TODO o NADA

29 julio, 2018

 

     1532856545484Ese termino medio en el que  no se sabe muy bien si está la virtud, esa a la que no le cantan los poetas porque ellos tampoco saben de mitades en el camino,  es el inexacto punto  en el que uno tantas veces se instala y vive casi con respiración asistida,  justo donde una palabra equívoca se descuelga en inoportuno momento, el mismo que hace del deseo una excusa para vivir escondido   cuando hay distancia entre lo prometido y la deuda; delgada línea que por insobornable, tantas veces insoportable, deja pasar las mejores oportunidades que añora una ausencia sin reproches.

      Llenar las copas de vino para no apurar el ultimo sorbo suele ser hasta pecado cuando lo enmaraña la prisa de cualquier día cargado de incertidumbre y desesperanza mientras ahí fuera, allí lejos, uno dibuja y colorea las sombras de un obligado sentir; y es que nadie quiere un imposible ni desgastarse una noche tras otra en insomnio prolongado. Hay cierto encanto en esa nada que recorre las treguas que se van concediendo mientras la espera no hace más estragos que los propios de una impaciencia servida a la carta o al capricho de quién nunca visitó el rincón del desaliento.

    Y de nuevo asoma Agosto con desasosiego,  sin previo aviso y con los planes justos para no sucumbir al desaire,  vacío de cada año que suele prometer una desazón más llevadera por aquello de la lección aprendida; pero no, siempre el imprevisto, siempre la sorpresa y la añoranza de los brazos que  necesitan  más compañía que la fuerza de una rutina que no quiere convertirse en costumbre.

    Treinta y un días en los que pareciese que la vida se congela o se derrite y las calles se ausentan; unos van, otros llegan desde cualquier sitio hasta  ninguna parte intentando lo imposible en el mejor de los casos,  en otros,  recogiendo velas de un barco que sigue sin atreverse con el “Mar de los Sargazos”.

       Delicado asunto ese del reproche a destiempo, en ese justo momento en el que todo y nada se regala con una imprudente mentira cuando  no se alcanza a comprender por qué se ahoga la ilusión con la misma facilidad que uno deja secar sus cabellos al sol en estos días de verano. 

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                                              “Si hablar es plata, escuchar es oro”

                                                                          Proverbio

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1532246420581     Suele ser arriesgado  apostar a caballo perdedor, morbo insano de quién ha recorrido un buen trecho de la existencia de la mano del absurdo y sin demasiadas dependencias personales, acaso las justas  para  hacerle un brindis al sol y un corte de mangas al pesado o pesada de turno.

     El atrevimiento tiene su encanto cuando sin mal ánimo se desgranan incertidumbres y argumentos bizantinos  desde la valentía que provoca el teclear sin mirar a los ojos cuestionando cualquier sandez  y atreviendose, tan gallardamente como su ignorancia le da a entender, con un reclamo  que  hace honor a esa decadencia indecente que suele ser el santo y seña de viejas glorias que arrastran su verborrea por barras de tabernas en las que con un poco de suerte quién únicamente escucha, y, porque no le queda más remedio,  es el camarero o camarera de turno.

      Quizá, antes, cuando no había más remedio que enfrentarte al cara a cara o salir por la puerta de atrás sin dar ninguna explicación, el príncipe o princesa valiente miraba a la cara y sacudía tus entrañas achacando  desdén y desinterés con cualquier arma arrojadiza propia de alguien que sin rencor es capaz de dirigirse a tu corazón con una nobleza carente de rejumbre; pero, ay , amiga del alma, las cosas han cambiado tanto desde entonces…; ahora te sueltan una fresca, tantas veces hasta mal escrita, y el apocalíptico jinete, que ya no tiene más recurso de amparo que tratar de no ahogarse con el improperio, se queda descansando mientras entiendes que el caballo perdedor suele ser eso, un fracasado tardío que  juega al escondite con asuntos en los que poca ganancia se le arrienda.

     Tantas actitudes previsibles,  sin sorpresa que valga la pena, más de lo mismo, un transitar por el día a golpe de mañana, tarde y noche argumentando lo que ya no se alcanza a entender ante gente que empuja con mucha más frescura que la de quién malvende su chiste a destiempo. Perder es fácil y también remediable, por fortuna, se suele hacer justicia aunque uno se encierre en el castillo de irás y no volverás y se asome al exterior sólo cuando la carrera presente un pura sangre y cierto estilo que, al menos, reconforte la vista y aliñe de buen gusto ese aperitivo de cada mediodía que no se debe compartir con cualquiera.

       La historia es ingrata para el resentido porque no suele perdonar, porque los excesos suelen tener mala recompensa y las mentiras un recorrido demasiado quebradizo en el camino que supone confianza, ese vaciar las entrañas, aunque de confesar delito de sangre se trate, como para que en cualquier ausencia las confidencias sean usadas de arma arrojadiza. 

