PASEANTE, no hay camino…

16 diciembre, 2018

paseante, no hay camino     Asomarse a la ciudad empieza a ser arriesgado, motivos de sobra, dicen los aprendices a gobernantes, para limitar, reducir, prohibir y otras tantas sandeces que se oyen entre noticias, bulos, mentiras y tonterías varias, populistas, que, a la larga, a ver de qué manera benefician o perjudican los centros de capitales en los que la queja del comercio ya supone un grito más que ahogado cuando la gente se dispersa a consumir por los grandes centros comerciales de las afueras. Y, mientras sí, mientras no, el cogollo de la ciudad empieza a perder su encanto, como tantas y tantas otras cosas, porque después de luchar y creerse vencedores en batallas de mutilados y, habiendo conseguido en muchos lugares hacerlo peatonal, ahora resulta que las bicicletas y bicicletos, patinetas y patinetos toman por asalto aceras, anchas o estrechas, eso da igual, castizos embovedados, pasos de cebra y calles que concienzudamente se han rediseñado para el placer de pasear, recorrer escaparates, hacer compras sin prisa o sentarse en cualquier terraza a tomar un aperitivo al solecillo del mediodía. Riesgos innecesarios si cualquier artilugio que se mueva sobre ruedas ocupara su lugar, circulara por donde debe, y dejase, nos dejase, a los incautos bichos que aún nos movemos sobre piernas el poder del disfrute callejero sin miedo a que “te afeiten el bigote” de una pasada cuan ráfaga de tornado o te empujen y caigas al suelo, tan largo o gordo como seas, y encima seas hazmereír por la cara de tonto que supongo se queda después de un infortunio de ese tipo.
       Y que no quede ahí la cosa, pues puede suceder que, a poco andar, y con un poco de suerte, una vez que el ciclón ha pasado, cualquiera que venga de frente, entretenido, tecleando en el teléfono móvil uno de esos mensajes tan importantísimos que no tienen espera, te embista de frente, de lado, o por detrás y te quedes con el topetazo, el dolor, y la rabia contenida por no darle, como poco, un bolsazo en la cabeza, total, la mayoría ni se disculpa y sigue tecleando como si nada hubiera pasado.
       En fin, que cualquier tiempo pasado hay veces que sí que fue mejor, que “las bicicletas son para el verano”, los patinetes para los parques y los “movileses” para dejarlos en el bolsillo mientras se camina, porque a nadie le importa lo que fulanita cuenta a menganita o menganito, ni nadie quiere andar con la atención puesta en sortear absurdos en lugar de mirar al frente o pidiéndole al cielo llegar sano y salvo a tu casa.

                                                                         .-.-.-.-.-.-.-.-.

                                                “Hable poco y en cosas que no es preguntado no se meta”
                                                                             S. Juan de la Cruz

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UN CUENTECILLO CUALQUIERA

9 diciembre, 2018

un cuento cualquiera    Ahí abajo, me parece que es desde ahí abajo desde donde llega ese rumor insignificante, uno como  cualquiera del silencio de la noche. Ahí abajo, me parece que es desde ahí abajo…
    Y  cada tarde se repetía el mismo silbidillo, a la misma hora, esa en la que después de encender la chimenea, con un rigor casi sagrado, me acomodaba en su butaca, la que ella siempre ocupaba cuando vivía aquí conmigo, cuando compartíamos la vida y también la muerte, ese momento que ahora ya es sólo mío y no nuestro, ese, en el que, callados, cada uno nos afanábamos con nuestros libros y apurábamos el café de la sobremesa hasta esa hora en la que la tarde se desparramaba sin más pretensión que la de hacernos ver que, igual que ella, también la vida un día se desvanecería y nos dejaría huérfanos de tantas emociones que creímos eternas.
      Ahí abajo, era donde ella escondía sus risas y disimulaba sus miserias con tal de que yo no me diese cuenta de lo que bien suponía desde hacía tiempo, mientras se balanceaba en una imaginaria mecedora haciéndome creer que sus desvelos eran pura coincidencia, quizá la consecuencia de apurar demasiado tarde el ultimo sorbo de café.
    Un ingrato frío helaba la calle, ahí fuera, donde ella ya era sólo una artista trasnochada que no se atrevía ni tan siquiera a asomarse al ventanal desde el que tantas veces yo la espíe, contemplándola, sin que se diese cuenta. Ahí abajo era desde donde ella jugaba al solitario haciendo trampa, creyendo que yo no me daba cuenta, y, siempre, siempre, puntual, a la hora exacta, -¿Me querrás siempre?- me preguntaba con la voz entrecortada y la garganta seca, como arañada por ese silencio que se instalaba entre nosotros mientras manoseábamos las páginas de nuestros libros en vez de acariciar nuestros cuerpos; quizá no le bastaba con regodearse en el recuerdo que provoca la ausencia ni  saberse tan vulnerable como incapaz de casi nada, quizá, porque tampoco le bastaba yo ni  le molestaba demasiado mi dislocada rutina…(continuará)
                                                              

