JAQUE a la REINA

6 agosto, 2017

IMG_7267El límite de la prudencia no se firma con un educado gesto de cortesía, ni tan siquiera con la honrosa tarea de un desprendimiento que, tantas veces, puede durar un instante, tantas otras, toda una vida. Tal vez la imaginación despierte mejor desde una posición horizontal, tal vez, cuando amaina el vértigo de la ausencia, es más fácil coger el asidero de cualquier determinación sin que medie el deshonor enmascarado en ese -“pobre de mí, su crueldad se cebó en mis carnes”-,  tan absurdo como tratar de meditar un crimen antes de cerrar los ojos tras agotadora jornada.
La valentía suele ser muy insensata cuando en el juego del amor las fichas se mueven torpemente creyendo que las guerras  se ganan en el campo de batalla sin antes haber tenido en cuenta estrategia alguna, errando en la táctica y, sobre todo,  analizando con pasión a quién tarde o temprano se convertirá en tu enemigo. Bien sabe Dios de lo poco que sirve esa falsa superioridad moral, parecida a la que en el desatino de la lucha política alardean ciertos insurrectos, tan demagógica como trasnochada, cuando se recrean en palabras de tan insensato acento que ni el viento es capaz de llevarse.
Romper lanzas en favor de cualquier incómodo deseo parece ser la única solución cuando comprendes que la perfección es una trampa absurda y sabes de sobra, y por experiencia, que llegar a todo no sólo no es virtud de pocos sino una tupida capa de soberbia que sólo trata de disfrazar pasiones adormecidas en nombre de un amor que se ahogó en una copa de vino alzada en la más absoluta soledad.
Y sin remedio, cuando el hombre juega a ser Dios el vinculo con la existencia se torna tan simplón y desbaratado como esas camas deshechas después de una noche de encuentro en la que la vulgaridad se mezcla con el desencanto que deja el perfume de la añoranza. Y mientras sí mientras no, mareamos las piezas de nuevo, las colocamos en el tablero con cierto cuidado, eso sí, y preparamos una nueva partida en la que sea menos complicado matar al rey sin necesidad de engañar a esa reina que, susceptible donde las haya, casi siempre termina sintiéndose traicionada por el caballo que, diestro en el arte de saltar, servía para algo más que llevarla de paseo en su lomo, aunque ella, pobre ingenua, creyó que podría domarlo.
…Y no, el límite de la prudencia no se firma con un educado gesto de cortesía, no, el límite de la prudencia quizá se encuentre en ese momento que, irrepetible, borra las huellas de la traición mientras disimula su aversión al riego.

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                                                                                         “El nacionalismo se cura viajando”
                                                                                          Pio Baroja