      Enseñanzas a tiempo, lecciones de honor que inasequibles a un desaliento que no conviene, a una indumentaria inadecuada y a unas formas impropias, recorrieron un par de metros de la mano del absurdo. Acompañar es otra cosa, apreciar la demanda de una suplica callada debe enmarcarse en un recuadro de lealtad desinteresada en la que no quepa el reproche cuando no se hable de lo mismo porque si no los pactos  serán sólo flor de un día o de cualquier exaltación de esas que provoca la soledad de quién se llama a engaño y busca culpables sin misericordia alguna.

       Suele ser arriesgado apostar a caballo perdedor…

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                                     “Lo beneficioso es aquello que nos permite acercarnos a lo divino”

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HERIDAS, ¿de qué?

15 julio, 2018

    Rasguños, a veces profundos, que pueden hacer con una experiencia de vida desastroso encaje en quién cree y dice haber enfermado por el desaire de un cualquiera. Confusión e inseguridad desde esa insana tendencia que hace del “pobre de mí” un mediano y mediocre triunfador en el pequeño charco que con el océano no se atreve.

      El ser humano es complejo, mucho, el protagonismo ya viene con marchamo de aduana desde que en la inmisericorde y llorona infancia uno arremete contra la somnolencia de su madre sin más justificación que la falta de conciencia en actitudes consumadas y consumidas por el guerrero que creemos llevar dentro cuando, en realidad, sólo somos víctimas de un tiempo que hace de la autocomplacencia estandarte y virtud al pretender que los arañazos sanen dejándolos a su amor o, si acaso, a un torpón azar que sólo acontece en cualquier románticona película de sobremesa dominguera.

        Atreverse al juego del gratuito desdén, engañando a los sentidos con argumentos anotados mientras esperas cola en la caja del supermercado, no es buena ni sana costumbre, quizá el onanismo mal entendido y reiterado, como norma placentera, tampoco es buen consejero para quien justifica su despropósito mancillando la presencia de Dios de una manera tan irreverente como cuando el miedo se le asoma en forma de pequeña gota de sangre, indecente por escandalosa, y es capaz de colorearle esa vestimenta que, como su alma, parecía limpia, pero bien mirada a la luz de un claro día sus matices están empercudidos.

         Heridas que lamidas a golpe de engaño se distorsionan usando de mala manera la mejor arma arrojadiza de que dispone la endeblez de un asidero de bajo coste; no es fácil recurrir a la aldaba sólida, y no es fácil porque es incómodo, porque asusta, porque en el esfuerzo del tiempo invertido uno cree que se está dejando la vida en el camino después de imaginar un castillo de naipes que sin estabilidad ni fundamento alguno se desvanece con el soplo de aire que levanta cualquier insurrecto o insurrecta que por allí pasaba.

           Heridas irrespetuosas que dejan marca, señales que unas veces quedan escondidas y otras, tantas, se vislumbran con un pequeño golpe de vista. La queja no es saludable, la culpa, para el contrario, suele ser el recurso más cómodo y fácil cuando uno se atreve con el último párrafo de algún cuento inventado para intentar coger el sueño antes de apagar la luz sin haberlo leído desde el principio, y luego pasa lo que pasa…

          Oportunidades que viajan en el vagón de cola de un tren que siempre llega a destino y al que hay que saltar rápido, sin miedo, para no dejarlo escapar pues la mayoría de las veces la parada en estación es breve; juicio, prejuicio, impotencia y rabia que enreda y hace imposible dejar crecer cualquier costra que cubra, repare y cierre la herida que se resiste.

             Rasguños a veces profundos…ninguno que no cicatrice con una bocanada de vino escupida con acierto desde corta distancia.

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                               “ Llegó con tres heridas; la del amor, la de la muerte, la de la vida…”

                                                                  Miguel Hernández

MENOS YO, MENOS MÍ…

8 julio, 2018

 