                                                                 .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

                                                “…Que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale…”
                                                                                                                     Lc, 3,4

LA ULTIMA GOTA

25 noviembre, 2018

20181125_104512[12375]        No siempre la última gota es la que colma el vaso  desparramando el líquido de cualquier despropósito, tantas veces la primera, la que parecía empezar a llenar un recipiente inabarcable, de esos capaces de disimular cualquier grietecilla que al final del tiempo estimado, y, en el preciso momento en el que cierras el grifo  une sus bordes como beso eterno.
           La última gota suele ser la de la desidia, trechos y trochas mancilladas sin recreo ni asueto en un internado que no quiere asomarse a más mundo que el de muros adentro, quizá porque de lo de afuera ya se sabe, quizá, porque con los lustros reconocer la traición, aunque bien se maquille, resulta demasiado fácil, quizá, porque el tiempo enseña más de lo que uno acierta a soñar, o, quizá, simplemente, porque hay lecciones que  nos sabemos tan de memoria que de tanto repetirlas cansan y hasta se olvidan.
           Ahí detrás es tan igual como ahí abajo, como ahí arriba donde los recuerdos se convierten en leños que con el paso de las horas consumen sus astillas y regalan un calor que poco abunda, mientras afuera, sí, ahí afuera siguen gritando los de siempre, los que tiran la piedra y se lastiman ellos solos, los que se regodean en la tiranía de su mediocre estampa, esa que, a fuerza de hacer kilómetros con su torturada entendedera, se imagina que ha cumplido un sueño cuando en un alarde de borrachera o  entrepierna mal cubierta se atreve a la publica replica de una indigna copia.
         Mejor olvida, trata de olvidar, pues el pasado no se conforma con ser ex de nada ni de nadie, porque todo queda en el cajón de los destrozos y las criaturas pasan por la vida de cada cual y ahí dejan su gloria o su miseria, siempre algún recuerdo, algún sueño ahogado, un olor que nunca desaparece y sigue ahí impregnando cada almohada que compartiste, cada sábana que desdoblaste con mimo en tu cama a sabiendas que eso cualquier día se volvería en tu contra, y nunca recuerdas, o no quieres hacerlo, aquella máxima que advierte que las casas son como templos sagrados a las que permitirle a cualquier mamarracho que cruce el umbral suele ser un atrevimiento no exento de consecuencia, y, a pesar de ello, sigues girando en la misma rueda, ruleta de una fortuna que casi nunca se arrima a quien más lo merece, números marcados con los que es fácil que un tramposo juegue al despiste  levantando una copa de vino sin tener en cuenta que el cristal se acaricia por su parte más delgada y que dejar huellas en él por no haberse lavado las manos  no debería  tener perdón de Dios
        Y sí, querida amiga, no siempre la última gota es la colma el vaso…

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                                                                                            “Mi reino no es de este mundo…”

                                                                                                                               Jn 18,36

   

MINUSVÁLIDOS y MINUSVÁLIDAS

18 noviembre, 2018

 

      20181118_110604No es muy difícil en estos momentos  andar un poco desubicado y no disponer más que de unas pocas y exactas certezas para construirse una realidad medianamente lógica.     Pongamos la tilde en una cuestión que me hace gracia  pero de la que no quiero saber el porqué ni tampoco buscar una explicación de esas que  terminarían en tachaduras discriminatorias, etiquetas o  medio insultos tales como machismo, feminismo, patriarcado, xenofobia, homofobia y otros  talentos  ante los que  el diccionario se ha tenido que apresurar para limarle ciertas aristas  visto lo visto.

