AL RINCÓN de siempre

27 enero, 2019

20190127_103143[1232]           Días atrás me asomé al centro, no tuve más remedio, y, mientras hacía hora para no sé qué, me resguardé en el café de siempre, y, allí, en el velador de siempre, estaban ellos, como siempre a esa hora, y, como siempre, me senté cerca, en la mesa de al lado; no se percataron de mi presencia, será verdad eso de que con los años uno se vuelve casi invisible…El camarero de siempre y lo de siempre, un cortado con la leche hirviendo. Esta vez no disimulé agazapándome tras el periódico, ni siquiera oculté la mirada al otro lado de las gafas de sol, estaba nublado y empezaba a chispear, tenía más de media hora de espera; ellos, uno frente al otro, como siempre, cada uno con una taza grande delante, probablemente trabajan cerca y es en la hora del desayuno en la que cada mañana coinciden, quizá no vivan juntos, quizá sólo sean amantes clandestinos, quizá su escapada sea cita furtiva a costa de cualquier excusa -pensé-.
Hablaban y hablaban, con cierto disimulo acerqué un poco más la silla, y, como siempre, atendí a lo que les ocupaba hoy; él le comentaba que había dejado de usar la Nespresso que ella le regaló el año pasado, que, aunque era rápida, había leído que las capsulas tardaban mucho tiempo en reciclarse y eran altamente contaminantes, que había vuelto a su querida cafetera italiana de siempre, la de sus largas noches de estudio, y que mientras se afeitaba, tiempo suficiente para que el café subiese, le encantaba recrearse con el aroma que embriagaba toda la casa y que, incluso, cuando volvía al mediodía el olor lo recibía como de bofetón nada más abrir la puerta. Bastó un segundo para que ella respondiese, como si en la lengua tuviese un muelle, y contradecirlo, como siempre, argumentándole que para un solo café era un gasto innecesario arrancar la vitrocerámica, bastó eso para que, como siempre, se enredaran en una absurda discusión de la que me tuve que contener y morderme la lengua para no intervenir, no en vano tenía gana de un rato de charla, llevaba días sin apenas hablar con nadie, allí, en ese lugar al que me retiré, no es difícil que corran los días y sólo cruce alguna palabra cordial y cotidiana con el panadero que cada mañana acude puntual en su furgoneta de reparto a la diez menos veinte, ni un minuto más ni un segundo menos, eso contando con que no le deje la bolsa colgada en un gancho de la puerta y me deje una barra, como siempre.
Y mis desconocidos amigos siguieron discutiendo, él parecía ser hombre de discurso más bien largo, argumentaba, ella, de verbo corto y afilado, casi siempre con doble o triple intención, hiriente, diría yo. Apuré el cortado, pagué y me fui por donde había venido. La calle seguía ruidosa, la gente caminaba rápido, mirando la pantalla del teléfono móvil, llegué puntual, como siempre, a la cita, firmé un par de cosas, sin ni siquiera leerlas, de esas tan inútiles como necesarias, y, como alma que huye del diablo, volví al lugar de siempre, como siempre, siempre, siempre…

                                                                                  .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

                           “Tanto me atormentaba con el mundo, que comencé a imaginar refranes”
Jan Skácel

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