Entre las aristas limadas por eso que se llama vida tantas veces saltan punzantes astillas de culpa cuando de hablar de felicidad se trata. Y siempre el otro, persistentemente el otro, achacándole el sobrevalorado bienestar a lo que ofrece con la escasa gratuidad que se regala un amor nunca desinteresado. El peso de las aspiraciones suele depositar, como si de un polvillo espeso de casa añeja se tratase, en las actitudes de quién encontramos por el camino, la esperanza de un grado de felicidad que nutra expectativas como si de una dosis vital e imprescindible se tratase; a fin de cuentas posos de melancolía atascados en las cloacas de unas entretelas que reconocen infructuoso al amor, casi siempre idealizado, al entender y asumir que la felicidad más que un estado temporal es una forma de vida.

El personaje, la máscara creada cuando todo era posible,  apenas imaginaba dónde descansaría el placer cuando éste dejase de ser una prioridad enmohecida por el rejumbre de lechos ajenos y la ansiada felicidad una asignatura pendiente que procura el flechazo del pobre cupido como si del mejor regalo de fin de curso se tratase.

Amores empapados de una banalidad que recreó su desconsuelo en ese sadismo capaz de clavar un afinado estilete en el punto preciso de un corazón que confunde pecado con penitencia y se queda tan satisfecho como el amante que sin escrúpulos reta al otro.

Tiempos muertos, horas consumadas y consumidas al son de una embriaguez hoy desterrada, nudos desatados, lazos deshechos, verdades escritas a mano con tinta de la de siempre, sueños que se dejan resbalar por la cuneta de los despropósitos, promesas incumplidas y ausencias justificadas.Tantas cosas…

Se acaba el verano, Agosto, tan rotundo como terrible, pronto de vuelta, contigo, siempre contigo, porque desde que aprendí a mirar al cielo la vida me regala una felicidad que ya no soy capaz de exigir.
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“Lo que pienso que comprendo no es más que una imagen en mi mente”

                                                                                                     Thomas Merton

A mi NINA, In Memoriam.

21 agosto, 2016

Nina, de la tres la de en medio, la de el morrillo más oscuro, como sucio, como si de tanto haber andorreteado entre botes de pintura y mordisqueado lápices de dibujo hubiese teñido su hocico y perfilado sus ojos. Nina, la de la eterna sonrisa, la que bailaba dando vueltas apuntada sobre sus patas de atrás, Nina, la más cariñosa, la que, sin escrúpulos ni diferencias, saludaba a diestro y siniestro siendo capaz de rendirse en los brazos de quién acertase a mirarla, Nina, mi Nina, la de en medio, la que cada mañana me despertaba a besos, murió de madrugada, una de Agosto, de la semana pasada, sin más dolencia que su simpatía ni más adorno que unas heridillas alrededor del cuello y varios arañazos sin nombre salpicándole la tripa.
¿Qué le pasó a mi Nina? Yo no lo sé, yo no estaba allí, ni siquiera fui yo quién encontró su cuerpo desplomado bajo la mesa, fría, rígida, con la sangre ya lamida y relamida, sin pulso, con la lenguecilla fuera, esa lengua que a veces enseñaba en ingenuo gesto de confianza y burla.

Nina, mi Nina, la de en medio, salí dejándote entera, apenas con una mancha de carmín bajo la oreja después de darte un par de besos, Nina, hoy sé que cuando vuelva no estarás, ya te echo de menos, te dejo aquí, In Memoriam, antes de reconocer tu vacío entre las otras dos, en las líneas de mi gran silencio de este domingo, un poema de Walt Withman a modo de recuerdo o de epitafio, tú eliges…

                          Creo que podría volverme a vivir con los animales.

                           ¡Son tan plácidos y tan sufridos!

                            Me quedo mirándolos días y días sin cansarme.

                            No preguntan,

                            ni se quejan de su condición;

                            no andan despiertos por la noche,

                            ni lloran por sus pecados.

                            Y no me molestan discutiendo sus deberes para con Dios…

                            No hay ninguno descontento,

                            ni ganado por la locura de poseer las cosas.

