EVIDENCIAS

19 agosto, 2018

 

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   Hay quien no sabe disimular, quien no quiere hacerlo, y quien se empeña con verdadero ahínco y feroz dedicación en mostrar, orgulloso, su estado de ánimo como si de una buena jugada de póker se tratase, pasando, repasando y sobrepasando cualquier barrera cuán bravucón y saltarín enano que sueña con ser torero.
    A ojos vista siempre fue norma de corrección maquillar un mal momento, bandear el vaivén de cualquier desazón que nos martillease las entrañas, contener el socorrido llanto que endulza milongas y , mucho más, muchísimo más, engullirse la queja que indispone, condiciona y sobresalta al otro, aún en el mejor de los casos, del peor es mejor ni pronunciarse…
     Incomodar al contrario, ese con el que te tropiezas cada mañana en el pasillo de tus entrañas, parece aventura más propia del azar que asignatura pendiente de un suspenso que se quedó en el fondo de ese cesto en el que se sacuden papelillos muy bien doblados y que cada mañana uno saca, escogiendo sin ver, como si de caprichoso azar se tratase, la actitud con la que va a engalanar su día mientras ahí fuera llueve, truena o se zarandea el mundo sin más prisa que la que supone una incondicional espera.
     Empeño voraz y feroz en hacer evidencia del malestar, de lo que duele, lo que se siente o se vislumbra por sentir, y siempre, eso sí, que no falte ni se afirme lo contrario, en nombre de una confianza muy mal entendida y exclusivo deseo,  lo tengo más que comprobado, de propiciarle al otro una hendidura bien pronunciada dónde ponga en cuarentena cierto sentimiento de culpabilidad, por ser un poco delicada, siendo un tanto bruta me atrevería a decir que dando rienda suelta al sadismo del que nadie estamos libre.
    Y Agosto se va diluyendo sin prisa, como cada año, indecente como siempre, impaciente como nunca, medio desesperado como es su costumbre, inmóvil, cuajado entre temperaturas que no dan para mucho más que para alimentar una espera ante la certeza de saber que está ahí, detrás de esa puerta que nunca se cerró porque no se merecía un portazo despechado; Agosto de mi alma, satisfacción engullida que ahoga la garganta y el grito de la cortesía bien intencionada y mejor interpretada, Agosto de sueños imposibles y miradas bañadas en ese río que arrastra melancolía, tardes que se acortan, noches que asustan y mañanas que regalan un “ Buenos días, mi verdad menos reconocida”
       Y sí, es que hay quien no sabe disimular, ni quiere, ni puede hacerlo…
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                                      “No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda.”
                                                                                                   del Salmo 138

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