El ARTE de AGUANTAR

14 octubre, 2018

       el arte de aguantarLa vida está cuajada de desastres, también, como no, de artes y partes, por fortuna; pongamos por caso el arte de guisar, el arte de esperar, el arte de dibujar, el arte de saber mirar para otro lado, el arte de beber, el de hacerse el tonto o la tonta, llamado del disimulo, y otros tantos que para qué enumerar. Bastante tiene cada uno con el suyo, y, sobre todo, con perfeccionarlo para hacerse el dormido antes de que el contrario asome la nariz por la puerta de la alcoba.

      Y este introito, con el que  casi juego al despiste, viene al caso porque pensaba estos días en hacer un “mastercillo” de esos rápidos, la licenciatura ya la tengo enmarcada y todo, en el arte de aguantar, sí, sí, en ese mismo y sin desvariar ni un ápice hacía cualquier corriente existencialista,  metafórica, ni nada parecido; la materialidad de AGUANTAR, con mayusculas y bien grandes, sombreadas, subrayadas, y en negrita, si hiciera falta. 

     No hay princesa ni cuna, por alta ni ancha que ésta sea, que no tenga que curtirse  en ello mientras la vida va que vuela, cortando el aire del absurdo, hacía la infalible meta a la que todos  llegaremos. Tiempo ha me decía alguien a quien mucho quiero y  más respeto, entonces eramos jóvenes  y nos vomitábamos todo tal y como nos venía a la boca, -Nieves hay que aguantar mucho, y tú no aguantas nada-, esa criatura  me sacaba, y, me sigue ganando,  algunos años de ventaja,  algunos centímetros de altura y otros pocos de cintura; aquello pasó sin más pena ni gloria que la discusión que, segura estoy, aunque no la recuerdo bien, porque esas cosas se suelen perder en la memoria, y   ahora, por arte de birlibirloque, me atraviesan el cerebelo como sentencias que en su día tanto me incomodaban. Se ve que entonces me creía cuerpo glorioso y que no había nacido para aguantar ni media;  en aquel error encuentro hoy el sí quiero del “Arte de Aguantar,” disciplina de sabios dónde la haya y los haya, terapia de humildad y bien nacido de quien recorre la vida intentando asumir lo poca cosa que somos y como Dios juguetea con nosotros a ese escondite del que creemos nunca se nos van a ver los pies cuando nos agazapamos detrás de cualquier cortina de humo. Y claro, también me llegó la hora, como a todo hijo de vecino, el momento oportuno en el que ya no valía el “aquí te pillo, aquí te mato” que con un castiguillo de poco calibre zanjaba el asunto, y me tocó tragármelas dobles, triples, y, a veces, hasta cuádruples, y así he tratado de entender que aunque “en el pecado uno siempre, siempre, lleva  la penitencia, no pasa nada,  que en ese silencio de aceptación sin resignación está la grandeza del saberse sostenido cuando uno se abandona en manos del que sabe, en esa providencia que nunca juega con la casualidad y sí con el sosiego de ser capaz de seguir creyendo que en un pequeño sorbo de vino se puede consumar un misterio que sólo se entiende cuando la fe, aunque sea la del carbonero, nos ampara.

      Y la vida va, y quien tenía que seguir aquí sigue, y quien debía de quedarse aquí se ha quedado, y quien es capaz de llegar hasta el final de sus días con la palabra GRACIAS entre los labios es el que  merece la pena a pesar de los pesares y otros tantos aguantes que por venir están.

    Aquí lo dejo por hoy…

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                                                       “Supliqué y me fue dada la prudencia”

                                                                       del Libro de la Sabiduría 7,7

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