     Y a lo que iba, que no sé por qué siempre los aseos de minusválidos se emparejan con el de la señoras, y que  tampoco sé si es que no hay hombres minusválidos o que en el baño de las damiselas como“ancha es Castilla”  se alivian hombres y mujeres, travelos, marimachos, marimachas, todos y todas con sus limitaciones, sean la que fueren;  porque digo yo que hay diversidad en esto  de las minusvalías, o ¿no? Entonces, y, por no hurgar en ninguna herida, que no quiero  que me vayan a tirar tomates a la puerta de mi casa, pregunto, me pregunto, ¿Qué demonios es uno? Porque ya no se puede pronunciar ni MU, y yo estoy como perdida con esas identidades que cada vez entiendo menos y cada vez me provocan más desprecio a la vez que carcajadas. Resulta que ahora el tema del “patriarcado”, por ejemplo, viene a ser como una lacra indecente por la que hay que andar medio escondiéndose y con la lengua doblada no vaya a ser que…y, en fin, que me digo yo a mi misma que si una persona en sus más íntimos, o no tan íntimos sentimientos, emociones, deseos, o llámelo usted como le de la gana, y por las razones que sea, se siente abanderado de alguna  de las calificaciones arriba enumeradas,  ¿Qué pasa?

      Pues debería pasar lo justo y poco más o menos, porque creo que esta mamarracheria en la que estamos envueltos no tiene más fundamento que la de un papel mojado o una bola de humo cualquiera, y, que a fin de cuentas, la cuestión es que falta respeto, educación y otro par de cosillas que no me atrevo a escribir por si daño sensibilidades de esas de nuevo cuño que se han venido arriba desde que, desgraciadamente, se ha abierto una caja de Pandora inalcanzable para muchos e inaccesible para tantos por cuestiones obvias.

   Total, querida amiga, que hoy no brindo con vino, ni peleón ni bueno, porque la cosa está  rozando unos absurdos y un disparate digno del subdesarrollo, pero  no brindo porque levantaré  la copa a mi salud y a la de quién se lo merezca y después de santiguarme abriré la boca tanto como pueda y me calzaré un buche de estos que arañan la garganta y reconfortan las tripas; y, mientras sí, mientras no, que Dios nos coja serenos y bien confesados aunque el frente burlón me llame “meapilas” y comer jamón serrano y no limpiarse los mocos con la bandera de España sea cosa de “fachas”.

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“Con las leyes pasa como con las salchichas, es mejor no ver cómo se hacen”.
                                                       Otto Von Bismarck

 

SEÑALES de DESGASTE

11 noviembre, 2018

 

     20181111_113020Todas las ruedas, todas, por fuertes y de buen material que sean, acaban por perder el dibujo, huella sin seña que va minando cualquier rodaje,  paso del tiempo de un ir y venir que  por dar vueltas en recorridos cortos se convierte en un desgaste en toda regla.

    Y aquel viejo amigo se agazapó en su casa como si de una feroz fortaleza se tratase, castillo interior que hace del desden y el desprecio la más confortable cabaña en la que   descansar y tratar de aprender como se ama con la delicadeza que no exige el guión  de esas películas que uno nunca debió de prestarse a ver. No es fácil amar con sencillez y sinceridad, sin tonterías, halagos ni sentimentalismos, no es fácil darle un giro al guiño de una estupidez que sólo muestra su cara amable cuando se sale con la suya ni tampoco aniquilar lo mas desagradable que el contrario muestra, a fin de cuentas es su propia historia la que  escribe con  líneas torcidas, a fin de cuentas es el contrario. Hay conocimientos que duelen y mucho, certezas que ajenas a la nostalgia huyen de cualquier enamoramiento del que tanto sabemos y cada vez menos añoramos, fatalidades de un rechazo que sólo es capaz de anidar en el silencio, distancia impuesta por uno mismo, respuestas regaladas a una insatisfacción que anida en lo desconocido cuando el látigo de la ternura azota las emociones; preguntas que suponen un pacto, punto de partida al reproche, excesos contenidos en una garganta que se raja por no gritar sin escupir sangre cuando se tiene la certeza de lo difícil que es convertirse en otro sin que el arañazo deje marca.

