IMG_6179Actos de amor sin reconocimiento alguno, pretensiones que se satisfacen de cualquier modo, fragilidad que se muestra torpe cuando argumenta sobre las heridas de guerra, miedos que desaparecen al olvidarme de mí cuando entrego  una risa que se pierde y bucea por dentro; capacidades innatas de las que nunca desconfío, sueños perdidos, noches de imaginaria y tardes que se hacen eternas navegando entre el desasosiego y la incertidumbre que provoca su lejanía.

Volví al sitio, el mismo café, el velador de siempre, lo de siempre, un cortado con la leche muy caliente, y alrededor del ruido truncado las manos que esperan ansiosas entrelazarse, un tiempo que no es de olvido y sí de añoranza, la convalecencia del beso ahogado tantas veces me desespera y otras me recrea entre el sopor y el recuerdo mientras cada mañana me regala un traidor golpe de vista para no perder el punto de referencia que tanto incomoda.

Nadar a contracorriente para morir en la orilla no tiene sentido; valentía, fuerza que se desgasta, no es el mejor momento para la poesía,   añoro sus brazos y las noches que, inmóviles, sucumbían al deseo mientras las emociones necesitaban tiempo y un lugar preciso para recuperarse. Espacios para descansar, lienzos manchados que recobran sentido con apenas un brochazo y un suspiro, prudencia para no distraer al absurdo dogmatismo de un consuelo resignado, fe que reconforta, castidad malentendida y claroscuros, demasiados claroscuros en espacios donde sólo se respira nostalgia.

                                                                     .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

                                                            “Dame un punto de apoyo y moveré el mundo”

                                                                                                                         Arquímedes.

IMG_6106Tantas veces el juego del amor se trunca apenas empezada la partida, y la desesperanza, sobresaltada, ahueca el ala ante el remordimiento de los pecados consentidos. Progresar no es romper, la vida no entiende de actualidades que conformen o confirmen el destino de quien valora la felicidad como si de un logro académico se tratase.

Relaciones fruto de un destino incierto, traiciones esperadas, ya imaginadas en el primer boceto que emborronó el lienzo que con una caricia tímida se asomaba al abismo de la impotencia.

Gratitud, siempre gratitud, a esa luz natural que redondea o alarga las formas del deseo y desdibuja la paciencia que no supone más distancia que la de un mar embravecido que poco entiende de calma mientras los amantes, instalados en un desprecio tan vulgar como  el monólogo de quien no comparte una copa de vino, se atreven a entretener la mirada en un horizonte ayer desdibujado.

Te avisé de mis costumbres, dediqué tiempo a explicarte que el miedo juega con mi alma como si de un recortable mal troquelado se tratase, te canté al oído coplillas inventadas con tal de que no imaginases más allá de lo que supone el cotidiano vivir, esperé sin prisa mientras desperezabas tu sueño y abrías poco a poco esos ojillos que, estorbados por secas legañas, querían ver a más allá de la evidencia; me quedé casi sin fuerzas y no lo lamento; hoy, cualquier señal valdría, un guiño, aunque torpe, un silbido en la madrugada, una nota bajo la almohada o, por qué no, un ahogado suspiro de añoranza  cuando los besos vuelvan a ser motivo de alegría.

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“Domus Dei a sapientibus sapienter administretur”

                                               de la regla de San Benito.

 

POR UN BESO TUYO…

7 mayo, 2017

 

IMG_6075La modorra trajo décimas, las décimas fueron fiebre, la fiebre era un bicho, el bicho, con nombre que endulza el sabor de un diagnóstico esperado, se hizo virus y el virus era beso o el beso se hizo virus, ya da lo mismo.

Preciso es conocer ocultos y secretos vicios para saborear con gusto algunos placeres, y, paradojas de la vida, que en épocas de marea baja, cuando el barco más tranquilo parece navegar hacía no sé sabe muy bien que sitio, encalla torpemente ante cualquier iceberg dormido y la nave reclama descanso, atracar en puerto seguro, recomponer cubierta, zurcir velas, cambiar cuerdas y enjuagar a fondo rincones que nadie ve.

