En el Café de Siempre

21 octubre, 2018

 

             20181021_101912[10735]Me los volví a encontrar  en el café de siempre, la esquina de siempre, el velador de siempre… Hacía tiempo que no los veía, o, quizá, no los reconocía, no en vano, yo había dejado de acudir tan asiduamente como meses atrás y cuando  ahora me dejaba  caer por allí lo hacía medio camuflada detrás de unas negras gafas de sol, entretenida en la última novela que me ocupaba, en el desconcierto en el que se había instalado mi vida últimamente  y no prestaba atención a nada ni a nadie.

       El otro día fue diferente, mi ánimo parecía estar algo más reconciliado conmigo y acudí a la hora de siempre, quizá quería verlos de nuevo, quizá quería recordar ese tiempo en el que sólo saberme cerca de ellos me hacía creer que cualquier posibilidad, aunque escasa y remota, de sentir de nuevo, existía. Me senté en el velador de al lado, junto al de ellos, como siempre, el camarero de siempre, con el que ya no necesitaba mediar palabra para ser atendida, me trajo el cortado de siempre, y mientras lo iba bebiendo a pequeños sorbos me agazapé detrás de la prensa y presté, como siempre, atención a lo que hablaban. Cuando al cabo de unos minutos pude distinguir sus palabras con nitidez, como hacía antes, sentí que en ellos, como en mí, algo había cambiado, ahora sus tonos sonaban a reproche, a elegante disgusto  que se  trata de recomponer sin demasiado éxito, a  ese pequeño desamor que regala el desgaste cuando se cambia el respeto por  insolencia, y, aún cuando  el perdón enmascare el desconcierto, ya nada es igual; sentí que uno de ellos estaba más dolido que el otro, noté la tristeza de sus palabras en una voz temerosa que repetía con desasosiego – Pero, ¿Por qué lo has hecho?- No me atreví a girar la cara como otras tantas veces  hice sin pudor alguno a sabiendas de que ellos navegaban en su particular Mar de Sargazos y no recabarían en que yo los miraba; no, esta vez no quise hacerlo, tenía la certeza de que se darían cuenta y probablemente dejarían aparcada la conversación, cambiarían de tema o, simplemente, se levantarían, pagarían sus dos cafés y se marcharían.  Hoy yo no quería que se fuesen, hoy me gustaba oírlos así, su compañía era consuelo para mi desidia y mi injusta imprudencia, hoy ellos eran todo lo que yo tenía y a lo único que me atrevía a agarrarme, hoy su sentir era el mío, su distancia, a pesar de estar con las manos entrelazadas, uno frente al otro, como siempre, era también la mía, hoy, su desencanto era mi suerte, como esa que cada noche se mareaba en el bombo de un sorteo en el que  últimamente que  me tocaba el número de la no fortuna.

        Estuvieron algunos minutos en silencio y ella, de nuevo, como aquella vez, giró su cara hacía mí y me di cuenta, giré la mía, y ésta vez, como aquella, de nuevo me lanzó un beso al aire, pero hoy le corrían lágrimas mejillas abajo, en aquellos entonces no sólo no lloraba sino que su boca dibujaba una sonrisa de esas que son capaces de alegrarte la mañana.                           

                                                              -.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

                                                              “Observar muy fijamente implica descomponer”                                                                                                                                    

                                                                                                      Herta Müller             

Anuncios