    Tantas veces en la desilusión y el desgaste anida la felicidad,  ese darse cuenta de casi todo tomando conciencia de que apenas tenemos una sola respuesta medio valida cuando se intenta justificar lo injustificable, tonterías de acá y de allá que no encuentran descanso más que en la estrechez del solitario camino que hay que atravesar antes de dar el salto al vacío.

     Desgaste que asoma sin previo aviso, como esa embriaguez que procura el sorbo de vino  que sin darte cuenta embelesa tus “entendederas” y es con ese trago y en ese preciso instante  cuando decides perder para salir ganando.

       Me puso a prueba y me di cuenta, y, una vez consciente de ello, me escondí detrás de una cortina que arrastraba por el suelo, y, a su vez, yo también usé la prueba como arma arrojadiza para dejar en entredicho lo que no podía explicar, desee su suerte más que la mía, le acompañe hasta la puerta y desde el umbral  le dije sin decir, vete con Dios. Y así, sin darle mas cuartos a ningún pregonero, así, sin más, decidí, sin decidir, despedirme de mí, de esa  sombra que me incomodaba por dentro,   tantas veces inventada y reinventada para nada, esa que hoy ya no se agazapa detrás de una cortina que arrastra por el suelo para esconder sus sin sentidos, ese fantoche desgastado y caduco que  se aburría de mi tanto como yo de él, esa que ya no acertaba a disfrutar soñando con viajar cualquier día a Paris.

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“Trata de comprender antes de ser comprendido”

                                      Stephen Covey

VIVIR ESPERANDO

4 noviembre, 2018

20181104_115237  ¿Y si las formas, como manera de relacionarse, fueran impostadas, declaraciones acordadas, resúmenes de tantas novelas leídas  que se cuelan por el entrecejo desde que uno aprende a entender que para caminar entre tanta gente hay que saber  deambular  por el escenario de esto que se llama vivir?
   Que no se vuelva costumbre empezar el día con enfrentamientos, algo habitual en el instante preciso en el que uno pone pie en tierra y asoma la nariz ahí, afuera o adentro, donde la jungla se confunde y confunde la ficción con una realidad tan puntual como el repique de católicas campanas que llaman a rezo.
    ¿Quién será el orgulloso vencedor que se podrá jactar de haber trabajado durante años tanto en el amor  como en el alambre, quién, a poco andar, un día cualquiera no encuentra en su rostro claras señales que acumulan y desgastan el semblante que alguna que otra vez se sintió tan títere como siervo de alguna causa que no lo merecía, quién en una resaca anímica, nada comparable a la de cualquier noche de nobles exaltaciones, entendió, sin necesidad de explicaciones, que hay cierta incompatibilidad entre quererse mucho y fastidiarse más, quién no dudó alguna vez de esas expectativas que se dibujaron inocentemente al principio de cualquier comienzo sin saber, sabiendo, que llevaban directamente al fracaso?
    Será que con los años casi todo se convierte en una mala elección, y, en ese tropezar y levantarse, uno decide que malestar prefiere aguantar cuando le es difícil frenar en la deriva, ignorar sus errores, y/o disimular esa melancolía que conlleva el deseo malgastado en cualquier acto de amor mal entendido.
    Quien no haya sentido alguna vez que el guion miente, se miente, quien diga que alguna que otra vez no se ha enrolado en las filas de un ejército de torpes patanes incapaces de coger el paso, miente también; a quien en alguna ocasión no le haya pesado más la venganza que la vergüenza, y, por miedo, no se haya atrevido a casi nada, vuelve a  mentir, y quien no une complicidades después de un brindis no entenderá nunca como de bien las falsas ilusiones se pueden disfrutar con una copa de vino, a veces dos, a veces las que pida el momento de cualquier despropósito al uso sin que éste sirva de excusa para el reproche.
    Presente sin más, el recuerdo, querida mía, los recuerdos son malos secretarios cuando las fotos ni siquiera han empezado a amarillear, memoria intacta para no mentar el pasado que uno inventa y cuenta a la manera que quiere, y, ¿Por qué no hacerlo de la manera  más bonita y más grata a los ojos de un Dios al que es difícil engañar en este desfile de cojos que regala la vida y en el que no siempre quien marca el paso va en cabeza de tropa ni quien barre la cola es el último de la fila; presente sin más, querida mía.
                                                              .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

                            “Estable es tu trono desde la eternidad, desde la eternidad tu existes”
                                                                        Salmos, 93 (92) 2

De Memoria

28 octubre, 2018

 

   de memoriaTan frágil como mentirosa, si acaso vulnerable y vulnerada, más prostituida que mancillada, siempre a la defensiva de un recuerdo que se asoma en el momento menos adecuado, siempre, casi siempre inoportuna. Deslavazados hilos que  enhebran el antiguo despropósito de aquello que se deforma, hiriente, salvaje, adormeciendo la conciencia de quien no quiere levantar el ancla en ese mar que, cuando más tranquilo parece estar, se atormenta en el fondo sin que apenas nadie, ni uno mismo, se dé cuenta de que algo no va bien.