Quien no tiene pasado es incapaz de irritar a su sensibilidad sin avergonzarse, quien no esconde algún secreto, por nimio que éste sea, no sabe del encanto de la incertidumbre ante una confidencia traicionada, quien no ha derretido sus labios a base de roces furtivos no puede comprender lo que esconden los besos cuajados de deseo; quien no se ha mordido los bordes de la boca mientras dibujaba la sonrisa del otro en el cuaderno de los bocetos inacabados nunca entenderá que aunque la distancia es lo de menos duele como lo que más.

Impulsos que no son ni buenos ni malos, existencias que concuerdan con la palabra pronunciada, quizá si te hubiera mirado a la cara en aquel instante me hubiera dado cuenta de todo, pero preferí recrearme en tus labios mientras el silencio, el tuyo y el mío, da igual, era confesión, deseo que nos alimenta mientras la impotencia supera a la rabia, la rabia a la incertidumbre, la incertidumbre a la pasión y la pasión, guerrero sin piedad, intenta aniquilar una estúpida rutina.

Con virus o sin ellos no te dejaré sin besos…

                                                                     .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

                                     “La felicidad se logra con pequeñas cosas que ocurren todos los días”

                                                                                                     B.Franklin

DEO VOLENTE

30 abril, 2017

IMG_6040De pronto, un día, por ese arte de birlibirloque que tantas veces parece más un acto de fe que del cotidiano vivir, empiezas a no dar nada por supuesto, y de pronto, otro día, o ese mismo, una fiebre esperada te regala un virus sin nombre que se te instala, cuán ocupa ingrato, y casi deliras como rozando aquel espejismo que regalaban los castos besos de juventud. Y empieza el cansancio, y algunos dicen que uno se vuelve más conservador y se arraiga a lo de tantas veces, a lo de siempre, y engancha, como Dios le da a entender, el carro de su existencia a unos valores que sin estar en alza reconfortan una rebeldía agotada de explicarse.

La impotencia, tu rabia, la mía, la de éste, aquel y el otro, la astucia desmesurada de quien por conseguir lo inalcanzable es capaz de mudar la piel y hacer de su sombra un “alter ego” prestado con la vileza del  que suplanta tu risa.

¿Y qué será de aquella palabra lanzada al viento que sólo pretendía ahogarse en una copa de vino casi siempre derramada a propósito, y  de aquella ingenuidad que, a base de distancia y freno, mostró la evidencia mientras esperaba la “bienvenida de los cigarrones” que proporciona el abandono?

Y sí, ¿Por qué no beber de la fe del carbonero, esa que no necesita entender ni razonar, tampoco explicar, esa que cree, como quien ama, sin más.

Amigos del sinsentido, ridiculeces que intentan parecer rompedoras dibujando posturas anti cualquier cosa, proponiendo y confundiendo, mezclando imposibles, y, perdonen que no me levante hoy, estoy con décimas, pero que el primer domingo de Mayo, el del día de la Madre, el de toda la vida, porque, a pesar de cualquier pesar, madre no hay más que una y a ti te encontré en la puta calle, con perdón, se quiera sustituir o compartir con el día de la visibilidad lésbica, pues…en fin, y mire usted quién escribe, pero no, hay cosas que no, a pesar de aquel que, no exento de razón, decía que hay que ser absolutamente moderno, y sí, también, claro que sí, oiga, que no me tengo por carca, que también me salté y me sigo saltando normas y peinetas y vivo riéndome de mi sombra, pero en la vida el camino andado van haciendo su trabajo y no se puede volver la cara con tal de no ver.