1531031996832[2601] Cada uno organiza su desastre como puede o como Dios le da a entender, tantas veces nos ponemos a prueba sin apenas darnos cuenta que en el mundo de la ilustrada ignorancia son pocos los que se atreven con la primera piedra. Da cierto repelús ese caldo de cultivo en el que todas las frases empiezan y terminan con “un Yo o un Mí” capaz de alimentar a un ego que adocena a su interno monstruo  entre la insensatez y el desconsuelo. Es recomendable ejercicio hacerse consciente de como uno construye sus peroratas a la vez que desdibuja su vida, y, en ese trayecto de luces y sombras, las líneas sólo manchan un retrato que en nada se parece al de tiempos pasados.
Tendría su gracia ser como esas abejas que construyen su vida en el aire sin posarse sobre nada antes de clavar el aguijón, ni más ni menos que como todo hijo de vecino, aunque ellas sin ocultar su deseo ni disimular su tarea. No hay obligación ni es necesario sentir, tampoco hay sueños descolocados cuando uno se muda hacia si mismo, cuando en la tormenta de ahí afuera se confunden las ideas con los afectos mientras el tiempo es ajeno y se atienden, aquí y allá, los argumentos bizantinos del incauto que derrocha la misma seguridad que quien justifica su vida resolviendo problemillas cotidianos de poca monta.
Ejercicios sin prestigio, deberes como aquellos que nos encargaban en el colegio para que en los tres meses, tres, de vacaciones que nos regalaba ese idílico verano de chancletas y bañador quita y pon no perdiésemos el hábito que consigue la disciplina, un mínimo de renuncia, y  no confundir el descanso con la apatía, tarea que hace olvidar “el yo y el mí” sin manosearlo ante el deseo de benevolencia y el protagonismo de ese ombligo que se pone el mundo por montera mientras el contrario, perplejo, se cansa de escuchar el absurdo discurso que por desgastado y añejo apenas se entiende ni se quiere entender.
Y ese día, en el que “el pobre de mí” se derrita, como la bola de un helado dentro del cucurucho de galleta, se empieza a ver lo que tan torpemente eclipsaba una forma de estupidez tipo, me has hecho daño, me has engañado, yo curo mi alma, con lo que yo te quise, tanto como yo he hecho por ti…y toda esa letanía de frases hechas, colocadas al uso y a modo de comodín desgastado, que en el cara a cara se esconde por pudor pero que en cualquier alegato de gallardía se escribe sin más remiendo ni sonrojo que el que provoca el despecho. Y así, la tibia entrega de quien sufre el mal de la autocomplacencia lame heridas que nadie le procuró, porque después de ser víctima  yo también fui verdugo y sé que el cielo y el infierno nos habitan, que es sólo cuestión de perspectiva hacer al otro contrario o aliado cuando desde el corazón uno enarbola la bandera de la sensatez sin necesidad de echarse a la calle para revindicar ese “yo”, o ese “mí” que suele ser la peor tumba en la que descansar tras cualquier duelo sin hacerle concesiones al brindis que lejos de embriagar aúna posturas.
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                                                                                            “El lenguaje es vino en los labios”
                                                                                                  Virginia Wolf

 

IMPLICARSE

1 julio, 2018

implicarse Es bueno apurarse sin pudor, hasta el tuétano de los huesos si fuese necesario, frente al criterio que no establece distinciones ni matices sin importancia que provoquen la frustración que todos llevamos clavada dentro.
¿De qué sirve cualquier amargo y acumulado reproche cuando la certeza no es mucho más hábil que la duda, cuando la entrega a un amor caducado se sabe tan tibia que es imposible regodearse en el beso que se añora y uno es incapaz de pedir?
…Y un orden melancólico se va estableciendo en fila, en el centro de unas entretelas que sólo consiguen consolarse cuando oyen el silbido, tantas veces como el de bruto arriero, que allá, en cualquier lugar desde dónde no se percibe apenas nada, juguetea con la amargura del insolente miserable al que cuando le corroe el miedo se vuelve peligroso.
Mutismos escondidos en unos labios que han hecho de su silencio una tarea selectiva esperando la bienvenida de un cigarrón que no se asoma ni por la puerta de atrás. Implicarse en lo poco, de lo grande ya se ocupa Dios, y corroer las entrañas que se van deshaciendo mientras cualquier cosa es posible.
Ayer me prometiste lo que sabías que no podrías cumplir, y, quizá sólo, porque añorabas mi desastre, juntaste tus manos, como si al cielo quisieras suplicarle cualquier dádiva posible, y, sin apenas mirarme de frente, me dedicaste palabras que sonaban a música celestial en el trasiego de una noche que acertó a llegar ignorando como instalarse en algún plieguecillo de mis arrugadas sábanas.
Implicarse, untar la vida de agradecimiento y propósitos que hacen más llevadero lo cotidiano, no rendirse; el desaliento, como el suicidio, es cuestión de un instante por mucho tiempo que uno lleve imaginando cualquier final; el tiempo, la vida, almas errantes, vagabundas de sueños y desdichas, acarician las mañanas cuando ese buenos días al que me has acostumbrado es el empujoncillo que hace las horas de ausencia mucho más llevaderas mientras me atrevo, sin cautela, a desnudarte con la imaginación en el justo momento que levantas tu copa de vino y apuras, tan indefensa como frágil, el último sorbo que te queda.
Implicarse sin miedo, valiente, hasta que el cuerpo te haga sombra, hasta que los días no te desconcierten, hasta que después de perder hayas salido ganando, hasta que no te queden respuestas, y, hasta que, sin previo aviso, la vida deje de jugar contigo.
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“La normalidad de encuentra tan alejada de la locura como de la cordura”
D. Cooper