     ¿De qué te quisieras acordar si te vuelven a hablar de mí? ¿Qué ridícula locura recubre tu cabeza, como si de un turbante que esconde desgracias y cicatrices de un pasado ya  curado,  inasequible al desaliento, se tratase, mientras vuelves la cabeza hacía el lado contrario de cualquier esquina que  ya no eres capaz de doblar con la rapidez de entonces?

    Y esa, querida mía, esa, es ella, la memoria, la  que nos duele, la señora que me estrangula la garganta tantas noches de duermevela en las que vivo instalada desde hace tanto tiempo y tú sin saberlo. Una memoria atolondrada que roza la indecencia cuando remueve las ascuas de una amorosa lujuria que hoy se conforma con un boceto apuntado en el cuaderno de antiguos y quiméricos propósitos que imaginábamos cuando empezaba el año.

    ¿Recuerdas? -me decías- y yo asentía,  para no darme ni darte  el disgusto del olvido, con tal de no reconocerme en ese antes que ahora no me gusta demasiado, en ese ayer de  causas nobles con las que nos divertíamos  haciéndonos trampas al solitario sin que importase ni pareciese una traición. Una memoria que a veces se raja, otras se quiebra en unos pedazos que se reconocen desde arriba mientras en el suelo ya no hay más que  silencios instalados por los rincones de esta casa que  me abriga sin pedirle cuentas al tiempo.

    Y es que no es tan difícil convertirse en el otro aunque en su belleza haya mucho de tragedia y en su tragedia demasiada belleza, ese otro  tan ateo del amor como tú creyente de ese Dios que te da la fuerza mañanera para  entender que estás aquí para algo, ese Dios que te ayuda a derribar estructuras anquilosadas del pasado y te aconseja sustituirlas por otras, ese Dios que bromea cuando te desahogas haciéndole ridículas preguntas sin que ello suponga un oscuro pacto para el reproche. Y ahí, en ese pacto, el primer sorbo a una copa de vino, ese, el primero, el mejor, el que rasca o acaricia tu lengua antes de embriagarte los sentidos, ahí es donde la memoria nunca engaña, y, ahí, justo ahí es donde la añoranza se vuelve ausencia.

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                                      “No quiero que el nuevo placer de odiar libremente se normalice”

                                                                                           Carolin Emcke

En el Café de Siempre

21 octubre, 2018

 

             20181021_101912[10735]Me los volví a encontrar  en el café de siempre, la esquina de siempre, el velador de siempre… Hacía tiempo que no los veía, o, quizá, no los reconocía, no en vano, yo había dejado de acudir tan asiduamente como meses atrás y cuando  ahora me dejaba  caer por allí lo hacía medio camuflada detrás de unas negras gafas de sol, entretenida en la última novela que me ocupaba, en el desconcierto en el que se había instalado mi vida últimamente  y no prestaba atención a nada ni a nadie.