Queda tanto y a la vez tan poco por entender que no tiene horas el día para el recreo aunque uno duerma lo justo, mejor los silencios en pasillos largos, pues para qué decir si he comprendido que lo de hoy mañana puede que no sea más que una bola de humo capaz de confundir a cualquiera; como aquel viajero Inglés, con pinta de Lord arruinado ,que, interesado en no sé qué de Santa Teresa, se dejó caer por Castilla en un Citroen “dos caballos” buscándose la vida vendiendo niebla de Londres en botes de cristal, eso sí, envasada al vacío, y lo mejor, o lo peor, la gente, no sólo se lo creía, sino que cada día agotaba mercancía.

Que sea lo que Dios quiera…

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“El artista no es una clase especial de ser humano, pero todo ser humano es una clase especial de artista”

                                                                                           Eric Gill

IMG_5987Decía Diego Rivera de su amada Frida Kahlo que era ácida y tierna, dura como el acero, delicada y fina como el ala de una mariposa, adorable como una bella y profunda sonrisa y, a la vez, cruel como la amargura de la vida. Ellos, precisamente ellos,  que murieron en la orilla y tocaron el cielo en un ir y venir de emociones tan insostenibles como necesarias.

…Y es que tantas veces la vida se trunca, se desvía y te desparrama, se enaltece y te desborda, se encapricha y te ofusca para que te empeñes o dejes de empeñarte en deshacer ese nudo que sin piedad atenaza tu garganta y anquilosa tus manos.

Di la cara y me la partieron, ni siquiera traté de poner la otra mejilla, no, mi actitud fue mucho más quijotesca y me coloqué de frente y a poca distancia para que me regalaran un guantazo del derecho y del revés, de esos que te tuercen el rostro zarandeártelo a mano abierta como en cualquier película en la que sin prueba alguna se intuye una traición inconfesable.

Cometer los errores del otro suele ser habitual cuando cada día mojas sopas de pan en la salsilla aceitosa del plato que compartes, desproporciones poco elegantes entre el más sabroso sentimiento y la más humilde caricia de quien de la mano de la prudencia llama a tu puerta con unos delicados nudillos que apenas suenan.

Y esa noche, como tantas otras en las que no me atreví, quise entrar o salir, no sé muy bien qué, de esa habitación en la que hace años estrujaba mis emociones, y, una vez fuera, apenas de puntillas en el umbral de la puerta, encontré clavada, con una reluciente chincheta en el marco que estoicamente la soportaba, una notilla escrita a mano en un papel arrugado: “Tú, tan fuerte y frágil, decidida y variable, educada y feroz, clara y perdida, amorosa y despiadada, luminosa y oscura, inteligente e ingenua, apasionada y trágica, tan seria como expresiva…” Y sí, esa era yo, topó mi abofeteada mejilla con mi más intimo retrato y ahí encontré mi delgada sombra, en un papelucho arrebujado, sin santo ni seña, garabateado con cualquier lápiz sin la punta afilada.

Un instante, fugaz reflexión, un suspiro, un pensamiento indecente, casi lujurioso, vago, y un momento, tan sólo bastó un segundo  para entender que esas letras no podían venir de alguien que no fueses tú….

                                                    .-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.

                                                                   “¡Comed, amigos, bebed, queridos, embriagaos…!”

                                                                                                       Cantar de los Cantares (5,1)

EL CORAZÓN AL REVÉS 

16 abril, 2017

Las consecuencias de cualquier reacción casi nunca se muestran a los pocos minutos de que éstas sucedan,  necesitan tiempo, incierto a veces, años en los que hasta el recuerdo haya sido capaz de borrar la huella que atenaza y persigue, porque el tiempo, ay amigo, el tiempo no olvida, y tantas veces, tampoco perdona. La sorpresa, el azar, y esa sordera que el exceso de palabras consigue desmontar en las ausencias, aniquilando presencias, hace que sin llorar los ojos supliquen, pues no hace falta engancharse a los tobillos de nadie para que se de cuenta de que no quieres su partida.

