personajes de vida desdichada que morirán sin acertar, creyendo que dieron en diana, porque un día el guiño equivocado se confundió de destino y le dio una pequeña y pasajera satisfacción, mamarrachillos que suelen ignorar la catástrofe que acaban de provocar cuando en un intento de exaltación, casi siempre aliñado, se vienen arriba y arremeten contra lo que se suponía sagrado; gran máxima aquella de “nunca des nada por supuesto” pues el diablo acecha tan bien disfrazado como ubicado, y, aunque tiene su gracia levantar una copa de vino con él, no te fíes de sus artes porque, tarde o pronto, el vagabundo añora volver a dormir bajo el techo de su intemperie o lo que es más entendible “la cabra tira al monte”
En fin, querida, puliendo aristas, y curtiendo heridillas insignificantes… ¿Qué te puedo contar que tú no sepas? Tú, que afortunadamente ni eres cabra ni tiras para el monte…
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“El tiempo, que ni vuelve ni tropieza”
Francisco de Quevedo

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VIRUS

10 febrero, 2019

           virusParece ser que este año el virus de la gripe está causando estragos, imagino que ni más ni menos que casi todos los años, aunque de un invierno para otro, por suerte, se nos olvida; de momento no me ha tocado la china, ni la ruleta de la fortuna ha dado vueltas para señalarme en rojo como si de reo de horca se tratase. Esta mañana, apurando el primer café, mientras las luces se van adormeciendo, el sol se coloca y recoloca donde debe, los mirlos se explayan cantando y los gorriones se acercan descarados a recoger su ración de cada día, me viene a la cabeza una utopía imposible, como casi todas las utopías, será que imaginar no me cuesta demasiado esfuerzo, será…
¿Pudiera ser que alguna vez, y aunque fuese tarea de sofisticado laboratorio, se crease un virus del silencio, un bichillo que sea contagioso, muy contagioso y que se instalase por algunas semanas en nuestros pobres y mortales cuerpos haciéndonos cerrar el pico hasta completa recuperación sin necesidad de más antibiótico que un poco de recogimiento, paseos por la naturaleza y cualquier otra cosa que no tenga que ver con el movimiento de lengua y cabeza que tanto descentra la reflexión y zarandea conciencias, pudiera ser…?
Resulta agotador lo que parlotea la gente, quizá ahora, desde mi destierro consentido, mi particular barriga de buey, donde ni truena ni llueve, soy más capaz, y, posiblemente mucho más consciente, cuando me asomo por el asfalto, de la cháchara insoportable que manejan los paseantes, y, por si faltaba poco, la abuela parió teléfonos móviles, tan inteligentes como molestos, que contribuyen a la causa. Las ciudades se están convirtiendo en campos de cultivo para la locura, neurosis imposible para quien trata de acallar su cabeza mientras camina y se arriesga por esas aceras de Dios, cuajadas de patinetes, bicicletas y despistados paseantes, refugiándose en recitar cualquier salmo de aquellos que en su tiempo aprendieron de memoria. Para qué hablar de asomarse por la sala de cualquier museo y recorrer alguna exposición sin toparte con los sabiondos que explican como aquella “maestra ciruela que no sabía leer y puso una escuela” y sólo los callan al contestar llamadas de teléfono haciendo participe, con tono algo más que elevado, al del otro lado de la línea de cualquier historieta que a nadie importa.
El mal del siglo ya lo llaman, desbancando a aquellas epidemias que hacían “hincar el pico a más de uno y más de dos, el lujo mejor pagado también imposible en cualquier sala de cine donde poder recrearte en alguna película sin oír los chasquidos de las puñeteras palomitas, los sorbetones a la pajita del refresco y los destellos de la luz de las pantallas de quien no puede pasar dos horas sin contarle a su prima la ultima novedad que le ronda por la cabeza.
En fin, que los dogmas ya no son lo que eran, los orgullos se han tornado banderas, los sueños, quimeras tan imposibles que hay días que lo mejor es alzar, como siempre, con gusto, una copa de buen vino y apurarla poco a poco, en silencio, sin reproches ni rencores, sin sobresaltos ni agravios, sin prisa ni pausa, con el fuego acariciando la cara y los animales rodeando la estancia sin más miedo que el que procura que, probablemente, al día siguiente, inevitablemente, haya que asomar la nariz a esa jungla que poco arreglo y compostura tiene…

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                                                           “…Y oyendo en tus ojos y no en tus palabras…”
Julia de Burgos, Poemas

SURSUM CORDA

3 febrero, 2019

Sursum corda        Arriba los corazones, sí, arriba el ánimo, arriba la alegría, los buenos deseos, las mejores intenciones, la compasión, la ternura, el desinterés, la compañía por el gusto de estar, la palabra grata, el abrazo que reconforta, la sonrisa complaciente.       Cansancio, sí, demasiado cansancio de tanto despropósito, un agravio detrás de otro, un entorno, lo mires por donde lo mires, cuajado de zancadillas, trampas que hacen del ser humano un torpe animal herido sin saber por qué. ¿Dónde estará el limite que marca la línea del sueño, posible o imposible, para el que fuimos creados? Imagen y semejanza de un Dios que no debe acertar a comprender qué pasa, qué ronda por nuestras cabeza para que el desasimiento no sea posible; miedo al “cerrado por vacaciones” aunque al mes de Agosto aún le quede un buen trecho para asomarse, miedo a una soledad que tantas veces es la única opción posible con tal de no rozar la locura y el descontrol con que  tropiezas cuando asomas la cara a esa jungla inquieta, nido de carroña, de ahí afuera, cuna de la sinvergonzonería que no tiene excusa ni justificación por más alto de miras que parezca su propósito.
Secretos que apenas reconfortan, manos templadas que entrelazan los dedos en un abrir y cerrar de ojos cuando cae la tarde y el silencio se convierte en el mejor aliado, fiel amigo con quien alzar una copa de vino que no requiere brindis ni escucha, extraño brillo en unos ojos que vuelcan melancolía aunque sean incapaces de derramar una sola lágrima, notas de entonces, escritas con una tinta que no se lee demasiado bien después de que la fragilidad de un carácter haya dejado paso al abandono mejor cuidado.
Enfados que no conducen a nada, evidencias de un miedo que respeta ausencias y se revela con el tiempo que, como impecable y fiel amigo, no se casa ni siquiera con la más fea, soberbia que puede con los hombres, discursos cuajados del gusto por creerse casi divinos, convertir lo efímero en algo imperecedero, suerte, la suerte del que no apostando a casi nada anhela con un premio que difícilmente puede alcanzar, heridas que de tanto ser lamidas se han enamorado de si mismas y no terminan de cerrar, la cicatriz no tiene cabida entre esos dedos curtidos por el trabajo del día a día, esfuerzo repetitivo que compensa, que no se ausenta, que repone fuerzas, reflexión que demanda silencios, silencios que demandan utopías, utopías que demandan sueños, sueños que no demandan casi nada, si acaso una bienvenida al lugar donde los felpudos sirven para algo más que sacudirse el barro de los zapatos.
Y es que cuando habla el corazón todo lo demás debe callar, tiempo de risas que dejan que la vida decida por ellas, perfecciones dibujadas en el ahora o nunca, cuadros sin terminar, a la espera de una nueva y pronta remesa de colores, hechos y deshechos, que poca importancia cobran cuando uno se da cuenta que nada, apenas nada, tiene la importancia suficiente como para sucumbir al enfado: SURSUM CORDA…

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                                                  “Ceniza como en vez de pan, mezclo mi bebida con lágrimas”
Del Salmo 102, 10-11