       El otro día fue diferente, mi ánimo parecía estar algo más reconciliado conmigo y acudí a la hora de siempre, quizá quería verlos de nuevo, quizá quería recordar ese tiempo en el que sólo saberme cerca de ellos me hacía creer que cualquier posibilidad, aunque escasa y remota, de sentir de nuevo, existía. Me senté en el velador de al lado, junto al de ellos, como siempre, el camarero de siempre, con el que ya no necesitaba mediar palabra para ser atendida, me trajo el cortado de siempre, y mientras lo iba bebiendo a pequeños sorbos me agazapé detrás de la prensa y presté, como siempre, atención a lo que hablaban. Cuando al cabo de unos minutos pude distinguir sus palabras con nitidez, como hacía antes, sentí que en ellos, como en mí, algo había cambiado, ahora sus tonos sonaban a reproche, a elegante disgusto  que se  trata de recomponer sin demasiado éxito, a  ese pequeño desamor que regala el desgaste cuando se cambia el respeto por  insolencia, y, aún cuando  el perdón enmascare el desconcierto, ya nada es igual; sentí que uno de ellos estaba más dolido que el otro, noté la tristeza de sus palabras en una voz temerosa que repetía con desasosiego – Pero, ¿Por qué lo has hecho?- No me atreví a girar la cara como otras tantas veces  hice sin pudor alguno a sabiendas de que ellos navegaban en su particular Mar de Sargazos y no recabarían en que yo los miraba; no, esta vez no quise hacerlo, tenía la certeza de que se darían cuenta y probablemente dejarían aparcada la conversación, cambiarían de tema o, simplemente, se levantarían, pagarían sus dos cafés y se marcharían.  Hoy yo no quería que se fuesen, hoy me gustaba oírlos así, su compañía era consuelo para mi desidia y mi injusta imprudencia, hoy ellos eran todo lo que yo tenía y a lo único que me atrevía a agarrarme, hoy su sentir era el mío, su distancia, a pesar de estar con las manos entrelazadas, uno frente al otro, como siempre, era también la mía, hoy, su desencanto era mi suerte, como esa que cada noche se mareaba en el bombo de un sorteo en el que  últimamente que  me tocaba el número de la no fortuna.

        Estuvieron algunos minutos en silencio y ella, de nuevo, como aquella vez, giró su cara hacía mí y me di cuenta, giré la mía, y ésta vez, como aquella, de nuevo me lanzó un beso al aire, pero hoy le corrían lágrimas mejillas abajo, en aquellos entonces no sólo no lloraba sino que su boca dibujaba una sonrisa de esas que son capaces de alegrarte la mañana.                           

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                                                              “Observar muy fijamente implica descomponer”                                                                                                                                    

                                                                                                      Herta Müller             

El ARTE de AGUANTAR

14 octubre, 2018

       el arte de aguantarLa vida está cuajada de desastres, también, como no, de artes y partes, por fortuna; pongamos por caso el arte de guisar, el arte de esperar, el arte de dibujar, el arte de saber mirar para otro lado, el arte de beber, el de hacerse el tonto o la tonta, llamado del disimulo, y otros tantos que para qué enumerar. Bastante tiene cada uno con el suyo, y, sobre todo, con perfeccionarlo para hacerse el dormido antes de que el contrario asome la nariz por la puerta de la alcoba.

      Y este introito, con el que  casi juego al despiste, viene al caso porque pensaba estos días en hacer un “mastercillo” de esos rápidos, la licenciatura ya la tengo enmarcada y todo, en el arte de aguantar, sí, sí, en ese mismo y sin desvariar ni un ápice hacía cualquier corriente existencialista,  metafórica, ni nada parecido; la materialidad de AGUANTAR, con mayusculas y bien grandes, sombreadas, subrayadas, y en negrita, si hiciera falta. 

     No hay princesa ni cuna, por alta ni ancha que ésta sea, que no tenga que curtirse  en ello mientras la vida va que vuela, cortando el aire del absurdo, hacía la infalible meta a la que todos  llegaremos. Tiempo ha me decía alguien a quien mucho quiero y  más respeto, entonces eramos jóvenes  y nos vomitábamos todo tal y como nos venía a la boca, -Nieves hay que aguantar mucho, y tú no aguantas nada-, esa criatura  me sacaba, y, me sigue ganando,  algunos años de ventaja,  algunos centímetros de altura y otros pocos de cintura; aquello pasó sin más pena ni gloria que la discusión que, segura estoy, aunque no la recuerdo bien, porque esas cosas se suelen perder en la memoria, y   ahora, por arte de birlibirloque, me atraviesan el cerebelo como sentencias que en su día tanto me incomodaban. Se ve que entonces me creía cuerpo glorioso y que no había nacido para aguantar ni media;  en aquel error encuentro hoy el sí quiero del “Arte de Aguantar,” disciplina de sabios dónde la haya y los haya, terapia de humildad y bien nacido de quien recorre la vida intentando asumir lo poca cosa que somos y como Dios juguetea con nosotros a ese escondite del que creemos nunca se nos van a ver los pies cuando nos agazapamos detrás de cualquier cortina de humo. Y claro, también me llegó la hora, como a todo hijo de vecino, el momento oportuno en el que ya no valía el “aquí te pillo, aquí te mato” que con un castiguillo de poco calibre zanjaba el asunto, y me tocó tragármelas dobles, triples, y, a veces, hasta cuádruples, y así he tratado de entender que aunque “en el pecado uno siempre, siempre, lleva  la penitencia, no pasa nada,  que en ese silencio de aceptación sin resignación está la grandeza del saberse sostenido cuando uno se abandona en manos del que sabe, en esa providencia que nunca juega con la casualidad y sí con el sosiego de ser capaz de seguir creyendo que en un pequeño sorbo de vino se puede consumar un misterio que sólo se entiende cuando la fe, aunque sea la del carbonero, nos ampara.