                            Ninguno se arrodilla ante los otros,

                            ni ante los muertos de su clase que vivieron miles de siglos

                            antes que él.

                            En toda la tierra no hay uno solo que sea desdichado o venerable.

                                                              Del libro de poemas “Canto a mí mismo”

7agostoDice que ya no ve golondrinas desde su ventana, parece ser que no han vuelto, como cada año, para hacer  nido, dice también que sólo quedan un par de ellas y están gordas, quizá las más ancianas, las que no pudieron emigrar cuando los fríos atenazaban sus alas.

En aquel otro lugar tampoco regresaron, alguien arrancó de cuajo su refugio y les selló la entrada, ahora infranqueable, a la morada donde reposaban dando cobijo a unas crías que al par de semanas despuntarían preciosas.

Tal vez ya no sea tiempo de ver pasar las horas ante el deleite de sus apasionados movimientos, sus trinos dislocados y sus cortejos amatorios mientras ellas hacen equilibrios sobre cualquier cable, quizá ahora sea el turno de pajarillos medio asustados que entonando cantos mañaneros llaman con desesperación a esa compañera que, tras un estúpido descuido, levantó la portezuela de su jaula de oro y voló sabe Dios a dónde.

Prejuicios insanos que no dejan ahondar en el conocimiento de una causa que trasnocha sin querer y sin saber cuál será la llave del cofre sagrado que esconde el corazón, ese que llora por haber tentado a la suerte saltando al vacío desparramándose por el abismo de una misericordia mal entendida.

Sumas pagadas sin crédito después de que el diablo se pasease por el filo de una navaja que por poco afilada parecía inofensiva, ¡qué error! Cuestiones de honor y orgullo que hoy no dejan títere con cabeza al saber que la traición  aguanta los envites cuando todo parece tranquilo y, sin embargo, en el fondo de la desidia las aguas están tan revueltas que al barco le es casi imposible retomar rumbo.

Volvamos a puerto, atraquemos si es posible, amarremos bien las cuerdas y dejemos que las golondrinas también tornen y hagan su nido, a fin de cuentas es ley de vida…

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“Hay mayor consuelo en la esencia del silencio que en la respuesta a una pregunta”

                                                                              Thomas Merton

31A veces un gesto, apenas un movimiento, leve, un suspiro, quizá, para cambiar lo que no miraba con los ojos del amor. Quizá el vistazo turbio, incapaz de recorrer el cuerpo que descansa sin prisa, sea el barro menos adecuado para unas manos cansadas, ajadas por el vaivén de una azada imaginaria que cava sin tregua surcos innecesarios.

¿Quién dijo que el error no está permitido cuándo de amantes entregados se trata? ¿Quién asegura que el paso firme no pueda doblegarse ante el encuentro capaz de ahogar cualquier pena?

Volví a escuchar su voz después de escribirle docenas de cartas, de las de antes, de aquellas en papel rayado, sello, y sobre con remite, cartas que nunca envíe, volví a entrever sus ojillos descarados ante ausencias que no valía la pena añorar, reconocí sus labios, algo más descarnados, demandantes como siempre, como aquellos días que ya no nos pertenecían y sin embargo seguían siendo nuestros. Se atrevía a mirarme de frente, ya no bajaba la vista como cuando el tiempo nos era dado a medias, cuando pronunciaba cada una de las letras de mi nombre como si las hubiese aprendido de memoria el día que nos tatuamos el secreto mejor guardado. Parecía más joven que cuando lo éramos, bebía con deseo y sin prisa, levantaba su copa con el placer de quien se imagina apurando el último sorbo del momento, sus rasgos se habían afilado como las figurillas aquellas que nos gustaba moldear, me contó que había vuelto a rezar, que cada día comprendía mejor el sentido de esa fe que le había sido regalada y que en su momento tan pocos desvelos le dedicó, sacó de su bolsillo un pequeño crucifijo de madera que le regalé una calurosa tarde de verano que nos refugiamos en una capillita del Albaicín sin saber entonces lo que la vida nos tendría preparado; la crucecilla estaba gastada, supongo que de haberla llevado encima desde entonces, aunque eso no me lo dijo, su pudor siempre fue más fuerte que su arrojo, siguió mirándome de frente un buen rato, apenas necesitábamos más, me atreví a cogerle la mano, se atrevió a entrelazar mis dedos con los suyos, nos atrevimos a casi todo esa mañana mientras apurábamos esa copa de vino que se resistía a tocar fondo, nos atrevimos a casi todo esa mañana…