Sentir que se tiene el corazón al revés y no precisamente por esas arterias que, tan dislocadas como invertidas, conectan, sin talento, al músculo con la vida disparando sus latidos  de una manera tan rápida que al serle imposible acompasar sus pasos termina bailando al caprichoso compás que le marca esa señora llamada muerte. Corazones que no transitan por la vida de la manera esperada, corazones que se desdoblan, y que, como el arte, deberían de funcionar como un despertador de los sentidos haciendo entender que la sorpresa y el azar existen, casualidades tan poco buscadas que resulta casi imposible no hacer de ellas una cuestión de fe trágica y apasionada, seria, y a la vez tan expresiva como el canto de ese pájaro macho, para más seña, que cada primavera reinventa su canto para reconquistar a su hembra.

Un deseo, el miedo que atenaza esas noches en las que tiemblan las horas al compás de mis piernas adormecidas, cansadas de no andar hacia el camino añorado, reposadas en alto mientras los fantasmas de la impotencia, quizá de la cobardía, no son desterrados a tierras de nadie. 

¿Qué sabe cualquiera del veneno que sin querer queriendo se ríe de nuestra sombra, qué sabrás tú de aquellas palabras que dibujé para tí mientras pensabas que te estaba regañando, qué sabe nadie de ese corazón que, al revés, se carga y descarga con la jeringa del vino jamás bebido y la copa derramada, sin ton ni son, en el momento menos oportuno, qué te diría yo de mi necesidad de huir y de la vulnerabilidad que inerte me contempla cada tarde mientras tú me esperas y, yo, imbécil de mí, me pavoneo delante del destino como torpe principiante en el arte de besar?

Y es que no siempre se huye por cobardía, no siempre se reza por piedad y no siempre se llora por tristeza, no siempre…

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                                                                                           “Yo duermo, pero mi corazón vela…”

                                                                                           Cantar de los Cantares (5,2)

 

ceciliaGente que se va y no vuelve, almas que pasan, unas dejando huella, otras barriendo la estela de sus pasos como si de una borrasca inesperada que quiere arrasar con todo lo que encuentra a su paso se tratase, criaturas que entendieron bien que la vida es precaria, los sueños demasiado ingenuos y los años un torpe aliado en la carrera que casi siempre, y aún en el mejor de los casos, presenta desgarbados obstáculos.

Gente que se marcha y de la que recuerdas acogedoras sonrisas dedicadas en algún momento de aquellos en los que no fuiste capaz de levantar la vista del suelo cuando el miedo atenazaba las sombras que sin querer dibujarlas contorneaban unos labios que apenas pronunciaban.

Primicias de un tiempo que vuela, días que el calendario, sin piedad, le destrozó mientras unos y otros nos entreteníamos en labores que dejaban el surco de unas lágrimas rendidas a la evidencia del camino sin retorno.

Y mientras tanto Dios la esperaba paciente, enseñándole sin estorbar, cumpliendo lo dicho y redactando con puntualidad el decálogo de una aventura de horas contadas; actitudes que fueron mucho más allá de cualquier ética al uso, promesas que no se quebraron ni tan siquiera por duros  golpes y silencios  prolongados cuando en ese ultimo adiós, esperado, ya no hay vuelta atrás.

Descansos, ausencias, encuentros desde cualquier más allá, nuevas páginas por escribir con una caligrafía de las de aquellas, a doble línea y con falsilla para evitar torcer la fila o desaprovechar el espacio que separa cualquier párrafo.

Y cuando ya no se puede volver atrás… nada más honesto que guardar los secretos confesados para no traicionar la confianza que en cualquiera de sus disfrazadas variantes se atreviese a mancillar un estado más parecido a la pérdida de la honra que al desvelo del embuste consentido.

Cruce de caminos, memoria fatal que ciega y sesga, ley de vida…

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“Cecilia de Rocco, la más moderna de las clásicas, en su trono impoluto, cucurucho en mano”.

