De Memoria

28 octubre, 2018

 

   de memoriaTan frágil como mentirosa, si acaso vulnerable y vulnerada, más prostituida que mancillada, siempre a la defensiva de un recuerdo que se asoma en el momento menos adecuado, siempre, casi siempre inoportuna. Deslavazados hilos que  enhebran el antiguo despropósito de aquello que se deforma, hiriente, salvaje, adormeciendo la conciencia de quien no quiere levantar el ancla en ese mar que, cuando más tranquilo parece estar, se atormenta en el fondo sin que apenas nadie, ni uno mismo, se dé cuenta de que algo no va bien.

     ¿De qué te quisieras acordar si te vuelven a hablar de mí? ¿Qué ridícula locura recubre tu cabeza, como si de un turbante que esconde desgracias y cicatrices de un pasado ya  curado,  inasequible al desaliento, se tratase, mientras vuelves la cabeza hacía el lado contrario de cualquier esquina que  ya no eres capaz de doblar con la rapidez de entonces?

    Y esa, querida mía, esa, es ella, la memoria, la  que nos duele, la señora que me estrangula la garganta tantas noches de duermevela en las que vivo instalada desde hace tanto tiempo y tú sin saberlo. Una memoria atolondrada que roza la indecencia cuando remueve las ascuas de una amorosa lujuria que hoy se conforma con un boceto apuntado en el cuaderno de antiguos y quiméricos propósitos que imaginábamos cuando empezaba el año.

    ¿Recuerdas? -me decías- y yo asentía,  para no darme ni darte  el disgusto del olvido, con tal de no reconocerme en ese antes que ahora no me gusta demasiado, en ese ayer de  causas nobles con las que nos divertíamos  haciéndonos trampas al solitario sin que importase ni pareciese una traición. Una memoria que a veces se raja, otras se quiebra en unos pedazos que se reconocen desde arriba mientras en el suelo ya no hay más que  silencios instalados por los rincones de esta casa que  me abriga sin pedirle cuentas al tiempo.

    Y es que no es tan difícil convertirse en el otro aunque en su belleza haya mucho de tragedia y en su tragedia demasiada belleza, ese otro  tan ateo del amor como tú creyente de ese Dios que te da la fuerza mañanera para  entender que estás aquí para algo, ese Dios que te ayuda a derribar estructuras anquilosadas del pasado y te aconseja sustituirlas por otras, ese Dios que bromea cuando te desahogas haciéndole ridículas preguntas sin que ello suponga un oscuro pacto para el reproche. Y ahí, en ese pacto, el primer sorbo a una copa de vino, ese, el primero, el mejor, el que rasca o acaricia tu lengua antes de embriagarte los sentidos, ahí es donde la memoria nunca engaña, y, ahí, justo ahí es donde la añoranza se vuelve ausencia.

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                                      “No quiero que el nuevo placer de odiar libremente se normalice”

                                                                                           Carolin Emcke

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