      Y la vida va, y quien tenía que seguir aquí sigue, y quien debía de quedarse aquí se ha quedado, y quien es capaz de llegar hasta el final de sus días con la palabra GRACIAS entre los labios es el que  merece la pena a pesar de los pesares y otros tantos aguantes que por venir están.

    Aquí lo dejo por hoy…

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                                                       “Supliqué y me fue dada la prudencia”

                                                                       del Libro de la Sabiduría 7,7

¿QUIÉN como BANKSY?

7 octubre, 2018

Bansky       ¿Quién soy yo para opinar de nada? ¿Quién es capaz de escribir sobre algo que no requiera más que un sentir diario, ajeno, distante, distinto, arrinconando el me, el mi y el yo a una orilla en la que ni los caballos  sean capaces de acercarse a beber agua; una esquina  como la de aquellos castiguillos infantiles que, más que reprimendas, suponían un rato en silencio  para pensar lo impensable? ¿Quién soy yo para creer que manejo mis recursos mejor que mis emociones y sin embargo soy capaz de deshacerme en lágrimas cuando la añoranza atenaza mi garganta o el recuerdo me ensortija las tripas después de lamer con gusto un helado de chocolate?      ¿  ¿Quién soy yo para hablar de lo que poco importa mientras ahí, afuera, se contemporiza con cualquier “nininana” de esas que escuecen cuando se pronuncian y uno nunca las comprende cuando el otro no acierta con la palabra oportuna cuán delantero torpón que lanza el balón a la grada aunque el portero esté batido? ¿Quién soy yo para hablar de derrota si hay días que soy incapaz de reírme de mi propia sombra cuando, de un tiempo a esta parte, es mi constante mientras  intuyo  el miedo al fracaso de quien no ha probado el sabor de un beso embadurnado en vino? ¿Quién soy yo para creer en la promesa que quiero hacer y me asusta no poder cumplir teniendo después  que recuperarme del descalabro con esa respiración asistida que sólo es capaz de regalarme uno de mis perrillos?

    Ayer me reí mucho a pesar de los pesares de los últimos tiempos,  de vez en cuando salta una noticia  que te colorea el día, la vida, y  reconforta este absurdo que tantas veces supone lo cotidiano. Banksy,   artista conocido en sus formas y desconocido en su físico, se despachó a gusto con una jugada que pone en tela de juicio  lo sobrevalorado que está casi todo; una de sus obras emblemáticas, la niña volando  un globo con forma de corazón,  usado como símbolo de paz, entre otras cosas, se subastaba en Sotheby´s, afamada casa para tales eventos, la obra se adjudicó por algo más de un millón de dólares, y en el momento que los operarios, tan elegantemente vestidos y con sus manos recubiertas de finísimos guantes blancos, alguien del publico, probablemente él mismo autor, accionó a distancia algún artilugio y la lámina cayó marco abajo haciéndose tiras de papel como  saliendo de una trituradora de esas que hay en las oficinas. Se debió de entretener, antes de mandar el cuadro a la sala, en preparar un marco doble con unas buenas y afiladas cuchillas para que en el momento clave todo quedará en nada.    Paradojas de más de un millón de dólares que probablemente ahora, y a pesar de estar hecho trizas, se revalorizará  tira a tira.

      ¿Quién soy yo para desternillarme de risa con tal acontecimiento? Pues eso, que aún me sigo riendo porque creo que es de lo más divertido que he visto desde hace algún tiempo. Y ahí lo dejo y me sigo riendo.

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                                                 “Verdaderamente no soporto a los seres humanos”

                                                                        Marilyn Monroe