                                                                           Jóse Javier León en Ideal

DETALLES ÍNTIMOS

2 abril, 2017

abril 2Primero se vive, después se añora lo vivido como en esos viajes de los que al regreso, tantas veces, sientes que lo más bonito fue el antes; ese fantasear en un escenario imaginando una caricia novata, soñar los besos que están por dar ensayando ante el espejo el gesto más común, ese que ya no reconoces en ti pues hace tiempo que nadie te implica en el azaroso juego del duelo. Piezas de un valor sentimental íntimo, andadura vagabunda desde el cielo hasta un infierno implacable que no perdona ni olvida la afrenta despechada que aúna el amor con el odio cuando la espera supone un largo recorrido y la impaciencia no suele ser la mejor virtud de quién, acostumbrado al capricho, añora la inmediatez como si de una bomba de oxígeno para el moribundo se tratase.

Criaturas con la que vas a la par toda la vida, manos entrelazadas desde aquel día, en aquella recacha oscura, donde apenas pronunciaste más palabra que la regalada por la  embriaguez a tus nubladas entendederas; amores furtivos, amantes deseados que ante la ausencia le reprochan al infortunio una distancia impropia.

Torpones pecados como los de juventud, miedo al miedo, honestidad confundida, fe del carbonero que ayuda, que sustenta un amor sin fecha de caducidad, cambios que surgen después de un desastre, súplicas de una exclusividad ya pactada con ese Dios cercano que corteja y acaricia, que no exige y sí sugiere, que anuda los lazos de una bendición incapaz del desarme a pesar de los avatares del destino.

Me pidió, en un alarde de confianza, la que teníamos después de un tiempo, una carta escrita a mano, una servilleta manchada del carmín de mis labios después de apurar una copa de vino, el pétalo seco de una flor de aquellas que guardé entre las hojas del breviario, cualquier detalle íntimo, privado, mío, nuestro. No hubiese sido necesario, hace días, desde que los lirios empezaron a explotar, le tenía preparado un paquetito, busqué celosamente su dirección, no en vano bien sabía yo dónde descansaba su cuerpo cada noche, recordaba, con la exactitud de un ciego que examina palpando, aquellas paredes que en un tiempo también fueron mías.

Le dije que sí…

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                                       “Aquel silencio fue como una   confesión”

                                                    Sándor Márai”

 

1490515787100Hoy estoy como contenta, sí, con un bienestar medio absurdo, quizá fugaz, que me reconforta sin más razón que ese abandono carente de pretensiones en el que me he ido instalando día tras día y en el que las costumbres han dejado de tener prisa.

Hace tiempo coloqué un sacapuntas en mi mesa de trabajo, uno de esos que se ensarta en el tablero con un pequeño sargentillo y una tuerca de palometa y en el que con una mano introduces el lápiz por un orificio, con la otra giras una manivela, y, en apenas un par de vueltas, te regala una punta perfecta y un asidero en el que descansar el índice y el pulgar sin que ninguna astilla mancille tus yemas ni virutilla alguna se quede desparramada por el tablero sino apilada en un recipiente de quita y pon que, incorporado, las aglomera sin dejar rastro de lo hecho.

De repente me pareció que no ya afilaba bien y dejé de usarlo, cogía cualquier otro que, desparramado por la mesa, andaba desarbolado entre colores, bolígrafos, rotuladores, gomas de borrar y enseres de esos que suelen navegar sin orden ni concierto por los escritorios, pero el resultado nunca era el deseado, yo añoraba el primor del otro, me había acostumbrado al bisel que me aportaban esas vueltas perfectas, silenciosas y exactas que en apenas  cuatro tientos conseguían la punta ideal.