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“Cada cosa es noticia de Dios, oscura y amorosa, pero real como la vida misma”

                                                                         de Un viaje a la libertad

                                                                          Juan Antonio Marcos

ABIERTO por VACACIONES

24 julio, 2016

Archivo 24-7-16 10 55 25.jpegNo, yo no cierro por vacaciones ni echo persiana; mi cortina de lo habitual, de lo que no estorba, lo que elegí, lo escogido con gusto, vocación y una entrega que no me supone más trabajo que la lidia con algunas torpezas humanas, está casi siempre abierta. Total, contemplar pajarillos no fatiga demasiado…

Un disfrute  la espantada veraniega de los otros, calles descargadas del incómodo tránsito del resto del año, un gusto  pasear  sin que el ruido entorpezca las palabras que vomitadas desde el corazón  apuntan al cielo; lugares que vuelven a ser atendidos con la gana, delicadeza y cortesía que merecen. Agrado por el veraneo en sitios ajenos a la moda, esa de rabiosa actualidad, sin  olas que te revuelquen ni pelotazos de tenistas ocasionales que, sin tino ni tiento, se juegan las cervezas a las paletas a la par que proclaman con algarabía sus logros de la noche pasada mientras que mis perrillas no pueden pasear por una orilla que hoy ya se me antoja más que lejana.

Vacaciones entre libros, contigo, liturgia cantada, besos furtivos que por escondidos ni se pronuncian, letras casi invisibles que han cogido  carrerilla  consumando lo aprendido y cómodos silencios apenas entrecortados por ese sorbo  de vino sin etiqueta que compartimos.

Verano bendito, siestas que se abrazan a la noche, mañanas  tempraneras capaces de refrescar pieles que  siguen tan  ardientes como en aquella olvidada adolescencia, penumbras  aderezadas  por el susurro de un ventilador que no entiende  de artificios y sí de cómplices abanicos  capaces de  esconder lujuriosos pecadillos en alcoba ajena. 

Y no, yo no cierro por vacaciones, cogeré lo que buenamente quepa en un cesto de paja, lo justo y un poco menos, y saltaré a un lugar dónde el tiempo aún se mida sin reloj y haya pajarillos que contemplar.

Y no, yo no cierro por vacaciones…

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“La gastronomía es cultura y un acto de amor”

                           Laura Esquivel (Autora de “como agua para chocolate”)

 

17 julioEn mis primeros años de adolescencia, esos en los que las velas de tu barco dan bandazos a diestro y siniestro, desconcertadas, hasta hacerse con el rumbo adecuado, yo también fui vegana y no por ello escupía gargajos ensalivados en zumo de manzana a quién gustaba recrear sus papilas con jamón de pata oscura. En aquellos entonces tampoco bebía vino y  tampoco por ello miraba con desdén al que templaba su garganta con caldos de uva fermentada mientras, contentillo, exaltaba la amistad, entonaba su particular “Asturias patria querida” o abrazaba a su contrario sin más pudor que el que regala la mirada cómplice del camarero acostumbrado a escenas de taberna. En aquellos años tampoco hacía muchas de las cosas que hago ahora con la propiedad y vehemencia que da la humildad de los lustros consumados y consumidos por una vida que se me antoja cuajada de agradecimiento a tan buena cuna y mejor escuela que tuve y a una salud que, aunque quebradiza por algunas esquinas, me ha permitido enarbolar la bandera del bienestar en el balcón principal de mi casa.

