LA VENGANZA SE ESCONDE MAL

12 agosto, 2018

     1534067970988 Casi siempre la venganza suele aparecer después del fraude, diestros y siniestros de un resentimiento  que aflora  cuando las armas aún no están bien dispuestas ni mejor preparadas. De un tiempo a esta parte la palabra, voraz y arrojadiza como dardo indecente y despechado, es a la fiera  que menos temo.

        ¿Quién será nadie para hablar sin pudor de reproches, quién, en sus cabales,  será tan atrevido como para pedir cuentas ante un silencio capaz de prolongarse en el tiempo mientras apaga el ascua de un despropósito que ya no existe ni se le espera?

          Jugar con fuego suele tener  delicadas consecuencias, incluso jugar, aún sin él, muchas más si uno baraja al azar los naipes  que desatinadamente marca cuando se despista en asuntos que ya no son de incumbencia propia.

          Es difícil tomar en cuenta a alguien que enarbola la bandera del intento en nombre de un Dios en el que no cree ni confía, alguien, como todos, como tantos, más víctima de sí mismo que verdugo del otro, y, que con sólo bajar la mirada hace de su ombligo el centro de una placeta en la que es difícil tomar la alternativa pues para torear hay que ser muy gallardo defendiendo lo que no tiene seña ni santo. Letras y más letras para rodear un par de palabras que en nombre de la prudencia serían más fáciles y nobles de pronunciar  antes que ensañarse con uno que por allí  pasaba y que, por esas cosillas que tiene la vida o porque le dieron una buena patada en el culo, no quiso quedarse, y después se alegra.

         Vuelve, casi todo vuelve y el mejor vino ahí sigue,  reposado,  aguardando copas de un cristal  más transparente y menos resquebrajado que el de ayer, y, mientras, Agosto se queja y muestra los dientes, como cada año, con ese calor riguroso  que detiene sus noches en las manecillas de un reloj que se beneficia a la  brisilla  que dibuja la sombra de un amor a distancia.

        Trátala bien, le dijo, en un alarde de confianza; y, entre ese intermedio y el abrazo  imaginado, qué sabrá nadie de cómo el gesto ahogado, la palabra a destiempo,  o cualquier  torpeza al uso desbaratan la ilusión que, por callada y secreta, no puede ser contenida.

         Y es que todo está por llegar…

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                                                                                               ¡Yo soy la herida y el cuchillo!

                                                                                                       Charles Baudelaire

    

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