Ayer mismo, sí, ayer mismo, mientras me tomaba un cortado a media mañana, lo miré de nuevo, con otros ojos, no ya los del abandono, no los de la derrota, y pensé que quizá yo no estaba haciendo algo bien; tal vez últimamente, instalada en batir no sé qué record, tan absurdo como impropio, no lo he utilizado adecuadamente, tal vez…y, de nuevo, tras del ultimo sorbo de café, pues he decidido no hacer varias cosas a la vez y sí una tras otra, como si de la tarea más importante de una vida se tratase, cogí un lápiz, a estrenar, y me dispuse al ritual de siempre: la punta por el orificio con una mano, con la otra vuelta a la manivela, un giro, dos, tres, un par de ellos más, para este lápiz era su primera vez, y cuando noto que ya es suficiente, uno casi siempre sabe cuando es suficiente, lo saco y resultó perfecto; la misma punta a la que me tenía acostumbrada, la misma suavidad de siempre en el bisel sin astilla que entorpeciese, matices insignificantes, imperceptibles a los ojos aunque sí al tacto, que me confirieron una especie de sorda satisfacción.

Caí en la cuenta de que no había sido él el que ya no afilaba bien, él cumplía su función como tantas veces, como siempre; era yo, la que por nubarrones de esos que suelen taponar el entendimiento de vez en cuando, torpemente giraba la manivela en sentido contrario además de dejar el lápiz a mitad de camino sin que le pudiese llegar bien la cuchilla.

¿Y qué puedo decir?, Que me entusiasmo por las cosas sencillas de la vida con la alegría incondicional de una criatura que Dios soltó en el mundo para disfrutarlas como si del más distinguido galardón se tratase, y que recuperar mi sacapuntas de siempre ha sido una de ellas. 

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“El solitario es alguien llamado a realizar una de las decisiones más terribles para el ser humano”

                                                                                           Thomas Merton

CALLEJONES SIN SALIDA…

19 marzo, 2017

1489923537041No siempre los callejones son oscuros, recónditos, fríos, estrechos, ni tienen salida, no siempre. Tantas veces se desarma el puzle de la vida que uno ya creía a punto y al que le faltaban apenas un par de piezas por encajar, las de los lados, las menos complicadas por tener un troquel menos, un costado liso, un color definido y evidente o una línea clara que sin dificultad se diferencia y se coloca casi a la primera. Tantas otras se levanta un golpe de aire inesperado, cuando simulabas estar bien resguardado en la recacha de una seguridad incierta, y vuelta a empezar con la tarea; tantas un gato callejero que por allí se dejaba ver de vez en cuando pasa sibilinamente, despacio, sin que te percates, en esas noches de temblor interno, interminables, en las que todo suena a intrusismo, en las que la calma atornilla tus sienes mientras el miedo a nada y a todo atenaza tus piernas que, inmóviles, se encogen bajo las sábanas cuán feto inofensivo en el vientre de su madre, y vuelta a empezar. Tantas veces el lienzo ya esbozado, trazado, manchado, perfilado y casi a punto de brochazo final se resbala del caballete por cualquier golpecillo involuntario mientras en el suelo descansaba una lata de pintura mal cerrada o dejada a conciencia esperando alguna sorpresa que desenmascare la prudencia sometida a la rutina y el trabajo de un tiempo; enmudeces, miras, lo remiras y resulta que te gusta, que la casualidad, esa que parece no existir, la imprudencia, el atrevimiento, la dejadez, o esa desidia que a veces le impones a tu propio desorden es capaz de engendrar otro bello monstruo, una nueva aventura, la novedad por conocer a quien no cierra los ojos ni siquiera mientras sueña, para quien el duermevela se ha convertido en la conquista de un placer que pocas sorpresas produce.

La vocación del solitario hoy es extraña, la paciencia apenas soporta más tribulaciones que las que exige esa cordura del diario vivir como si de tabernáculos en el desierto se tratase, chozas que amparan pecados de juventud ahora impensables, espacios sin pretensiones en los que progresar no es dejar nada atrás, donde las uniones suelen ser más fruto del destino que de cualquier amor imaginado en tiempos de adolescencia quimérica.

Y no, no siempre los callejones oscuros, recónditos, fríos, estrechos no tienen salida, no siempre…

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“Lo sagrado es a la vez lo que me penetra y lo que me sobrepasa”

                                                                                Gustave Thibon