En los primeros años de mi adolescencia, esos en los que las velas de tu barco dan bandazos a diestro y siniestro, desconcertadas, hasta hacerse con el rumbo adecuado, no recuerdo que nadie se alegrase de una cornada mortal, de sangre joven desparramada por el albero de una plaza que hoy tañe campanas de despedida mientras desde el estrado de los desafortunados, la columna del plumilla trepa y los discursos de algunos descarnados “anti todo”, esos de las bocas más sucias que los talones, se proclama que esto de los toros es una masacre violenta que lo cotidiano pretende hacer defendible en nombre de una religión mal entendida y una espiritualidad enmarcada por la “ley del embudo”.

En los primeros años de mi adolescencia, esos en los que las velas de tu barco dan bandazos a diestro y siniestro, desconcertadas, hasta hacerse con el rumbo adecuado, nadie se escandalizaba si una madre, con decoro, pudor y mucha consideración, se destapaba un pecho para amamantar a su hijo lactante si llegado el momento la toma le había cogido fuera de casa, en aquel tiempo eso nada tenía que ver ni era comparable con sacarse las tetas, porque en mi cuerpo mando yo, tatuadas con mensajes cañeros, revindicando lo grotesco, en una capilla, a las puertas de la casa de algún ciudadano al que vomitar miserias o en un pleno del congreso mientras se debate cualquier asunto ajeno a voluntades del feminismo  y educaciones  mal dibujadas, por citar algo.

Con el tiempo, cuando ya mis velas supieron bien hacía donde ir, arrinconé aquellas corrientes, me alimenté con lo bueno, bebí vino, limé mis propias asperezas con grandes dosis de paciencia, amé a quien quise sin prejuicios, anduve de la ceca a la meca, nunca dejé de creer en Dios ni de respetar el principio de vida y, ahora, en estos años, en los que ya mi existencia enfila y enfoca hacía una madurez que se va consumando no me duele la boca de pronunciar la palabra MAMARRACHO cuando oigo, veo y leo tanta estupidez amasada en nombre de ni se sabe que principios y sí de muchos resentimientos.

En los primeros años de mi adolescencia, esos en los que las velas de tu barco dan bandazos a diestro y siniestro desconcertadas hasta hacerse con el rumbo adecuado…

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“Quien busca la verdad, sea o no conciente de ello busca a Dios”

                                                           Edith Stein

 

EL DÍA DESPUÉS

10 julio, 2016

El día despuesEl día después como el tiempo de una resaca que pone límite a la copa derramada, apenas bebida, apurada hasta la última gota, sin freno ante las descaradas insinuaciones de la tarde cuando pretende enredarse en una noche que se sabe a punto de despedida. Resaca que nada de espaldas mientras los cuerpos se enzarzaban en una discusión que torpemente pretende deletrear el placer  del tiempo perdido en aquellos días que fueron como invisibles cadenas a los ojos de quién no supo entender el deseo que por impronunciable parecía ser de nadie.

El día después consume la ausencia de lo que quisieras eterno porque no entiende de distancia y sí de añoranza, el día después te regala de nuevo el olor que endulzó tus gemidos cuando no eras consciente de ahogar emociones desnudas sin que el miedo desdibujase tus formas  y empañase esas pupilas derretidas que habían dejado de llorar, el día después era  como un recuerdo que torpemente camina por el filo de una navaja que se abre dentro del bolsillo antes de arrancar las malas hierbas del jardín que tan pacientemente cuidaste por si se le ocurría regresar.

El día después te enseñó que nada estaba perdido, que la inconsciencia no es cualidad de torpes ni faena de cobardes, que hay que dar un paso adelante antes de que la vida te consuma, antes de que la costumbre te haga morir de aburrimiento y mucho antes de que los huesos no respondan más que al dolor que regalan los años que fugaces pasan mientras uno mira para otro lado. El día después evocas sus manos, esas que sin torpeza te recorrieron a sabiendas de dónde tenían que detenerse para recrear el momento que parecía utopia de amantes descarnados que abandonan sus sueños al vaivén de las olas.

El día después te dije más de lo que quería que supieses, pero no importa, era el día después. El día después cuenta hacia atrás los minutos que quedan para volver a verte. El día después…

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“Es difícil juzgar la belleza: la belleza es un enigma”.

Fiodor Dostoievski.

NADA

3 julio, 2016

3Releo estos días “Nada”, escrita por Carmen Laforet en 1944 y ganadora del premio Nadal en su primera edición un año más tarde. Tiempo ha que cayó en mis manos, tiempo ha que me impresionó, tiempo ha, cuando juntaba palabras engañando a las horas en aquel lecho que consolaba mis delicados pulmones mimándolos con reposo y silencio, me acompañó algunas desgarradoras tardes de Agosto.

Carmen parecía herida, era su primera novela, apenas 23 años embadurnaban su biografía reflejada como a tirones en la novela de una manera descarnada, como una pesadilla cuajada de lágrimas y sangre a través de Andrea desde que llega a esa Barcelona de posguerra para estudiar letras en la Universidad y se instala en casa de su abuela, con sus tíos y otros macilentos personajes para ser espectadora de una madeja turbia de emociones y sentimientos que la consumen como si de un dolor infernal se tratase.

Andrea es Carmen y Carmen es Andrea en una novela tan actual que podría rozar la vanguardia de una manera mucho más desahogada que cualquier texto de hoy.

Sombras y luces, miserias humanas trasnochadas en un piso de la calle Aribau mutilado por las balas de una guerra civil que no tuvo compasión con nadie. Personajes deteriorados, con vidas hechas y deshechas, almas rotas que conviven con el dolor y la tiranía impropia de una casta a la que le corre por las venas la misma sangre, calaña que no se extingue, que maltrata y desgasta ilusiones de criaturas que, seducidas por la idea de una mejor vida, ruedan por la existencia sin una mano que estrechar.

Andrea, incapaz de amar, reacia a la entrega, desconfiada de todo lo que le rodea, pasiva y destrozada, delgada hasta parecer enferma, deambula por Barcelona y por la vida como un alma en pena que ha desistido de encontrar un lecho donde hacer reposar sus carcomidos huesos; Andrea pronto ha entendido que la vida no va mucho más allá, que no hay espacio para ella entre la gente que la vio nacer, que tiene tiempo por delante, que casi todo se le ha derrumbado, que no encaja más que en esos ambientes de gente desenfadada por una bohemia que trasnocha y se deleita creando en buhardillas destartaladas por humedades inconsolables.

Nada no se enreda, nada es tierna y feroz a la vez, nada es hoy y también ayer, quizá siempre, nada eres tú, nada soy yo, nada son tus ganas de mí y mis ganas de ti, nada es el tiempo que pasa sin apenas darnos cuenta de que nos vamos haciendo mayores, nada es el sueño cada vez más liviano y escaso, nada es la sed de algo que trasciende a aquellos orgasmos en los que parecías perder la noción de la realidad, nada es lo nuestro, nada es lo que me pides, nada es lo que te exijo, nada es el beso que no se agota, nada es cansancio de tenerte lejos…

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“Únicamente la voluntad de Dios es mi libertad”

                                           Thomas Merton

De cualquier manera…

26 junio, 2016

De cualquierAprendí pronto a no hacer nada de cualquier manera, a que cosilla alguna, por nimia que fuese, resultará un acto de buena fe en la medida de lo posible. No fui educada, mucho menos adiestrada, en ese “hacer por hacer” que aspira a que el salir del paso sea la constante en vidas dilatadas en cantidad pero escasas en calidad. Tuve una cuna grata, un hogar en el que reinaba la ternura, las buenas formas y un bienestar que recuerdo y agradezco como el mejor regalo que me proporcionó la existencia. Además, me moldearon las monjas en un colegio por el que el caprichoso azar me hace  pasar cada día ante su puerta adornándome la mañana de memorias tan agradables que me araña la ingratitud de quien reniega de aquellas exquisitas formas en las que la niñez y la adolescencia fue trazando las líneas que hoy dibujan el boceto de una vida con principios.

Hay mucho de virtud en el esmero, mucho de esmero en la buena voluntad y más aún de buena voluntad en la calma que proporciona mirar sin prisa, con atención y conciencia, la obra que con mimo conforma y confirma las aristas de una vida que tarde o pronto reclama cuentas, un debe y un haber ineludible, para cuadrar el balance del tiempo transitado por esto de la cotidianidad.

Ayer tarde, cavilando, y no precisamente sobre a quién le voy a depositar la papeleta de una confianza que ya no confía, me venía la película de los años, aquellos, en los que había una manera tan respetuosa de conducirse que era imposible dar tregua al grotesco desaliento que tiñe las malas formas, la barriobajera educación del “bocachanclas” al uso y de moda que, tirando de demagogia pobretona y carente de escrúpulos, hace de su capa un sayal sin más mesura que el engaño, la gloria sin esfuerzo y el robo descarado y descarnado de quien entiende que el trabajo dignifica, las buenas maneras ennoblecen y la categoría personal de un alma se miden desde la cabeza hasta el cielo antes que  por desmedidas verborreas que cuajan los ideales volviéndolos tan agrios como si de un cartón de leche mal cerrado se tratase.

Y sí, ciertamente, yo no fui educada de cualquier manera, y, me daña los sentidos, me atormenta asomarme al ruedo, a la jungla de lo imposible a precio de saldo y desengañarme de que es fácil perder el rumbo cuando no se transita con un punto de referencia  algo más recurrente que el del que vende botes de niebla londinense a precios asequibles.

 Salgo a votar, con el corazón encogido, la conciencia tranquila y que Dios reparta suertes, segura estoy de que él no lo hará de cualquier manera…

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                     “Es hora de caminar”

                       Últimas palabras de Santa Teresa en su lecho de muerte.

La GLICINIA de Atrás

19 junio, 2016

 

GliciniaCrece en el jardín de atrás de esta casa en la que ahora vivo una glicinia, mediana, frondosa, saludable, bonita y malva que trepa enseñando unas ramitas finas y delicadas que se alargan, enredándose, como queriendo encontrar un asidero donde enroscar sus hojillas y  regalar grata sombra esos días que el sol se enfurece y el calor aprieta en estas tierras del sur que tan poco tienen que ver con esos veranos de Castilla-León que tan livianos me parecieron.

La glicinia es hermosa, sus flores, como racimos, se tintan de un suave morado que me recuerda a aquellos caramelillos de violeta que yo encargaba años ha a cualquiera que viajase a Madrid y me pudiera comprar un par de cartuchitos de papel, delicadamente doblados y envueltos, que se vendían en un coqueto establecimiento de la Puerta de Sol. La miro y la remiro cada día mientras apuro un cortado al amparo de la mañana que asoma en esas horas fresquitas de una jornada más digna de posiciones horizontales que de aventuras que procuren sudar. Ya la conozco y la reconozco, es frágil, perecedera, al par de días, como mucho, deshoja, cubriendo sus petalillos el suelo de ese jardín de atrás.

Es bonita la estable fugacidad que muestra la naturaleza, digna de la rapidez de un trazo que si por descuido se demora pierde vigencia y, si se retrasa, acobarda la luz del color conseguido en la paleta antes de empezar a jugar con pinceles adiestrados con  el temperamento y  la facilidad  de la mirada antes de que los pigmentos se endurezcan si no son mezclados con la delicadeza de la medida exacta, el tacto y el tiento de no derramar  esas gotas de aceite que lubrican y procuran una facilidad que se no rinde al desaliento.

Crece en el jardín de atrás de esta casa en la que ahora vivo una glicinia que asciende a su antojo, sin guías ni estacas, sin cortapisas ni alambres que oxiden su tono; ella, cada mañana, cuando el día asoma, me abraza en silencio, sin exigencias ni reproches, susurrándome lo mismo que tú me dices cuando el tiempo se nos queda corto y estamos exhaustas de amarnos.

Crece en el jardín de atrás de esta casa en la que vivo ahora una glicinia que me recuerda a ti…

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“No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”

                                                                                                   Virginia Wolf

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